La historia de cuatro hombres que, pese a la adversidad, no han renunciado a ser papás

La historia de cuatro hombres que, pese a la adversidad, no han renunciado a ser papás

Junio 17, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de CartagoHoy
La historia de cuatro hombres que, pese a la adversidad, no han renunciado a ser papás

Karina es la mano derecha de su papá, Édgar Rada, en sus labores de litigio. Floresmiro Marín, víctima de la violencia, vive con sus tres hijos que aún son menores de edad. Alexánder Benítez heredará el legado social de su padre Fernando. El ciclismo es una de las pasiones de la familia Rodas.

Fernando Benítez, Floresmiro Marín, Édgar Rada y José Duván Rodas son ejemplo de superación, ya que a pesar de la pobreza, la violencia o los problemas de salud no han renunciado a una labor que merece ser destacada en el Día del Padre.

La filosofía de FernandoSu espíritu de ayuda a los más necesitados nació cuando Fernando Benítez Bolívar convivió con habitantes de las zonas deprimidas de Cartago donde se ubicaban su casa y la tienda con la que sus papás, pese a ser analfabetas, lograron convertirlo en un profesional destacado.Fue el único de siete hermanos en graduarse de la universidad, sorteando las dificultades inherentes a quienes deciden irse a estudiar lejos de casa. Obtuvo su título en filosofía y letras de la Universidad de Caldas y cuando regresó a la Villa de Robledo, en la década de los 80, encontró en la docencia una forma de ayudar a otros a superarse. Así, tras trabajar en la Corporación Diocesana, donde tuvo su primer acercamiento profesional con los más necesitados e ingresar como docente a la Universidad del Valle, decidió implementar la práctica en la cátedra de epistemología.“Me llevé 106 alumnos para la Loma de la Virgen a que trabajaban con los niños, les enseñaban a valorarse, a quererse, a respetar su cuerpo”, cuenta.Con el tiempo, más personas fueron sumándose a esa labor, entre ellos sus hijos Diana Patricia y Alexánder, quienes crecieron entre rondas infantiles, platos de bienestarina y charlas de autoprotección.Quizá por eso también se vieron abocados a las ciencias humanas. Él es antropólogo y Diana estudia psicología, pero continúan ligados a las labores de la Fundación Niños Libres, en lo que se convirtió la cátedra años después.Y que hoy atiende cerca de 200 personas, ya que a las actividades se han vinculado los papás de los chicos. Con sus hijos, Fernando también disfruta ver el fútbol del Atlético Nacional e ir de paseo.“Nosotros conocemos un Fernando que pocos ven, mi papá es alegre, un gran conversador”, confiesa Alexánder, quien heredará el legado social de su progenitor.Un padre muy capazEl 26 de marzo de 1996 la vida de Édgar Rada dio un giro inesperado. Una bala que no iba dirigida hacia él truncó su próspera carrera como investigador del DAS y puso a prueba su fortaleza.Desde ese día adquirió una cuadriplejía, pero, a pesar de todos los inconvenientes que esta discapacidad trajo consigo, logró sobreponerse impulsado siempre por el ‘motor’ de su vida, su hija Karina, que para esa época tenía tan solo 40 días de nacida.“Sabía que no me podía rendir porque ella me necesitaba”, asegura mientras hace una pausa en sus labores como abogado, profesión a la que se dedica desde agosto del año pasado.Este hombre afable, luchador incansable y sobre todo padre amoroso nunca ha utilizado su discapacidad como una excusa, pues “el ejemplo es lo único que le puedo dejar a mi hija”.También se ha convertido en un ciudadano ejemplar. No en vano ostenta el cargo de vicepresidente de la Asociación de Discapacitados en Sillas de Ruedas en Cartago, Adiscasir, y a su paso por la Universidad Cooperativa representó los intereses de los estudiantes durante dos años consecutivos en el consejo académico.Ha participado en semilleros de investigación, eventos de derecho a nivel regional y nacional con ponencias e incluso publicó un libro en el que las recopiló.A pesar de tantas ocupaciones, no ha dejado a un lado la crianza de su hija, que actualmente cursa noveno grado en la institución educativa ‘Gabo’, por eso juntan sus rutinas, comparten fines de semana y salen de paseo, convirtiéndose en una dupla de ‘lujo’ en la que los litigios y los problemas de adolescente conviven bajo el mismo techo.A prueba de fuegoSentado en la sala de la que hoy es su casa, con su mirada infinita, sus manos callosas moviéndose al ritmo de sus palabras y lejos, muy lejos de lo que era suyo y perdió por la violencia, está Floresmiro Marín.Al fondo de la humilde vivienda tres pequeños juegan y sus risas llenan el lugar de esperanza, mientras él relata cómo llegó a Cartago y por qué, cuando tenía una vida próspera, quedó en la inopia y con un gran vacío en su alma.Recuerda que en 1998 su hijo mayor había regresado de prestar el servicio militar porque “no quería matar sino hacer lo que le había enseñado su papá, trabajar el campo”. La tierra que lo vio nacer y crecer en Lejanías, Meta, recibió entonces de nuevo a Luis Carlos, quien tenía 25 años y una vida por delante, pero los violentos decidirían otra cosa.“Una madrugada lo asesinaron sin decir nada. Dicen que fueron los paramilitares, otros que el Ejército”, agrega con voz entrecortada el padre que catorce años después revive la sevicia de la que fue víctima su primogénito.Días después, cuando no se había repuesto de la pérdida, su esposa fue sacada a empujones del seno del hogar donde yacían sus otros tres hijos.Hombres con fusil la raptaron junto a otras cinco mujeres del caserío que nunca aparecieron.“Tocó salir de allá dejando el producto del trabajo duro, tenía ganado, cultivos y quedé sin nada”, agrega quien a sus 73 años de edad sobrevive como comisionista y vendedor de chance.Sin embargo, en esa dura travesía no ha estado solo, de Lejanías salió junto a su hermano y sus pequeños Diego Iván, Angie Esmeralda y Jesús David.Fueron tres días caminando con los niños en brazos hasta lograr ponerlos a salvo, de ahí en adelante han sido años de vicisitudes y lucha pero sobre todo de un amor que se nota cuando sus hijos lo miran y lo tratan con respeto.“Sueño con verlos crecer, ser personas de bien, que puedan ir a la universidad”, comenta Floresmiro.Aspira a que su única hija se convierta en una veterinaria y a que Jesús sea un deportista de alto rendimiento: “Ha ganado varias medallas en atletismo y ciclismo”, asegura con orgullo mientras los señala con ojos ilusionados.Progenitor a todo pedalPara los Rodas los deportes no son una simple actividad ni mucho menos un ‘hobbie’.Para padre e hijos estar en una pista de ciclismo o patinaje es una opción de vida por la que todos los días se levantan a entrenar.Y no es para menos si se tiene en cuenta que fue gracias al deporte que la cabeza de esta familia, José Duván Rodas, logró superar su adicción a las drogas hace cerca de 20 años.Estar sobre una bicicleta, pedaleando, llegando a la meta y obteniendo títulos se convirtieron para el mayor de los Rodas en el bálsamo necesario para devolverle a su cuerpo la vitalidad que le había restado el consumo.“Gracias al ciclismo salí adelante y pude conformar años después una familia, trabajar y criar a mis hijos”, asegura con orgullo José Duván, mientras hace una pausa en sus labores como cotero en una trilladora de café de Cartago.Sobre su ‘caballito de acero’ logró tener una participación destacada en competencias a nivel regional y nacional como la Vuelta a Colombia en la categoría senior master y la Vuelta al Valle, en la que se colgó varias preseas doradas.Ahora ve cómo su ejemplo se refleja en sus hijos Sebastián y Alejandro, e incluso en Jennifer, la niña de la casa, quien se inclina por el patinaje.“Trabajando he podido comprarles lo necesario. En algunas ocasiones los dueños de los almacenes me fían las cosas y así, poco a poco, con dificultad los he apoyado”, agrega quien no titubea a la hora de decir que sueña con que uno de los Rodas pise una pista internacional, participe en una Vuelta a España o ¿por qué no? corra en el Tour de Francia.

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