Dos europeos cuentan cómo el Valle del Cauca se convirtió en paraíso, tras crisis de Eurozona

Noviembre 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano | Reportero de El País

Muchos españoles, italianos, portugueses, entre otros, han venido a Colombia buscando la salvación que ya es un mito en sus países.

Tiene ahora mucho tiempo para pensar. Dice que bien podría hacerse a un Nobel de literatura o a un Pulitzer si escribiera todas esas historias que se atropellan como pájaros ciegos en su cabeza, porque ya no tiene que administrar de forma simultánea cinco panaderías en Milán. Recuerda ese día en que estuvo a punto de irse a vivir a Tanzania, en África, listo a ser guía de safari en el Parque Nacional Serengeti si hubiese sido necesario. Dice también que estaba dispuesto a pasarse algunos de los días de su vida revisando tiquetes en el tren que de Rabat llega a Casablanca, en Marruecos.Sonríe al recordar las locuras que casi comete cuando en cuestión de dos años pasó de ser un ocupado administrador de panaderías en la capital de la moda a ser un desempleado de más de 50 años. Saber que debía empezar de nuevo a esa edad le dejó dentro del pecho, en donde debe estar el amor propio, la sensación de tener un hueco del tamaño de una manzana.Se llama Aldo Marchi y es tan grueso como un oso joven. Antes de perder el cabello seguro fue rubio, ahora tiene 57 años, es casado y es padre de una chica de 28. Nació en Milán, Italia, y sus familiares siguen allá, pero él jamás quiere regresar, ni siquiera por ellas, prefiere que ambas, su esposa y su hija, vengan a él, que dejen el primer mundo, donde viven como en el tercer mundo y que vengan a él.Es un tipo sonriente y bonachón, habla rápido, gesticula y se carcajea de sus propios chistes; pero cuando cuenta los días que vivió antes de dejar Europa por culpa del descalabro económico del viejo continente, se pone serio, frunce el ceño y de verdad parece que tuviera ganas de golpear a alguien en la cara. En realidad Aldo es mucho más que un panadero. Es un hombre brillante, con una mente afilada como una navaja suiza. En minutos explica con lucidez pasmosa la crisis económica de Italia. Con una claridad de maestro de finanzas suelta datos precisos: él perdió su dinero porque cada vez hay más impuestos, cada vez hay que cumplir con más y más normas. Entonces ser su propio jefe es una suerte de cruz que es mejor soltar para poder seguir adelante.En su caso, que era ser dueño de panaderías, tenía que cumplir reglas urbanísticas. Por ejemplo: hay que tener las ventanas del local de un grosor exacto, hay que levantar escaleras de un alto preciso. Y eso cuesta dinero. El dinero está en los bancos. Hay que pedir dinero para cumplir las leyes y seguir en el mercado para poder pagar la deuda.Y así sucesivamente, como un gato que se muerde la cola, como una serpiente que se devora a sí misma.Su análisis es que Italia está corriendo sobre arenas movedizas por culpa de los corruptos, de los burócratas. Analiza el Gobierno, analiza a los bancos y concluye que ellos son los culpables de la debacle, concluye que ellos lo empujaron a dejar su tierra, a cruzar el Atlántico a volver a empezar a los 57 años.La paradoja del inmigranteEntre enero y septiembre de este año 442.809 extranjeros ingresaron a Colombia por el Aeropuerto Internacional Alfonso Bonilla Aragón, de Palmira, según el departamento de Migración del Gobierno Nacional.Según un estudio realizado por la Organización Internacional de las Migraciones, OIM, entre 2008 y 2009, más de 107.000 europeos abandonaron sus países de origen para instalarse definitivamente en Latinoamérica, especialmente en Brasil, Argentina, Venezuela, Colombia y México.Y en la actualidad, cada mes, unos 2500 europeos, especialmente españoles, abandonan el país y vienen a Latinoamérica para quedarse. Uno de ellos es Luciano Arcela. Un profesor de 65 años. Políglota. Experto en latín. Es licenciado en periodismo. Ya perdió la cuenta de cuántos periódicos puede leer al mes. Luciano, como Aldo, es italiano. Es decir que hasta hace muy poco vivía en uno de los países más golpeados por la recesión económica que empezó a finales de 2007 en el Viejo Continente. En este momento el país que unió Garibaldi está roto por un desempleo del 20% en mayores de 25 años y del 35% en menores de 25.Luciano bromea. Dice que es el único europeo que está en Cali sin novia, que vino a trabajar en serio porque la otra opción, quedarse nadando contra la corriente en Roma, significaba sencillamente morir de hambre. Aunque tiene edad de jubilación, Luciano sigue trabajando. Tiene que seguir enviando dinero a Roma porque allá parece que no queda. Allá sigue su hija y ella depende exclusivamente de él. Otra de esas paradojas, los papeles invertidos: ahora son los europeos quienes envían remesas a Europa.Decidió que podría volver a empezar y tomó un avión. Ya conocía de Cali. Durante algunos años trabajó en ONG y, además, su trabajo en un diario italiano, que le permitía viajar, le puso a esta ciudad en su mapa mental. Pero, un amigo suyo, un español radicado en Cali fue quien lo hizo decidirse a venir.Le contó que esta ciudad es amable con los foráneos y que bien podría explotar sus conocimientos en lenguas extranjeras.Además, le explicó que estar en Colombia le permite tener permiso de trabajo mucho más fácilmente. Tiene opción de trabajar en el Valle por un año y ya cuenta con un abogado que lo asesora en este tipo de trámites para tener todos sus documentos en orden. Jura que no se arrepiente de haber abandonado Roma: igual que una serpiente muda de piel, él mudó de vida. Ya encontró su destino último en Cali. Aquí trabaja como profesor de filosofía en una universidad del Sur de la ciudad y también dicta clases particulares de idiomas a quienes pagan por sus servicios. Habla español fluido, por supuesto.Pero, Aldo no. Entender lo que dice es difícil y a veces parece olvidar que ya no está en Milán, administrando cinco panaderías y habla en italiano. Sobre todo lo hace cuando se enoja y recuerda que estaba tan desesperado por las deudas que tenía con los bancos que simplemente creyó que era cierto eso del otro italiano que buscaba un socio en Colombia. Era un anuncio en la prensa. Un aviso publicitario de una página completa. Un italiano radicado en Colombia buscaba un compañero para la aventura económica de sus vidas. Aldo se atrevió a llamar, pero más que eso, se atrevió a creer. El negocio consistía en invertir 30.000 euros en un restaurante en una ciudad llamada Palmira, incrustada en “el Caribe colombiano”.“Algo anda mal”, pensó Aldo, “Palmira queda en la zona pacífica”. Pero, creyó. No tenía opción. Los bancos no esperan. Los bancos cobran. Así que luego de un mes de hacer papeles finalmente retiró de una de sus cuentas el dinero que le pedían para empezar la sociedad y se subió a una enorme ave de hojalata para venir a la tierra prometida, a empezar una vez más. La paradoja del inmigrante. Ya no es el colombiano quien deja su patria para buscar un porvenir de esos maravillosos de las películas. Es al revés. Y, la verdad, es que tampoco es tan bonito. Aldo no tardó en sentirse engañado: el restaurante al que lo llevaron a ser socio era poco menos que eso. Tal vez un sitio donde vendan comida, pero no un restaurante italiano. Ni siquiera el horno tenía el tamaño reglamentario para cocinar pizzas.Cuando pidió que le regresaran el dinero que había dado como parte de pago del viaje, sus maletas, sus documentos le fueron decomisados. Lo cuenta carcajeándose: lo estaban timando y era otro italiano. Qué terrible.Pero, más temprano que tarde todo mejoró. Aldo conoció a Luciano, uno diferente al profesor políglota. Este Luciano es dueño de un restaurante italiano, especializado en pizza que está en Ginebra, ese paraíso de comida típica vallecaucana. Una verdadera rareza y, quién lo diría, la fortuna de Aldo en Colombia. En cuestión de horas se concretó que el recién llegado estaría en la cocina, su experiencia como panadero en Italia lo precedía y ese lugar tenía todo lo que él necesita para trabajar, así que ahora está allí. Tiene un cuarto allí. Lee. Y piensa. Tiene tiempo de pensar. Es como un sastre que dedica horas a coser. Sin afanes. Ya no tiene los doce celulares que tenía antes cuando era el dueño de esa cadena de panaderías. Ya no se gasta la vida y pierde el pelo haciendo filas en el ayuntamiento para pedir permisos de sanidad para sus ventas. Disfruta de lo simple de poner él mismo la pizza en el horno que calentó antes, de comer antipasto mirando llover. Parece un tipo feliz. Solo espera que su familia aterrice a su lado pronto. Su esposa y su hija. Paco González también parece ser un hombre feliz. Dice que él nació en Madrid pero que no fue su elección. Nadie le preguntó si quería nacer allí. Por eso decidió que va a morir en Cali. Cada cierto tiempo mientras cuenta su historia repite que el paraíso es esta ciudad. Hace un año y medio decidió que no la iba a dejar nunca más. Ya había estado acá por temporadas, persiguiendo ese sueño que es el amor, pero llegó a un punto sin retorno cuando fundó un bar de vinos, que es lo que lo mantiene de corazón unido a su tierra. Pero, fue más allá, decidió que iba a vivir de disfrutar, que se iba a olvidar de palabras como recesión económica UE, rescates, préstamos bancarios y junto a amigos creó un grupo que se reúne alrededor del vino.En 18 meses ya ha conseguido casi 500 asociados. Personas que quieren charlar entre copas, sentarse un sábado por la tarde a ver pasar la vida y la brisa. Y del vino pasan a la comida y de la comida al fútbol.Entonces nació la peña del Real Madrid, equipo de los amores de Paco, su amor último. Entonces españoles radicados en Cali y caleños que llevan a España en las tripas se encuentran para ver los partidos del equipo merengue, que es la insignia de Madrid.“Por eso no me voy. Acá tengo amigos, tengo vino, el amor y, claro, al Real Madrid”, también se ríe con esa sonrisa amplia, como se ríe Aldo cuando habla de este, su nuevo hogar.

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