La campaña que puso de moda al Valle del Cauca

Diciembre 18, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas

Después de ocho meses de recorrido, El País y la Gobernación del Valle terminan el viaje al orgullo de pertenecer a esta tierra. Recuento final, de obstinaciones y milagros, con nombres propios.

[[nid:602917;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/12/home-valle.jpg;full;{Lo rincones más bellos del departamento quedaron inmortalizados, a través de más 2.000 fotografías que nutren las galerías logradas por los reporteros gráficos de El País que durante todo este tiempo estuvieron recorriendo la comarca: memorias fotográficas que también son postales.Reporteros gráficos de El País}]]Muy allá quedan hombres que quizás en otras fronteras estarían en vía de extinción. En El Águila, la punta más alta donde el Valle se eleva al norte, vive por ejemplo el miembro de un antiguo clan que se encargaba de unir las distintas puntas del mundo a lomo de mula. Antes de que las carreteras dieran vueltas por todo lado, los arrieros con sus recuas de bestias eran los puentes móviles que entonces juntaban pueblos en construcción, cafetales, montañas, ríos y  la gente que habitaba en la mitad de todo eso. O sea en la mitad de la nada.

Gracias a ellos desde entonces más vivible: sacaban el café al comercio, cargaban mercancía, encomiendas, llevaban razones. Y así hasta que el futuro fue llegando en forma de camiones y caminos de pavimento. Es la paradoja de la modernidad: mientras se supone que va mejorando el mundo, al mismo tiempo va desechando sin piedad hombres buenos y sus más nobles oficios.

Pero aun hoy El Águila sigue siendo el hogar de Francisco Luis Ríos, antioqueño de 74 años que se quedó ahí desde hace 50. En los mejores tiempos llegó a tener ocho bestias. Ahora solo tiene dos caballos, Pitufo y Morocho, y con ese par se las arregla cargando lo que resulte: café, plátano o abono, contaba hace unos tres meses vestido de sombrero, botas, bigote y penilla al cinto. Porque todavía se viste así. Y vive así. A pesar de los jeeps y de los camperos, de sus motores y llantas, a pesar de todo, de las máquinas, quedan arrieros con vida en el Valle.

Como en La Victoria queda vida para la voz de El Piri, pregonero de 66 años con más de medio siglo de experiencia recorriendo el municipio, entregando recados y relatando de sus extravíos más comunes. En los tiempos de la inmediatez que dictan facebook y whatsapp, allá en ese pueblo todavía le confían mensajes de cumpleaños, obituarios y recordatorios de documentos perdidos, para que el hombre los vaya vociferando por las calles a lenta velocidad de bicicleta. Por cada hora de pregón El Piri cobra veinte mil pesos. Y los mensajes llegan. En la inigualable voz de un ser humano.

En el Valle vive un hombre que hace cincuenta años hizo arreglo con el cura de Bugalagrande: encaramó unas cornetas a la cúpula del templo, con conexión a un amplificador que instaló en un una buhardilla de la iglesia, y desde ahí puso a funcionar una suerte de emisora que todos los días a las once de la mañana y a las cinco de la tarde, anuncia las mejores promociones del comercio; al igual que fiestas, aniversarios de boda, primeras comuniones, y aniversarios más tristes que los aniversarios de boda. El hombre que se inventó la emisora se llama Héctor Fabio Wallens y el bautizo que le dio a la emisora fue Radio Vaticano.

En el Valle hay vida para policías que se convierten en escultores, como pasó en Ulloa con Germán Darío Serna, antiguo jefe de una Unidad Criminalística del Gaula. Para arquitectos de tacos de billar, como José Rafael Rojas Alvarado, que en San Pedro los hace y de ahí  los manda hasta Canadá. Para bordadoras como Rubiela Grisales, en Ansermanuevo, este año entre la selección de ‘maestros costureros’ de la Revista Fucsia. Para hombres dedicados a llevar gente a caminar entre los ríos, como El Dinamita Belalcázar y René Huertas, dueños de los secretos más transparentes de Ríoclaro, en las montañas de Jamundí. O para locos maravillosos como Chuchú, el fotógrafo de pies descalzos del corregimiento de Santa Elena, en El Cerrito, que así se la pasa andando las calles del pueblo, feliz desde que regresó de Bogotá y se olvidó de la nevera. Hay vida para surfistas sin tabla, como Piñata, en Ladrilleros. En este Valle del Cauca que termina en el mar, hay vida incluso para afiladores de cuchillos y tijeras, eterno símbolo de los hombres en vía de extinción: Custodio Amórtegui, 78 años,  casa azul a orillas de la carretera que de Riofrío va para Salónica. En la fachada, mantiene su oficio ofertado en un letrero a blanco y negro.

***

La vida. Durante los últimos ocho meses, en un convenio con la Gobernación del Valle, nos empeñamos en contar semana tras semana la vida que a pesar de todo y por sobre todas las cosas sigue germinando en este departamento de 42 municipios sobrevivientes a tantas plagas. Así que justamente esa fue la consistencia del viaje de todo este tiempo: exaltar la forma en que el milagro que es vivir, sucede en todas las puntas de esta región.

Y a medida que eso sucedía, ir mostrando y contando los otros milagros del camino; las montañas, los ríos, los árboles, los animales, la música, la comida, el mar. El mar. En el Valle comemos pescado frito y jaiba porque tenemos el mar. Guiso de raya en el restaurante de Merecedes Gómez, frente a la playa de Juanchaco. Empanadas de camarón en el Mirador Azul de Buenaventura. O un triple de jaiba, toyo y calamar, donde la negra Chencha, en el segundo piso se la galería de Pueblo Nuevo. Claro que Chencha no está porque anda enferma; pero con sus hijas a cargo la sazón es casi la misma cosa. Cocadas a la salida del Puerto. Piña oromiel en Dagua. Repollitas de la panadería Estela de Buga. Pollo a la carreta en Caicedonia. Macho-rucio en El Cairo. Trasnochados de doña Ana Lícida García en San Pedro. Empanadas de Las Chapetas, en Tuluá: Empanadas de Las Chapetas quiere decir obra artesanal con una semana de elaboración para poder fritarse únicamente sábados y domingos. Empanadas que llevan arracacha en vez de papa, y carne de cerdo y res picada a mano, y a cuchillo recién afilado. Se trataba también de eso, de recordar a que sabe el Valle.

Y a qué huele. Antes de las ocho de la mañana, así no haya llovido, a hierba húmeda en la entrada a Rozo. A chorizo de cerdo y arepa amarilla en la subida a Ulloa. A pandebono de maíz en la esquina del parque de Guacarí. Y a café recién hecho  en la esquina del parque Uribe de Sevilla, donde el señor Juan Bautista Marín Mejía tiene abierto el Café Casablanca desde hace 51 años. A café. A verde cafetal en todo el norte, que es tan cafetero y tan paisa. Porque lejos de los regionalismos, a los paisas los llevamos en los genes: en la época de la violencia bipartidista, huyendo de la muerte y la persecución, colonos antioqueños y caldenses terminaron en el Valle; y así abriendo caminos y así abriendo pueblos en todo el norte de la región, donde hoy todavía nos vestimos de poncho y sombrero. Así de grande es el Valle.

 Así de grande. En septiembre, cada año las ballenas jorobadas viajan 8.500 kilómetros desde el Ártico para tener sus crías y aparearse aquí. Ahí no más, a cuatro horas de Cali, en bahía Málaga. Así de grande es el Valle. Recorrer su extensión completa desde abril hasta hoy fue también el intento de un recordatorio semanal justo aquí, en la mitad de un periódico y cerca de informaciones contando de las peores deformaciones del mundo. Ahí en medio, un recordatorio de nuestra consistencia genética. De nuestra cédula: venimos de una tierra donde la vida, terca, hermosa y obstinada, siempre sigue a pesar de todo. A pesar de las máquinas. A pesar de todo.

El valle digital

www.elvalleestaenvos.com
[[nid:602922;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/12/ep001218008.jpg;left;{Mariana Garcés Cordóba, Ministra de Cultura.}]] “Me siento muy orgullosa de ser vallecaucana. Cali y el Valle del Cauca tienen unas posibilidades excepcionales y lo que hace del Valle, además de su geografía, de sus paisajes, de su cultura, un territorio excepcional, es la calidad de su gente. Por ello el Valle poco a poco va recuperando el liderazgo de otras épocas; para ello necesitamos el compromiso de todos,necesitamos que cada día nos pongamos como meta trabajar por nuestra región, por nuestro querido departamento”. [[nid:602920;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/12/ep001218009.jpg;right;{Ronald Mayorga, gerente de la Casa del Valle.}]]“La diversidad del Valle del Cauca lo hace diferente a otros departamentos porque tenemos diversos pisos térmicos y diversos climas; y tenemos un contraste tremendo, no sólo ofrecemos un hermoso paisaje cultural cafetero, no solo es Pacífico, no solo es sur para la infraestructura  e industria: hay un gran oferta que lo hace atractivo al turismo y a la inversión. Debo reconocer que lo que más me gusta del Valle es la zona Pacífica; uno coge un carro desde Cali y a dos horas uno está en un espacio completamente distinto, que contrasta, que ofrece otro tipo de posibilidades, cuya comida sabe distinto, cuya gente habla diferente, a mi ese Pacífico me parece estupendo”. [[nid:602929;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/12/ep001218007.jpg;left;{Mabel Lara, periodista.}]]“Somos un departamento cargado de valores, con mucha mixtura, es que son muchas culturas que han llegado hasta aquí buscando su futuro. Yo por ejemplo encontré en este Valle: prosperidad, trabajo, mis mejores amigos y educación. Entonces cuando uno se da cuenta que  toda una región lo provee de capacidades, pero además de valores porque somos super familiares, somos festivos, somos alegrones porque salimos adelante, yo creo que es un departamento estrella. Siempre seguimos creyendo, le seguimos apostando, tenemos un rezago, y aquí vamos en el camino; tenemos confianza, resiliencia y aparte de todo tenemos una fe profunda en la gente”. [[nid:602927;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/12/ep001218006.jpg;right;{Agueda Pizarro, viuda del maestro Omar Rayo.}]]“El Valle es una región muy rica en cultura, hay muchas personas con mucho talento que vale la pena apoyar. El Museo Rayo está en esa labor desde hace muchos años, destacamos no solamente la obra y la vida de nuestro fundador,  Ómar Rayo, si no también de otros artistas. Destacamos lo propio, porque el museo es un ícono del Valle; está en uno de los municipios más bellos (Roldanillo), y conectados con otros a través de talleres artísticos que han tenido muchos frutos. Las personas cada vez se acercan más al museo. ‘El Valle está en vos’ nos parece importante, ese esfuerzo de visibilizar nos enorgullece”. [[nid:602925;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/12/ep001218118.jpg;left;{Julio Nava, cantante caleño.}]]“El Valle debe ser valorado porque es la tierra donde nacimos, aquí están nuestras familias, los hijos, las personas que amamos,  aquí nos formamos, es la tierra que nos ha dado la oportunidad de trabajar, que nos ha alimentado, todos debemos estar unidos por un bien común, debemos echar para atrás las cosas que estén mal y resaltar las que estén buenas. Lo más lindo  del Valle es la gente, la gente buena, la gente que trabaja, la gente que madruga, la gente que vive a plenitud, es un escenario precioso que nos dio Dios para formarnos y que nuestras familias puedan ser prósperas”.
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