Familia de desmovilizados de las Farc es ejemplo de reconciliación

Familia de desmovilizados de las Farc es ejemplo de reconciliación

Febrero 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
Familia de desmovilizados de las Farc es ejemplo de reconciliación

La familia Gómez en uno de sus cultivos de ají. Todos están próximos a graduarse del programa de reintegración. En total, en el Valle, 102 desmovilizados han finalizado el programa y son llamados “personas reintegradas y autónomas”.

Una familia caucana, todos desmovilizados de las Farc, son ahora uno de los principales empleadores en El Tambor, vereda de Vijes. Cultivan ají habanero que han enviado incluso a México.

De pie, junto al cultivo de ají, está la familia Gómez. Son tres hermanos, un sobrino. Todos tienen la mano derecha levantada, despidiéndose de los visitantes. Sonríen. Si alguien les hubiera tomado una foto en este momento, seguro hubiera logrado una bella postal. Atrás de ellos está la casa de la finca, árboles de mandarinas, de guayabas, de limones y más atrás, en el horizonte, montañas de un verde amarillo, pasto quemado por el sol. Nadie sospecharía que ellos, campesinos nacidos en El Patía, departamento del Cauca, alguna vez pertenecieron a la guerrilla de las Farc, exactamente al octavo frente. Hoy, en cambio, son unos de los principales empleadores en la vereda El Tambor, municipio de Vijes, a dos horas y treinta minutos en carro desde Cali. En sus cultivos de ají y habichuelas, calculan, trabajan en días de cosecha unas 75 personas de la zona. Nadie los ha rechazado ni los ha excluido, por ser exintegrantes de la guerrilla. Su historia es apenas uno de los casos de reconciliación entre desmovilizados de grupos armados ilegales y la sociedad en un país que, sin embargo, sigue en una guerra estúpida: colombianos matando colombianos. IIDesde el inicio del proceso de reintegración de los grupos guerrilleros y paramilitares en el Valle, año 2003, 2.360 desmovilizados acudieron a la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) de la región. De todos ellos, 1.730  fueron acogidos en el último año por el proceso de reintegración en el departamento y 1,323 continúan activos en el programa. Es decir: lo están cumpliendo al pie de la letra. Los demás, 407, lo iniciaron y decidieron no continuar. En la guerra estúpida, las nuevas bandas criminales, Bacrim, intentan reclutar a los desmovilizados para aprovechar su experiencia militar. Los que aceptan, sin embargo, son minoría. En la sin razón del conflicto hay ‘actores’ que piensan. En total, 1,126 de los desmovilizados en el departamento tienen un empleo o han montado sus propios negocios. Para crear esas empresas, quienes fueron enemigos a muerte también se reconciliaron. Manuel Ballestas, por ejemplo, un desmovilizado de las Autodefensas, es el actual gerente de Ganchos y Amarras, una empresa de Cali conformada por desmovilizados de la guerrilla y paramilitares. Su mejor amigo en la empresa se llama Julio César, ex integrante de las Farc. No lo saben exactamente, pero es muy posible que alguna vez hayan combatido. Ambos hicieron parte de los grupos armados ilegales que se disputaban el control de municipios de Nariño en los años 2002, 2003. Ahora, los fines de semana, se reúnen en la casa del uno o del otro con sus familias, recorren la ciudad en bicicleta. Los viernes que son quincena, sagradamente, salen de la empresa a tomar un par de cervezas y a veces conversan sobre lo absurdo que es el conflicto en Colombia: si se hubieran encontrado cara a cara en el monte seguro se hubieran disparado a matar sin pensarlo un segundo, sin saber en realidad por qué. Pero no solo entre enemigos se están reconciliando. También víctimas y victimarios. César Montealegre, un empresario del departamento del Caquetá, contrató hace ocho años a un ex integrante de las Farc que lo mantuvo secuestrado durante ocho meses. La historia la narró durante el primer encuentro de Reconciliación Colombia. Fue en Medellín el pasado 12 de febrero de 2014. El segundo será este miércoles 26 de febrero en Cali, a las 8:00 de la mañana, en el Centro de Eventos Valle del Pacífico, donde se contarán otras experiencias de colombianos que en días de diálogos de paz se están reconciliando. La paz quizá sea eso: un esfuerzo por perdonarnos. IIIEs casi el mediodía, en la vereda El Tambor de Vijes cantan las chicharras y John Édison, 28 años, el sobrino de la familia Gómez, desmovilizado de las Farc, siembra semillas de habichuela en su terreno de 6.400 metros. Lleva un sombrero para protegerse del sol, jeans, botas, una camiseta blanca con un estampado: soy capaz de reconciliarme. La familia llegó a El Tambor motivada por uno de los hermanos que conoció la zona, le había gustado el paisaje, el silencio, el hecho de que hubiera agua suficiente para cultivar, la tranquilidad de saber que nunca a ningún grupo armado ilegal le ha dado por asomarse en estas montañas. Al principio trabajaban como jornaleros en la vereda y a la vez participaban en el proceso de reintegración. Asistían a capacitaciones, formación para el trabajo, ayuda psicosocial, recibían apoyos económicos. El programa dura un poco más que una carrera universitaria, seis años, y el objetivo es lograr que los desmovilizados encuentren una forma de vida sostenible en la sociedad. Un desmovilizado es en realidad un ser indefenso. Muchos no saben otra cosa distinta a disparar un arma. Algunos ni siquiera saben leer y escribir y sienten pánico de enfrentar un mundo que les exige habilidades que desconocen. Pueden parecer niños. El programa de reintegración lo que intenta es formarlos para que se ganen la vida en la legalidad. Y lo que anhelaban los hermanos Gómez era volver al campo. En el campo crecieron, se criaron, aprendieron a cultivar la tierra. La Agencia Colombiana para la Reintegración apoyó a cada uno de ellos con un capital semilla, $8 millones, y la Fundación Carvajal, junto con el Banco Interamericano de Desarrollo y la Andi, los capacitaron para diseñar los sistemas de riego, el manejo de plagas de los cultivos de ají habanero, la variedad más picante que existe. En ese entonces, año 2010, había una necesidad: en la región poco se producía ají para exportar. El ají de los Gómez, que tiene la forma de un pimentón en miniatura, ha sido enviado a países como México. Su primer cliente fue la exportadora Hugo Restrepo. Después Comexa. Ahora es Colombina y eso ha hecho que otros agricultores de El Tambor reemplacen sus cultivos. Los Gómez también han abierto mercados, otras posibilidades económicas para la vereda. John Édison se recuesta ahora en una de las paredes de guadua de una cabaña ubicada en su cultivo de habichuelas. Debido a un hongo que los ha hecho perder cosechas de ají, explica, buscan diversificar sus productos. Al lado de John se sientan sus tíos. Las chicharras siguen cantando. La familia Gómez conversa sobre su ingreso a las Farc. En El Patía, vereda El Placer, donde nacieron, dicen, no había presencia del Estado. Las Farc arreglaban las carreteras, castigaban a los ladrones. Era la ley. Inevitablemente había que relacionarse con los guerrilleros, que hasta imponían los horarios para despejar la vereda, acostarse. Los Gómez eran campesinos, no les interesaba las armas, pero el entorno estaba condicionado para que terminaran empuñando una. La guerrilla incluso programaba reuniones con la comunidad en las que les advertía a todos que debían cuidar los cultivos de coca. Con el tiempo, como por inercia, los hermanos Gómez se fueron vinculando a las Farc uno a uno. En total cuatro hermanos y dos sobrinos. Dos de ellos, Gilberto y Jimmy, murieron en combates. La muerte empezó a hacerlos pensar en dejar la guerra. También la presión militar. Los perseguía tanto el Ejército como los paramilitares. Estaban en diferentes escuadras, pero padecían lo mismo. Alguna vez John soportó 15 días en la montaña sin víveres. Comía frutas, hierbas, el agua que producían las plantas. Y se vivía con miedo. En los campamentos no podían cocinar con leña. El humo podría alertar al avión fantasma o a uno que en la guerrilla llaman “la marrana”, un aparato que lanza bombas capaces de dejar cráteres inmensos. Los bombardeos era de las situaciones más terribles, dice John. Imagínese a usted, a oscuras en la selva, sin saber en qué dirección correr. “Esa vida no iba conmigo”.Uno a uno se fueron desmovilizando, aunque ninguno se lo dijo al otro. Contar era un riesgo. En las Farc pueden fusilar a alguien por una simple sospecha. Al final, sin embargo, todos se encontraron en Yumbo, donde un familiar, y decidieron recomenzar. Cuando llegaron a El Tambor, hace cinco años, explica ahora John Édison, hubo alguna resistencia por parte de la comunidad. El problema no era que fueran desmovilizados de la guerrilla, sino que fueran caucanos. La molestia se debía, entonces, a celos regionalistas. Cuando apenas llevaban ochos días en la vereda, se robaron unas vacas y los señalaron a ellos como principales sospechosos. Una vez se comprobó su inocencia – los culpables fueron vistos en una finca cercana- los resquemores empezaron a ser superados. John señala ahora sus herramientas de trabajo, un machete, la motobomba, y asegura que ha habido días en que los ha dejado ahí, en el cultivo, y a la mañana siguiente están en el mismo sitio. Nadie los ha robado. No solo porque la vereda en realidad es tan tranquila que apenas se oye el viento y el agua que baja a las quebradas desde las montañas, sino también porque la comunidad cuida y le coge cariño a quien le da trabajo y la trata bien. En el Tambor, agrega John, los valoran por lo que son, agricultores que dan empleo, no los juzgan por su pasado. Ni siquiera se lo preguntan. Las chicharras continúan cantando.

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