Damnificados por el invierno en zona rural de Buga, entre el miedo y el tedio

Diciembre 18, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano, reportero de El País.
Damnificados por el invierno en zona rural de Buga, entre el miedo y el tedio

La mayoría de las casas de tres veredas de Buga están completamente anegadas. Las infecciones respiratorias y los hongos, pan de cada día allí.

El sector de Mediacanoa es uno de los más golpeados por la lluvia. Historias del día a día.

Rafael no ha dormido en días. Ya ni siquiera sabe cuántos. Un día se le confunde con el otro en los recuerdos, el agotamiento le juega malas pasadas. Tiene las manos callosas porque es pescador. Pero, ya no pesca. No puede. Los peces se fueron lejos de sus redes. Irónicamente, se los llevó el agua. La naturaleza que antes le daba el sustento, ahora se lo quitó con esos aguaceros torrenciales que no se veían desde hacía décadas en Colombia.Entonces Rafael no duerme. Se pasa días enteros llenando sacos de arena para que el agua deje de colarse en cada rincón de su casa con piso de tierra y con paredes de esterilla. La esterilla no seca fácil, la tierra no seca fácil. El hombre tiene unos 40 años, tal vez, le faltan dientes y con las manos callosas construye un fuerte de sacos de arena y no duerme, pero de nada le sirve. El agua siempre le gana.Eliza Tacué no sabe qué hacer. Racionalmente no tiene explicación alguna pero el agua y los botes le generan un pánico paralizante. Y esa fobia la tiene en jaque porque el invierno parece conocerla y la golpea donde más le duele: su casa está anegada. Está completamente sumergida bajo las aguas desbordadas del río Cauca. Y como no es capaz de subirse a una de las canoas de sus vecinos para irse a otra parte, no tiene otra opción que quedarse allí, como una suerte de sirena de agua dulce varada.Hace una semana que sus hijos de 7 y 10 años tuvieron que irse a Buga porque el nivel del agua, que les llegaba a la altura de las rodillas, les había provocado infecciones pulmonares y brotes en la piel. Allí en Puerto Bertín, la vereda de Buga en donde vive Eliza y de la que es vecino Rafael y que es uno de los sectores del Valle del Cauca más golpeado por el invierno, no hay siquiera antigripales.Eliza no va ni a mercar. Le aterra la sola idea de subirse a una de esas canoas que antes de esta ola invernal los hombres de la vereda usaban para pescar y que ahora sirven para mover a la gente desde sus casas a la carretera principal. Ella ha sobrevivido este tiempo con lo que puede comprar en la tienda del sector. Pero, tuvo que cortar el lazo con el que amarraba a dos de sus perros, regalar varias gallinas y sacrificar un marrano, porque no tenía cómo alimentarlos y se estaban enfermando por la humedad. Caminar por su casa es como andar sobre arenas movedizas.Entre el tedio y el miedoLos damnificados del invierno parecen vivir en dos tiempos paralelos: uno lento, tedioso, aburrido y otro rápido, de alarma constante y de estrés. El primer tiempo es cuando no llueve, pero ya todo quedó inundado. Colchones, televisores, perros, cunas para bebé, alfombras, marranos, pollos de engorde, cultivos de maíz, canchas de fútbol, tiendas, ropa, baños, sábanas, bicicletas, abono, zapatos. Hasta el ánimo de celebrar la Navidad se empantanó. Entonces no queda nada más que hacer. Esperar a que el agua ceda un poco de terreno. Esperar y no más.El segundo tiempo es cuando vuelve a llover. Entonces el miedo es la constante. Todo se inunda otra vez, nadie puede dormir sin un ojo abierto por miedo a una avalancha, a un nuevo desbordamiento de los ríos. Cada que el cielo se cierra, aumenta el número de damnificados. En todo el país ya suman 829.067.La semana que concluye fue de tedio en Mediacanoa. Todos los días empiezan más o menos igual. Los que tienen aún empleo salen desde muy temprano y regresan muy tarde en la noche.Pero el resto, que en las veredas de Puerto Bertín, El Porvenir y la Palomera son mayoría, se quedaron sin trabajo y tienen que quedarse en sus casas, cuidando que nadie los vaya a robar o tratando de limpiar un poco el desorden que dejaron los aguaceros y los ríos desbordados.En esos sitios la columna vertebral de la economía es la extracción de arena y la pesca. Debido a la furiosa arremetida del invierno ninguna de esas actividades está dando dinero. Por eso hubo despidos.Entonces hay tedio. Son horas y horas las que los damnificados se la pasan apenas espantando mosquitos de su piel. Quemando panales de huevo en el suelo de sus casas o en las carpas para espantar bichos que les muerden la carne.Roberto está sentado frente a una de las carpas que la Gobernación del Valle, a través del Clopad (Comité Local de Prevención y Atención de Desastres) les donó hace dos semanas cuando las calles se volvieron ríos porque el río Cauca se salió de su cauce.Roberto es arenero, pero hace días que no ha podido sacar nada. Entre los labios tiene un cigarrillo apagado. Dice que es el último que le queda y que por eso no lo enciende. En la tienda ya valen tres veces más. El desabastecimiento de víveres y otros productos genera especulación. Los tomates valen el doble que en verano. Un panal de huevos cuesta lo mismo que una caneca de aguardiente. Y hay quienes sacan provecho. El miércoles pasado un hombre que nadie conoce llegó a El Porvenir en una camioneta de estacas enorme y ofreció comprar los marranos que estaban engordando algunos vecinos de la vereda. Los pagó a 20% menos de su valor real. Los pescadores están igual. Venden los peces por lo que les ofrezcan. Sin regatear. Incluso se les ve en Buga ofertando su pesca casi que puerta a puerta.En el sector de Mediacanoa, donde están esas veredas, la situación es imposible. Dos semanas cumplen 300 familias de las más afectadas, durmiendo en carpas que de día se calientan como hornos y que de noche se enfrían como el iglú de un esquimal.Pero, hasta eso es soportable para ellos. Luz Dary Mesa, una de las afectadas en la vereda El Palomar, explica que el problema no es el clima. Es la salubridad. Y es que no hay baños. Cuando el agua sube, los inodoros no vacían y las aguas negras regresan y se desbordan en el suelo. Los que duermen en las carpas se ven en la humillante obligación de hacer sus necesidades en bolsas plásticas.Y los niños. Más de 170 de ellos no han podido ir a la escuela en dos semanas y están haciendo exámenes finales en las casas de vecinos que permiten usar los comedores como pupitres los sábados. Así son los días, entonces. Entre tedio y miedo. Entre la humillación y el olvido. Los damnificados piden de Navidad solamente que los tengan en cuenta un poco más. Que alguien, quien sea, les ayude con las baterías sanitarias o con los mercados prometidos. Con más frazadas y con motobombas para exiliar el agua. De Navidad sólo piden que los traten con dignidad. Y vaya que lo merecen.Peligros desconocidosLas aguas que no ceden un ápice en el sector de Mediacanoa han provocado emergencias de salud que ya casi no se pueden controlar. La proliferación de zancudos ha dejado una epidemia de dengue, especialmente en niños. Además de eso, hay alerta por la supuesta presencia de animales en las aguas. El miércoles pasado, un marrano bebé fue sacado del corral en el que dormía y fue atacado a dentelladas. Murió desangrado. Los vecinos del sector temen que se trate de serpientes e hicieron un llamado a la CVC para que haga un barrido a la zona para buscar animales acuáticos que en cualquier momento podrían atacar a humanos, que pasan la mayor parte del día con los pies metidos en el agua, por causa de la inundación.

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