Informe especial sobre los albergues: Inundados de esperanzas y temores

Diciembre 26, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos, Unidad de Crónicas y Reportajes
Informe especial sobre los albergues: Inundados de esperanzas y temores

Hay sicólogos que creen que los niños en tragedia siempre necesitan juguetes a la mano, para exorcizar algo del miedo.

De las más de 100.000 personas afectadas por las inundaciones en el Valle, 4.000 permanecen en albergues esperando que su situación se resuelva. Relato de incertidumbres impermeables.

El pasado martes 21 de diciembre, a eso de las 4:00 de la tarde, en la vereda Punta Brava del municipio de Yotoco, una mujer detuvo la lluvia. O eso pareció. Ese día, cuando empezaron a caer lentas las primeras gotas sobre esta vereda, en la que hace un mes el desbordamiento de los ríos Cauca y Mediacanoa dejó las casas con agua hasta las ventanas y a la gente durmiendo en cambuches, la mujer empezó a bailar. Movía las caderas al aire libre, lanzaba arengas ininteligibles a todo pulmón y al final exclamó algo que terminó escuchándose como un grito de batalla: ¡al mal tiempo, buena cara! La frase lanzada al viento era, en el fondo, un acto de rebeldía contra la naturaleza; un gesto de una mujer afro por no dejarse arrancar la alegría a pesar de que su casa esté sumergida bajo el agua en plena Navidad. Algunos vecinos decían que estaba loca. Sin embargo parece que esa locura rebelde tuvo su efecto y minutos después, cuando terminó el baile, en estos tiempos de inviernos inmisericordes el sol volvió a salir y, la gente, a respirar con alivio. Quizás, en esta época, sí ocurran milagros. Punta Brava, más que una vereda de Yotoco, es hoy un albergue a campo abierto no oficial para damnificados por el invierno. En el sitio, ubicado sobre la vía Panorama, a 50 minutos de Cali, se refugian en 35 cambuches cerca de 68 familias de la vereda que decidieron no salir de ahí por miedo a que les roben sus casas anegadas. La tragedia de esta comunidad empezó a las 11:30 de la noche del pasado 24 de noviembre. Ese día dieron el aviso de que el río Mediacanoa se había desbordado y que el agua llegaría a la vereda para inundarla por completo a través del alcantarillado que pasa debajo de la vía Panorama. Punta Brava desde entonces es una piscina de aguas revueltas donde abajo está la cancha de basquetbol y alrededor las casas, la escuela. Una piscina con el agua represada porque no tiene por donde salir; la inundación lo cubre todo, hasta los cercos de los potreros que ahora se atraviesan en canoa. Con la inundación apareció el desempleo. La gente de la zona vive de sacar arena de los ríos pero debido a las crecientes el trabajo no se puede hacer. Y también se inundaron las 16 hectáreas de maíz de César Cardozo, un agricultor de la zona que le daba trabajo a algunos muchachos de la vereda. “Calculo que en marzo la tierra podría estar apta para cultivar de nuevo”, dijo el hombre que ahora va y viene en su camioneta transportando bultos de comida para la gente. Hasta marzo. Ese es el cálculo que también hacen los habitantes de Punta Brava para que el agua desaparezca.Esa idea de pasar casi 90 días en un cambuche, como no, asusta a las casi 300 personas que están ahí, bebiendo agua de una manguera conectada al acueducto y almorzando en una olla comunitaria que a diario organizan Paola Andrea Prado y Claudia Ximena Libreros, presidenta y vicepresidenta de la Junta de Acción Comunal. Son tres meses, dice triste Elizabeth Bravo, de zancudos, hacinamientos, de baños compartidos. Los refugiados tienen que arreglárselas con las dos unidades móviles que dispuso la Alcaldía de Yotoco y el baño que presta Luis Ángel Velásquez, propietario de una de las pocas casas de la vereda que se salvó de inundarse por completo. Y tres meses, también, de conflictos entre parejas. Es que el amor en los albergues tiene restricciones difíciles de sortear. La privacidad, la intimidad, se convierten en un lujo que nadie tiene. El detalle puede parecer tonto en medio de la tragedia, pero hace parte de los dramas cotidianos de quienes la padecen. Sin embargo, la verdadera preocupación en este albergue es la desmemoria que pueda padecer Colombia con los damnificados del invierno. Hoy a nadie le falta ni un plato de comida en Punta Brava, ni una muda de ropa, ni un juguete para cada niño. Las ayudas de la Cruz Roja, de la Alcaldía de Yotoco, de viajeros que detienen su carro para repartir mercados, cobijas, muñecos, balones, están llegando constantemente. Lo que se teme es que esas ayudas no se vean en unos días. “Hoy no nos falta nada, y estamos muy agradecidos. La comida la estamos guardando en una bodega y cada mercado lo repartimos equitativamente. Pero le estamos diciendo a la gente que guarde. Tenemos miedo de que en un mes el país se olvide”, dice Claudia Ximena Libreros, la vicepresidenta de la JAC. II Si hubieran hecho su trabajo...Muy cerca de Punta Brava, a 20 minutos, en la estación de policía de Chambimbal, límites entre Buga y Tuluá, los damnificados tienen un revoltijo de sentimientos que mezclan miedo, rabia, incertidumbre. Ahí en la estación de Policía, que ya no es estación sino albergue, están pasando esta Navidad diez familias que vivían en una finca de la zona. Algunas son de campesinos que en el pasado fueron desplazados por la violencia; otras son de hombres que algún día fueron paramilitares; y otras son familias que fueron víctimas, justamente, de los paramilitares. Todos conviviendo bajo un mismo techo y sin conflicto alguno.En realidad esta historia de perdón en medio de la guerra no sólo se remite al actual albergue sino que se remonta a 2006, cuando a 195 familias, entre campesinos desplazados y reinsertados del paramilitarismo, les fueron entregadas 1.595 hectáreas de tierras de dos fincas, Sandrana y Samaria, ubicadas entre los municipios de Buga y San Pedro, que pertenecieron al narcotraficante José Santa Cruz Londoño. Cuatro años después, el 8 de diciembre de 2010, la finca se inundó debido a este invierno que no conoce de límites ni reconciliaciones y las 22 familias que vivían allí lo perdieron todo: cultivos de maracuyá, caña, plátano, yuca.Ahora, con las caras aburridas, serias, largas, están sentados frente a un televisor esperando el noticiero. Hasta el momento, dicen, nadie ha contado su historia, nadie ha dicho por la televisión que los que duermen en Sandrana y Samaria están damnificados, que hay un niño con llagas extrañas en la piel, que hay una niña de 2 años que se llama Laura Sofía Mendoza que necesita, más que muñecas, unos zapatos ortopédicos que cuestan $80.000 y que todos ellos, también, sienten miedo por lo que será de sus vidas. Aunque han recibido ayudas, saben que no serán perpetuas. “Nos inundamos a causa de la creciente de cinco ríos que llegan a la finca y son recibidos por el zanjón Burrigáy. Pero lo que pasó fue que la CVC no le hizo mantenimiento al zanjón, con lo que se hubiera evitado la tragedia. Se inundaron 1.300 hectáreas en caña, plátano, yuca, maracuyá. Y ahora sí, después de todo lo que ha pasado, van a realizarle mantenimiento al zanjón”, dice Rafael Torres, uno de los damnificados y líder del albergue. Enseguida agrega con dinamita en los ojos: “Si la CVC hubiera hecho su trabajo, nosotros no estaríamos pasando una Navidad tan amarga como ésta”.Una Navidad que se hace eterna porque los días para los adultos en los albergues son así, largos, lentos, tediosos como si transcurrieran en la sala de espera de una clínica.La única distracción es la hora del desayuno donde todos tienen una tarea por realizar, o la del almuerzo, o al finalizar la tarde cuando se reunen frente al pesebre que alguien les regaló. Entonces rezan la novena y cantan villancicos. Incluso ese que habla de peces que beben en el río.III Nostalgia de NochebuenaEs otro detalle que puede parecer menor en medio de tanto drama, pero también hace parte de las dificultades que deben padecer los damnificados: en los albergues las cosas personales pasan de mano en mano, se pierden. Allí nadie es dueño de nada, la noción de espacio, de individualidad, se esfuma. Le pasa a Carmen Eliza Cuellar, una anciana de 64 años que en este momento se agarra la cabeza con las manos mientras se lamenta de tener que pasar esta época en la escuela Santa Rita de Juanchito, en donde se albergan diez familias. “Acá todo se me embolata, por eso le digo que es horrible vivir en un albergue”, comenta la anciana dueña de una casa de bahareque que, bajo el puente de Juanchito, ya se le ha inundado tres veces. Una casa a la que no se atreve a ir de nuevo. Con el agua, también se le metió una culebra. En los albergues también se separan corazones. Le pasa a Luz Mary Barrio Medina: mientras ella permanece en la escuela Santa Rita, su esposo está donde un familiar. Luy Mary vive en el albergue con su madre, Lery Barrio Medina, enferma de diabetes. En el salón de clases donde están alojados no había campo para más personas y, por eso su esposo prefirió irse. Eso de vivir lejos de la pareja entristece, duele. También ver las paredes de la escuela, pintadas con soles relucientes y pájaros volando en un verano espléndido. Muchos miran la pared y se les remueve la nostalgia por la Navidad. Allí, la esperanza de una Nochebuena con árbol, celebración, cena, literalmente, se ahogó.La red de apoyo, alivio de los damnificadosSí, la situación actual de los damnificados genera temores. Y no sólo adentro de los albergues donde están refugiadas las cuatro mil personas que debieron abandonar sus casas huyendo de la furia del agua.Alfonso Vargas, por ejemplo, director de Socorros y Servicios Especiales de la Cruz Roja del Valle, teme lo mismo que algunos refugiados: que la solidaridad se vaya con el agua, que se esfume cuando pasen las lluvias inclementes y cesen las notas de prensa en tono de alarma.Vargas, que lleva 38 años atendiendo desastres con la Cruz Roja, uno de los primeros socorristas en llegar a Haití para auxiliar las víctimas del terremoto, sabe de qué habla: “El desastre no es sólo lo que se ve. El desastre también tiene que ver con lo que viene en el futuro inmediato. Debajo del agua hay trabajos por hacer que se desconocen y pérdidas que en el momento no se pueden calcular”.Los $200.000 millones que hasta ahora se han estimado para la recuperación del Valle del Cauca, seguramente serán insuficientes. ¿Cuánto costará rehabilitar el cableado eléctrico de pueblos completos? ¿Cuánto valdrá el arreglo de kilómetros y kilómetros de alcantarillados? ¿Qué pasará con las 17.000 personas que perdieron su empleo en el campo? ¿Cómo se alimentarán durante los seis meses en que la tierra anegada no se pueda cultivar?Es por ello que la organización realizada a través de los albergues será un trabajo vital de cara a lo que viene. Aunque solamente hay dos refugios oficialmente establecidos por la Cruz Roja (en La Victoria y Candelaria), en todo el Valle están funcionando 56 alojamientos donde se ofrece asistencia a las víctimas de las inundaciones mediante una red de apoyo en la que intervienen el sector público (Gobernación del Valle, Alcaldías locales), la empresa privada, gremios, particulares.Gracias a esa organización es que hasta el momento las 800 familias refugiadas han podido recibir ropa, alimentos, colchones, medicamentos. A la fecha, la Cruz Roja ha entregado 200 toneladas de comida y distribuido 15.000 kits de alimentación en todo el departamento.El trabajo ha sido una gesta con tintes de hazaña: con vías borradas del mapa, pendientes desmoronadas sobre carreteras, agua llegando hasta los tejados, las entregas han sido actos heroicos de los que se tiene pocos registros. Uno de los datos desconocidos es que en esa labor ha participado por lo menos un millar de soldados dispuestos por las Fuerzas Armadas para ayudar a cargar y descargar camiones, tender carpas, organizar alojamientos. Varias, muchas de las ayudas, han llegado a los extremos más inundados de la geografía regional viajando en la barriga de ocho camiones del Ejército. De acuerdo con el secretario de Gobierno del Valle, Rodrigo Zamorano, la mayoría de los damnificados han sido acomodados en colegios, bodegas y salones comunales, pero esa situación deberá cambiar cuando empiece el nuevo año. “La idea es que el traumatismo no sea mayor y que cuando arranque el año lectivo los niños tengan donde estudiar”.El pasado jueves, ante una solicitud expresa que en ese sentido hizo el presidente Juan Manuel Santos, el gobernador del Valle, Francisco José Lourido, se comprometió a que antes de febrero las escuelas y colegios dispuestos para atender la emergencia invernal estarán desocupados. Ese, ojalá, sea el primer paso de la recuperación.

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