Cuatro vallecaucanos que le dijeron adiós al trabajo por sus propios proyectos

Cuatro vallecaucanos que le dijeron adiós al trabajo por sus propios proyectos

Mayo 28, 2017 - 10:50 p.m. Por:
Harold Cortés | Semillero de Periodismo UAO -El País
Jessica Guerrero  - emprendedora

Jéssica Guerrero.

Foto: Marcela Martínez | El País

Decidir abandonar una carrera profesional estable para perseguir los sueños personales no es una práctica muy usual. Sin embargo, existen personas que, sin importar los riesgos, toman la determinación de hacer lo que realmente les apasiona.
Según la especialista en psicoanálisis, Anayancy Montoya, son muchos los factores que impulsan estas determinaciones. “Detrás de todas estas decisiones hay dos valores importantes: la valentía y el carácter como valor ético”.

Según la psicóloga, es en la relación con el otro en donde construimos nuestras aspiraciones de vida y damos forma a nuestros gustos. “Esto es a lo que llamamos afectos y los recibimos desde la niñez a través de nuestros padres”. Montoya explica que cuando sumamos a esto el tiempo libre y el ocio, se forma en el inconsciente una autodeterminación para tomar decisiones y asumir situaciones de riesgo, incluso, en aquello que no resulta tan prometedor.

Desde la perspectiva psicológica, la relación con los padres y la seguridad en la toma de decisiones que una persona adquiere en su niñez, van a determinar el nivel de valentía para tomar riesgos en la vida.

El País les presenta a cuatro vallecaucanos que quisieron ir tras sus verdaderos sueños.

“Encontré en el tejer una especie de yoga”

Jéssica Guerrero es una administradora de empresas egresada de la Universidad del Valle, con énfasis en recursos humanos. Por su destreza y experiencia se convirtió en gerente general de una empresa desarrolladora de softwares.

Gracias a una iniciativa europea de recursos humanos llamada Tipping Point Methodology (TPM) fue que esta vallecaucana nacida en Andalucía indagó cómo podía mejorar la productividad de sus trabajadores en la empresa. La respuesta: enfocarse en sus fortalezas y hacer lo que más les apasiona.

Fue así como en noviembre del 2016 tomó la iniciativa de cerrar las puertas de la compañía e irse a descansar en la tierra de Iván Reiné, su esposo, un español de ojos azules. “Mi abuela paterna era una ‘dura’ tejiendo. Pero esa herencia no le llegó a mis tías ni a mis primas. Pensé que algún gen debía tener yo para aprender. Así que cuando me fui para España tenía claro que quería que mi suegra me enseñara a tejer”.

Esta mujer de 33 años de tez morena y ojos alegres dice que la decisión no fue fortuita, su cuerpo se lo pedía. “Encontré en el tejer una especie de yoga para mi vida”, expresa con aire reflexivo, “es como si hubiera nacido para eso y no lo había descubierto”.

Jéssica trajo 60 ovillos de lana de España con los cuales fabrica suéteres, gorros, bufandas, mantas en merino, calentadores... Su empresa, Iko Nativa, abrió sus puertas al público en el mes de abril y ha cautivado a cientos de personas que aprecian su técnica. “No fue fácil tomar la decisión, pero hay personas que no hacen lo que les apasiona por temor a abandonar lo seguro. Actualmente estoy en planes de abrir un local propio y deseo extender mi negocio vendiendo mis productos en diferentes partes de Colombia”.

De los números a los pasteles
Sandra Castaño pasteles

Sandra Castaño.

Foto: José Luis Guzmán | El País

Los pasteles y chocolates que prepara Sandra Castaño han impresionado el paladar de cientos de personas en Cali. Su técnica es propia de la pastelería internacional y aplica un concepto único de diseño. Lo que resulta difícil de creer es que se trate de una profesional en contaduría y administración que ha dedicado gran parte de su vida al sector industrial. Aunque alcanzó buena estabilidad financiera en su último cargo, esta caleña de 30 años de edad decidió dar un giro de 180 grados para seguir su verdadera pasión.

Lo que ha caracterizado a esta joven emprendedora es que tiene una sed insaciable por el aprendizaje. “Cuando vi la oportunidad de hacer cursos de culinaria empecé a trabajar más duro. Así decidí emprender con mi hobbie: vender chocolates y galletas”.

En el año 2013 decidió trabajar en un proyecto de chocolatería, el cual promovió con sus estudios en cocina internacional y chocolatería. Aunque un tiempo después el negocio cerró, Sandra pulió su técnica y se hizo con una lista de clientes que aman su sazón. “Yo siempre he tenido en cuenta que puedo brindar buenos productos y eso me impulsa cada día”.

Sandra tiene su propia marca personal, SanCake, y desde hace cuatro años ofrece servicios en todo Cali. Sus tortas tienen diseños que van desde botellas de cerveza, amplificadores para guitarra, controles de video juegos, cámaras fotográficas o castillos fantásticos. “A veces me siento insegura, pero algo que me da fortaleza es ver la alegría de los clientes al recibir el producto. Eso me anima en medio de las dificultades”.

Sin temor a lo nuevo
Juan Esteban Arias

Juan Esteban Arias.

Foto: Cortesía Juan Esteban Arias

Juan Esteban Arias es un administrador de empresas egresado de la Universidad Javeriana con una maestría en mercadeo que trabajó con diversas empresas de Bogotá. Sin embargo, luego de varios años de arduo trabajo y a pesar del jugoso salario mensual, decidió renunciar para reinventarse.

“Cuando renuncié a mi último trabajo me di la oportunidad de ir al Pacífico colombiano para descansar. Quería pensar en mi vida, en mis sueños y prioridades”. Fue en este viaje cuando Arias decidió crear su primera empresa, un negocio de comida afrocolombiana en el barrio Granada. Para el 2008 ya su idea tenía nombre: Chonta. Sin embargo, después de un año de trabajo duro, decidió retirarse. “Fue un momento difícil. Aunque esa fue mi maestría en emprendimiento, no sabía qué hacer con mi vida”.

Después de este episodio lo único que Arias sabía era que quería dedicarse a su pasión: tomar fotografías. “La ventaja mía es que nunca he tenido temor a hacer algo nuevo. Yo me independicé a los 17 años, ya estaba acostumbrado a tomar riesgos”.

Juan Esteban Arias es un caleño de 38 años con un sentido del humor increíble. Heredó de su padre el gusto por la fotografía. Y aunque comenta que este oficio en Colombia no es altamente lucrativo, dice que “la clave no está en hacer dinero, sino en trabajar en los miedos, tomar fortaleza de los fracasos y tener un plan B”. Juan Esteban es motivador y conferencista en temas de emprendimiento, enseña fotografía en el Museo La Tertulia y es un reconocido fotógrafo de bodas en la ciudad. “Yo soy un convencido de que hay que cruzar fronteras, estar dispuesto a ceder”.

“La familia es nuestra gran fortaleza”
Roberto Aguirre, zea maiz

Roberto Aguirre, propietario de Zea Maíz.

Foto: Harold Cortés | Especial para El País

Roberto Aguirre y su familia son los dueños de Zea Maíz, un restaurante de arepas cuadradas con un concepto artesanal único, ubicado en el barrio San Antonio. Lo que ninguno se imagina es que detrás de cada arepa hay una historia de superación personal. Roberto cursó estudios en ingeniería eléctrica y Adriana, su esposa, se graduó como tecnóloga industrial. Luego de trabajar en diversos proyectos y empresas en Bogotá, entre las cuales estaban las energías renovables y la industria eléctrica, ambos decidieron que era tiempo de volver a Cali y aventurarse en un negocio propio: un hostal llamado Atrapasueños en el barrio Alameda.

A pesar del aumento del turismo y del despertar de los hostales en la ciudad, la familia descubrió un oficio que les apasionaba aún más: cocinar arepas para los clientes. “Tomamos el asador con el cual hacíamos reuniones familiares y nos propusimos emprender un nuevo proyecto”, comenta Roberto con entusiasmo.

Este emprendedor nacido en Tuluá demuestra que a los 53 años aún se puede luchar por los sueños. En la actualidad cuenta con un local propio en donde diariamente vallecaucanos y extranjeros disfrutan de sus arepas, cuyos nombres asombran al público: Fin del Mundo, Tenochtitlán, Vía Láctea, Tierra Libre. “Al principio trabajamos vendiendo arepas en la calle, ahora somos un punto de referencia de arepas artesanales en Cali”.

A pesar de la crítica de su familia y sus amigos, Roberto puede decir con entusiasmo: “la cocina es parte de nuestra vida, por eso hemos salido adelante”. Entre sus anhelos está crear un festival de arepa en Colombia, en donde diferentes emprendedores puedan demostrar que la arepa es una comida típica del país. “Lo más importante a la hora de tomar riesgos es que toda la familia se apoye, esta es nuestra gran fortal eza”, concluye.

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