Crónica: El Arenillo en Palmira sana sus heridas de la guerra

Octubre 23, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Paola Andrea Gómez Perafán | Jefe de Información de El País.
Crónica: El Arenillo en Palmira sana sus heridas de la guerra

La capilla Nuestra Señora del Carmen es el símbolo de la reconciliación más grande del Valle. En su construcción trabajaron por meses campesinos y desmovilizados, quienes pagaron su servicio social ayudando a levantarla.

En la vereda de Palmira, azotada por años de violencia de las AUC y las Farc, se vivió un proceso de reintegración modelo en Colombia. Testimonio que este jueves conocerán delegados de 17 países.

Las heridas de la guerra que tantas veces curó no se comparan con las que tuvo que sanar en su memoria, en su corazón. Es como si el destino la hubiera elegido para contar a través de su historia la de una vereda entera que resistió la embestida brutal de la violencia paramilitar y guerrillera en el Valle y que hoy levanta la frente para decirle al mundo: estamos vivos, estamos luchando.Cuesta creer que en la pequeña figura de una mujer trigueña, con el rostro chapeado por el frío y el calor del campo, quepan tantas verdades de un capítulo de nuestra guerra reciente. Cuesta creer que en esa geografía de montañas espigadas y caminos de flores silvestres el espíritu de los campesinos asesinados en serie hoy inspire el discurso de quienes aprendieron a perdonar, a sentarse a conversar con ‘el enemigo’. A volver a empezar.Ofelia, la ‘enfermera’ graduada a punta de amenazas, que durante dos años suturó, cosió y levantó del piso alrededor de 200 paramilitares es la campesina que tras un exilio obligado regresó a su tierra para reconstruir lo que tanto le dolió perder. Ella es la voz de El Arenillo –vereda del corregimiento de Ayacucho, en Palmira, pegadita a La Buitrera– en cuyas tierras se hallaron 17 cuerpos en fosas comunes y donde el Bloque Calima y el Sexto Frente de las Farc libraron una cruenta disputa por ese privilegiado paso hacia el Tolima y por la mirada estratégica que allí hay del Valle.El miedo nunca se fue. Es más, algunos prefieren hablar solo de lo evidente y ahorrarse detalles de lo que pasó en sus días de tragedia. Ofelia, en cambio, los regaña: “¡por qué no quieren hablar! hay que contar la verdad. Para que la gente entienda que a pesar de lo que pasó, estamos trabajando juntos, porque cambiar depende de nosotros mismos. Porque queremos que la vereda vuelva a ser lo que fue”.Paso a paso, por esa loma empedrada que conduce a un bello paraje de la Cordillera Central, las voces de la guerra van siendo acalladas por testimonios de paz. A la derecha del camino, arrullado por una brisa fría y el continuo canto de los gallos, aparece una capilla de nueve metros de largo por seis de ancho, levantada con el sudor de desmovilizados y vecinos de El Arenillo. Una prueba de lo que es posible cuando los pueblos entienden el poder de la resiliencia, ese concepto tan repetido en Colombia, que no es más que la capacidad de sobreponerse a periodos de dolor emocional. La entrega a la comunidad de la capilla Nuestra Señora del Carmen será el plato fuerte de la IV Gira Sur-Sur de Reintegración, que reúne a delegados de 17 países en Cali, quienes mañana estarán allá, en la vereda que la paz logró arrebatarle a la guerra. La horrible nocheAhora no recuerdan el día exacto, pero saben que fue en 1999, justo cuando Cali estaba conmocionada por el secuestro masivo de la Iglesia La María, perpretrado por el ELN. Entonces empezaron a ver movimientos raros en la vereda, situada a una hora de la capital del Valle. “La gente decía que iban a venir los paramilitares. No sabíamos qué era eso. Y pensábamos: Dios quiera no”. Las oraciones de Laura, de nada valieron. Los hombres armados, a caballo, empezaron a subir la montaña, a hacer disparos al aire, a adueñarse de sus casas.A casa de Laura, la abuela que a pesar del tiempo aún siente temor, llegaron un viernes en la noche. La sorprendieron echándole agua a las matas, junto a su hija, Aleyda. Se quedaron una semana. Se acostaban en el suelo, volteaban por toda la casa. Y el recuerdo del hombre armado que va de un lado a otro en el corredor de su vivienda está clarito en la mente. Como la imagen de “una candelada que prendió la montaña, luego de que sonara una explosión fuertísima”.Eso fue el 2 de junio de 2006, cuando el sexto frente de las Farc asesinó a seis policías que vigilaban la vereda. Los que estaban cerca recuerdan al comandante guerrillero gritar “mátenlos, mátenlos y después los quemamos”. Y así fue. Les dispararon con fusiles galil y los remataron con cilindros bomba. Lo que quedó de los cuerpos de los uniformados lo sacó el Ejército en helicópteros. En El Arenillo dicen que cuatro policías se salvaron porque estaban despiertos, jugando parqués, y alcanzaron a esconderse.Los ojos del país se volcaron a la vereda. El director general de la Policía de la época, Jorge Daniel Castro, les prometió no dejarlos solos, aunque Laura en sus adentros pensara que no querían la Policía cerca, “porque a los policías siempre los persigue la gente mala”.Pero hubo otra gente mala que no solo persiguió policías. También a los que llamaban auxiliadores de la guerrilla. Como a Benilda, la amiga del pueblo, a la que los paramilitares mataron en una Semana Santa. Su hija de 18 años se quitó la vida seis meses después, a punta de veneno. Y el esposo de Benilda murió al poquito tiempo de pena moral. Como también persiguieron y ajusticiaron a decenas de habitantes en el Chalet de la Muerte, que quedaba a la vuelta de la montaña y donde con el tiempo hallaron ocho cuerpos de campesinos desaparecidos por años, enterrados en fosas comunes.Como pasó con el papá, la mamá y el hermano de 10 años de Consuelo, a quienes “por órdenes de las autodefensas y por no querer irse de la zona” los despedazaron con motosierra. Consuelo todavía llora al pronunciar la palabra motosierra. Consuelo sabe que los suyos eran gente que trabajaba la madera en la Hacienda La Ruisa y que nunca fueron auxiliadores de nadie. Consuelo contará su historia, mañana ante esos hombres de otros mundos, con historias tan similares a las suyas, que quieren conocer cómo se curan las heridas de la guerra.La horrible noche de Ofelia, la ‘enfermera’ que se redime a punta de liderazgo, duró dos años. A su casa llegaron a la una de la mañana, con seis heridos en brazos, tras los combates de Tejo. “O los cura o se muere”. Y curándolos se quedó dos años. Si no colaboraba la mataban a ella o a sus cuatro hijos. Pasó días atormentada y triste. El remordimiento la carcomía por dentro. “Pero no tenía cómo escapar”.Al recordar, la mujer fuerte que le pide a otros hablar con la verdad se vuelve tan frágil que sus ojos humedecen: “Me di cuenta de tantas cosas y me daba tanto miedo, pero tenía que sobrevivir. Mi familia me rechazó. Fui lo peor para ellos”.ResilienciaYaneth tenía 18 años cuando les pidió a los comandantes que la dejaran patrullar. Padecía una fascinación por “la ‘vida militar’. Estaba un poco loca: por donde me prohibían por ahí me metía”.En las autodefensas se enamoró dos veces. El papá de sus dos hijos, un ex paramilitar, se fue para su tierra. Hace años no lo ve. Las palabras le salen con fuerza. Ella prefiere sembrar el presente. Yaneth, Ofelia y otros cinco desmovilizados de El Arenillo pidieron perdón para volver a la vereda. Pagaron su labor social en la construcción de la capilla. Hicieron tamales para recoger fondos, limpiaron el terreno, ayudaron a edificar sobre el terreno que donó Mariela, la hermana de Laura. El Sena atendió el llamado de la Agencia Colombiana para la Reintegración y hoy les brinda formación en tecnología agropecuaria, producción animal, trabajo social. Vallenpaz los apoyó con unidades de siembra de banano y hortalizas; con porcicultura y cultivos de trucha. Asoncar, la Asociación de Campesinos de El Arenillo, está al frente del proceso. Con tierra, estudio y respaldo están logrando reconstruir eso que llaman tejido social. Están aplicando lo que los expertos en conflicto reconocen como resiliencia.La mañana de este jueves 24 de octubre será histórica. En esa capilla cuya fachada hoy pintan de blanco, el padre Derian Lewis Orozco hará una ofrenda de reconciliación, frente al Cristo de comino crespo que les regalaron los Misioneros del Tres de Junio. Las fieles encenderán los velones frente al Sagrado Corazón y la Virgen del Carmen que completan el altar. Y en las afueras del templo ubicarán una placa de bronce que reza “En homenaje a las víctimas del conflicto armado, mención de justicia, perdón y paz”. Ofelia dice ser una desmovilizada exitosa. Sabe que muchos no corrieron con su suerte, que desertaron, que no lo lograron o que los abandonaron. Pero ella le apuesta con su testimonio de vida, que es la vida misma de El Arenillo a la paz de un país, con tantas heridas de guerra, como las que hoy cura su terruño: “Eso sí, siempre y cuando quieran cambiar su vida y los respalden, lo demás depende de uno mismo. Yo creo que en Colombia es posible la paz”.Con ese orgullo de ser todo lo que un proceso de reintegración anhela, le abren su corazón al que quiera conocer su verdad y aprender cómo es que uno se repone del trauma. Y con la ilusión de un futuro fértil, se encomiendan con fe a la patrona de su capilla, para que el mañana sea mejor que el hoy. Para que las ‘candeladas’ de fuego y muerte nunca más se asomen por las montañas de su vereda.

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