Conozca los oficios que desaparecen con el tiempo en el norte del Valle

Agosto 10, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Por Karen Ferrín | Reportera de CartagoHoy
Conozca los oficios que desaparecen con el tiempo en el norte del Valle

La profesión de arriero es una de las que desaparece con el transcurrir de los años. Son pocos las poblaciones del departamento que mantienen este oficio.

El paso del tiempo ha llevado a que ciertos personajes que solían ser imprescindibles para todos los pobladores del norte del Valle del Cauca se hayan llevado a la tumba las tareas que desempeñaban.

Argelia, Cartago y Obando tienen algo en común: en sus calles viven cuatro hombres que, a pesar de la inclemencia del tiempo, siguen practicando con orgullo los oficios que conocieron en sus años mozos. Tareas que eran el ‘modus vivendi’ de muchos habitantes del Norte y que incluso hoy siguen siendo ejecutadas por algunos pocos que, sin sorprenderse, son testigos de su desaparición. Sin embargo, en los barrios de los municipios de la región todavía se tiene mucha referencia de ellos. De hecho, las casas culturales los consideran un elemento clave en la historia de sus pueblos y uno que otro vecino de vez en cuando requiere de sus servicios. Los arrieros, los barberos, los relojeros de péndulo y el tradicional sobandero son personajes que continúan siendo parte del imaginario social de esta zona del Valle del Cauca, en tanto se van convirtiendo en elementos para recordar y homenajear. El de las manos benditasHace alrededor de 70 años, cuando Juan Ángel López se dedicaba a la administración de ganado en diversas haciendas del Norte, empezó a notar que había nacido con un don que no podía provenir sino de Dios, según lo explica él mismo. Cuando su cabeza todavía no tenía el color de las nubes, trabajaba como vaquero y arreando mulas por los caminos que comunicaban a Cartago con Montenegro, Quindío. En esta labor desarrolló también la habilidad de asistir a las vacas cuando tenían terneros. Y fue cuando su patrón entendió que no necesitaba más de veterinarios.Este anciano de 82 años, residente en Obando, siguió los pasos de su abuelo Apolonio López y de su padre Ángel López, a quienes conocían como grandes sobadores provenientes de Rionegro, Antioquia.En 1948 ya enyesaba a las bestias si era necesario. “Esto es como un don, no es algo aprendido; uno nace con el instinto. Sin duda, es algo que viene de Dios y la fe me ayuda a curar a los que me buscan”, narra el masajista tradicional que se enfrenta a los doctores a los que acusa de interesados. Una vez atendió a un señor llamado Eduardo Soto, que se había rodado con todo y bestia provocándose una fractura en un hueso de la rodilla y en las costillas, y él se dio cuenta de todo eso sólo con tocarlo.Se lo llevó a su casa, lo mantuvo en reposo casi un mes mientras lo curaba a base de sebo de chivo, “pero del que tiene barba porque del otro no sirve”, aclara. “Faltando ocho días para completarse el mes, le dije que le faltaba un grosor del tamaño de una moneda de 10 centavos para terminar de arreglar el hueso de la cadera, pero que el pie le iba a quedar un poco más corto”, recuerda. “Lo mandé al hospital de Cartago, donde me gané el regaño del director porque supuestamente yo no tenía autoridad para curar a la gente. Sin embargo, le demostré que yo sí podía examinar un hueso sólo con tocarlo y sin robarle plata a la gente con exámenes innecesarios”. El arte de la barberíaLa primera vez que Marino Romero ‘mutiló’, su cliente le dejó de hablar por tres años. Era su primo. Al igual que a don Juan, a nadie le enseñó el arte de la barbería, pues tenía 13 años cuando su padre, el único barbero del barrio El Prado, en Cartago, falleció dejando una cantidad de clientes ‘desamparados’.Cuarenta y ocho años después, cuando se considera un peluquero profesional, recuerda entre risas las anécdotas vividas en la época y la forma en la que trabajaba. “Eran esos años en los que tenía amplia clientela por la escasez de peluqueros y la persecución de la Policía a aquellos que se dejaban la barba al estilo de Fidel Castro. Los acusaban de ‘procubismo’”, narra. Entre las herramientas que aún conserva está una silla especial para este oficio, pero ya no tiene la piedra con la que afilaba la cuchilla conocida como la barbera alemana, “de la marca más fina, que ya no uso porque su hoja está desgastada”. Tampoco tiene la correa de cuero con la que terminaba de quitarle las asperezas a la herramienta cortante. Ni siquiera la tradicional espuma se utiliza desde que la barbera original dejó de existir. “En ese tiempo no había el estilo de la peluquería que se practica hoy en día. Todos sabemos que comercialmente surgieron otras modalidades, pues en mi tiempo no habían ni estilistas ni peluqueros. De acuerdo con Marino, “barberos en Cartago, muy poquiticos. De los que se dicen barberos de la vieja guardia, yo. Aunque se puede decir también que salté un poquitico hacia el estilismo. Todos se quedaron en el corte rudimentario”.Homenaje al arrieroA finales de julio la Sociedad de Mejoras Públicas de Argelia rindió un homenaje a los últimos quince arrieros de la localidad con un monumento que inmortaliza la figura de aquellos que aportaron significativamente al desarrollo de la región. Entre los agasajados se encontraba Hugo Usma Velázquez, el más veterano del municipio, con 33 años de experiencia en el oficio.Tenía 22 cuando se puso las alpargatas, agarró un maletín, una peinilla y una mula y decidió recorrer los caminos de su pueblo con el fin de transportar granos y demás alimentos para distribuirlos por la zona andina.Entre la bulla y los pompos del monumento, Argelia se acordó de los hijos más representativos que ha tenido. Pero en la actualidad este Juan Valdéz tulueño ha cambiado medianamente su vestimenta. Ahora su fiel peinilla reposa en casa, mientras el dueño se conforma con transportar madera por Cartago y se lamenta por la muerte prematura del oficio, porque, según él, “ se ha deteriorado mucho por tanta carretera y la escasa producción de café”.Entre cuerdas y melodíasCuando Carlos Arturo Arboleda González se graduó del colegio, no se imaginó que por el resto de su vida se dedicaría a la relojería. “Viajé desde La Virginia hasta Ciudad Bolívar, en Antioquia, para aprender de mi tío Tulio González todos los secretos de la que sería mi profesión”, cuenta el artesano.Durante los 40 años siguientes se internó en su negocio de la Villa de Robledo, alternándolo con diversos cursos dictados por expertos japoneses para perfeccionarse en la física y la relojería, como lo hizo en 1981. Fue así que desde hace 27 años se apasionó con el péndulo, el tipo de reloj más llamativo, “pero que pocos se atreven a arreglar por su sistema tan complicado, pero que otros compran con pasión por su movimiento y el sonido melodioso del Himno Nacional o el Avemaría”.Por ello el relojero es visitado por clientes de Manizales, Pereira, Bogotá y Cali, además de todo el norte del Valle del Cauca, pues su nombre y su negocio son reconocidos en la región. Pero no sólo arregla relojes, también hace algunos a partir de otros de pared. El resultado, un llamativo sistema de péndulo que pasó a ser de piso, adornado con un mueble de 2 metros de alto por 40 centímetros de ancho.Tal vez su más grande orgullo, ser el único relojero de péndulo del que se sabe existe en el departamento.

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