Este es el caleño Diego Posso que logró convertir un barco en hospital

Este es el caleño Diego Posso que logró convertir un barco en hospital

Diciembre 14, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | El País.
Este es el caleño Diego Posso que logró convertir un barco en hospital

Por su labor en el barco hospital San Raffaele, Diego Posso está nominado a los premios Titanes Caracol que se entregan esta noche en Bogotá. Su labor compite en la categoría de Salud.

Se trata del barco hospital San Raffaele y la meta es llevar servicios de salud a cerca de 50.000 personas en el Litoral.

Y algunos dicen que los milagros no existen. El de la pequeña Yulieth ocurrió en Puerto Merizalde, distante a 80 kilómetros de Buenaventura. Uno de esos pueblos anfibios, remotos y pobres,  diseminados  por el Pacífico, en donde ocurre que es más fácil conseguir un galón de gasolina que una cita con un médico.

A sus 7 años, Yulieth aprendió que a veces la gente no solo muere de vieja. Así, como había fallecido la abuela Miguelina, que una noche cualquiera se acostó después de lavar los trastos para simplemente no volver a levantarse nunca. 

Su caso era distinto: llevaba más de  nueve meses con un dolor bajo y agudo, un color amarillo y marchito  en la piel y los ojos y varios hematomas regados por el cuerpo que aparecían de un momento a otro.

Esperanza Caicedo, su mamá, la bañó con las siete hierbas que recomendó la partera que le  ayudó a que su hija llegara al mundo. Pero la niña cada vez se tornaba peor. Cuenta Esperanza que, cansada de no ver mejorías, intuyó que entonces era cierto lo que le había dicho Baudilio, su marido, un amanecer antes de salir de pesca: “Debe ser que Dios necesita otro angelito en el cielo”.

Estuvo a punto de creerlo hasta que en Puerto Merizalde corrió el rumor de que en pocos días atracaría en sus aguas el barco hospital San Raffaele. Era enero de 2015 y Yulieth fue de las pacientes que recibió atención durante la brigada médica. Gracias a varios exámenes y chequeos, la madre supo que lo que padecía su pequeña en realidad era una insuficiencia hepática. Y que no necesariamente de eso uno se puede morir por eso. Nacía la esperanza. 

—¿Sabe, Esperanza, quién fue el que llevó el barco hasta allá, quién fue su fundador?

—No lo conozco, pero si usté lo ve, dígale que yo voy a estar toda la vida agradecida. Si no hubiera sido por ese barco, mi niñita se hubiera muerto.

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Esta noche, los asistentes a los premios Titanes Caracol, en el teatro Julio Mario Santodomingo de Bogotá,  se enterarán de la hazaña de un caleño que logró, en junio de 2009,  convertir un barco de 60 metros en un moderno hospital que surca toda la Costa Pacífica del país. El segundo de su tipo en el mundo. 

Se llama Diego Orlando Posso Paz, tiene 45 años, una vida siempre al borde del vértigo y una vocación de servicio insobornable. 

A los premios lo nominaron hace un par de meses en la categoría de Salud. Y sobraban los motivos: la suya, desde hace seis años, ha sido una tarea silenciosa y valiente. Diego organiza, a bordo del San Raffaele, brigadas en las que participan 25 especialistas médicos  y paramédicosque incluyen un internista, un pediatra, un ginecólogo y varios cirujanos. La meta es llevar servicios de salud a una región en la que, con suerte, hay un médico por cada 15 mil habitantes. Hasta ahora, cerca de 50 mil personas han sido beneficiadas y se han practicado unos 3 mil procedimientos médicos. 

La idea del barco la había gestado a miles de kilómetros de Colombia, en Milán. A esa ciudad de Italia llegó Diego en 1995 con el único propósito de asistir al matrimonio de su hermana. Después regresaría  a Cali, donde sus días transcurrían como paramédico del Hospital Departamental y como voluntario del cuerpo bomberos al que se había vinculado desde muy joven por influencia de su padre y de sus tíos, quienes durante años  ‘trabajaron’ sofocando llamas caóticas y socorriendo emergencias.

“Después del matrimonio, mi cuñado me invitó a que me quedara quince días más para conocer. Pero ni yo mismo sabía que la invitación terminaría convertida en 18 años más, pues en Milán comencé a laborar junto a mi cuñado en una empresa que se encargaba de construir oficinas y me amañé”, recuerda Diego.

Tanto, que en las pausas de su trabajo se animó a sumarse como voluntario de la red de ambulancias de Milán, los sábados en la noche. Sabía bien que era un turno que otros paramédicos de ese país desdeñaban y también que a él le hacía falta el vértigo, ese sentimiento poderoso de “saber que tienes la vida de alguien en las manos”.

Casi un mes después, y a pesar de su ‘itañol’, terminó convertido en jefe de servicios médicos y urgencias del sistema de salud de Milán y a trabajar en el área de urgencias del San Raffael del Monte Tabor, el hospital privado más grande de Italia y uno de los más reconocidos en Europa por sus investigaciones científicas.

Fue en esos espacios donde comenzaron sus contactos con otras instituciones médicas que, cada cierto tiempo, desechaban centenares de equipos médicos para dotarse de nueva tecnología. “Es una política que impulsa el gobierno de Italia.  Si las clínicas renuevan tecnología, les reducen los impuestos.  Entonces lo que hice fue lograr que muchos de esos equipos que ellos desechaban, casi todos con menos de cinco años de uso, me los donaran para enviarlos a hospitales públicos de Colombia o para coyunturas muy puntuales como el terremoto del Eje Cafetero”.

En un mismo año, Diego lograba apoyo y recursos para despachar por barco hasta tres containers en un mismo año. Una de esas veces, él mismo decidió viajar hasta Buenaventura para recibir la carga pues deseaba hacer algunas donaciones para hospitales del Puerto.

“Una vez llegué, me fui para Juanchaco y Ladrilleros y pregunté dónde quedaba el puesto de salud y me llevaron a una casa sin ventanas y sin puertas. ¿Qué pasa si la gente se enferma aquí?, pregunté. Me dijeron que debían llevarlo a Bahía Málaga, a media hora en canoa. Yo dije: si esto es así, aquí pegado a Buenaventura, no quiero imaginar cómo será más allá, en el resto de pueblos del Pacífico”.

Aquel descubrimiento logró que su lugar en el mundo se transformara sin remedio. De regreso a Italia, comenzó a acariciar el sueño de un hospital que surcara ríos y mares. Y se dedicó a hacer lo que ya había aprendido desde sus años de paramédico y bombero: poner de acuerdo al barco con el mal tiempo.

En ese camino fue encontrando ángeles tutelares. Uno de ellos fue Luigi María Verze, un veterano  sacerdote que presidía por entonces la Fundación Hospital San Raffael. Dinero no había, le aclaró a Diego. Pero como fuera, debía lograr conseguir ese barco. “El mejor, el más grande porque a los pobres no se les puede dar migajas”, le dijo. “Uno tan bueno como para que los médicos no vayan a querer bajarse de allí”, recuerda Diego que le escuchó decir.  

El paramédico caleño emprendió la tarea con denuedo. Viajó a Estados Unidos, a España, a Grecia, buscando en algún puerto un barco olvidado, pero  con los suficientes bríos para seguir quebrando las aguas. “Hasta que me di cuenta que conseguir un barco de segunda y transportarlo hasta Colombia resultaba muy costoso”.

No tuvo de otra. Le tocaba a él mismo construir el barco. A él, Diego Posso, que de niño no distinguía la copa, del estribor y el babor. Con la asesoría de un ingeniero naval colombiano, Carlos Martínez, lo logró.

Aquello sucedió en junio de 2006 después de que “la divina providencia”, como lo había profetizado el padre Verze, hiciera aparecer los US$1500 millones que se necesitaron finalmente para que el San Raffael pudiera zarpar. 

El entonces presidente italiano Silvio Berlusconi donó medio millón de euros. Y en el camino de Diego se apareció también Iván Ramiro Córdoba, recién llegado a Italia desde el fútbol argentino, que se enamoró del proyecto y en todo este tiempo le ha ayudado a que no naufrage. 

No ha sido fácil, claro. El año pasado el San Raffaele tuvo que suspender sus brigadas por falta de recursos. Pero tras una larga lucha, zarpó de nuevo en enero de este año. Diego Posso quizá no lo sepa: esa terquedad suya ha hecho milagros.

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