Carta de amor a Rayo

Junio 13, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Por Isabel Peláez | Redacción de El País

Águeda Pizarro, la viuda del maestro Omar Rayo, lo recuerda como un hombre hermosísimo, al que le dedicó todas las poesías.

Su voz se ahoga. Las palabras resucitan en su boca tras dos sorbos de agua. Sus ojos, vestidos de riguroso luto, se humedecen de recuerdos de su Omar, el hombre al que amó durante 49 años y al que despidió con rosas blancas y un beso rojo carmesí. Las manos vacías de Águeda Pizarro Onicio se llenan con el saludo de los niños, mientras su mente lo evoca una y otra vez: “¿Qué pensarías si estuvieras aquí y vieras todo esto?”. Y la poeta de Nueva York a la que un Rayo atrapó para siempre, teje, en medio del dolor, su última carta de amor:“Eras muy distinto al de ahora. Eras más juguetón, guasón. Recuerdo esa Bienal de Medellín, en la que en pleno discurso de inauguración, como no te gustaba la solemnidad, sacaste de esa bolsa de cuero –o de tela que siempre llevabas– una de esas cajitas de risa y la prendiste. Sin que nadie se diera cuenta de que habías sido tú. Solías hacer ese tipo de chistes.¡Eras tan alto! –1,87 metros– A mí me parecías hermoso. No era la única, tenías muchas admiradoras. Tenías una barbita y algo de ángel. Ese ‘algo’ más de Julio Cortázar que de Carlos Fuentes –con quien hace rato te confunden–. Y algo de extraterrestre. Para mí, tu mayor atractivo era tu vida nómada. Habías viajado por todo el mundo –en barco, en automóvil, a pie, e incluso en hidroaviones–. Me abriste, no la puerta, sino el portal que es América Latina, otra dimensión.Eras todo un personaje. Contigo descubrí a García Márquez y leí Cien Años de Soledad, recién horneada la novela. ¡Hablábamos mucho de Neruda! Recuerdo cuando me llevaste el disco con sus poemas y me lo leíste con esa voz que tenías... Bebíamos demasiado vodka con tónica y jugo de naranja. Y salíamos a un bar a donde iban los artistas en Nueva York. Íbamos a muchas fiestas. No olvido las que organizabas en tu apartamentico, que me parecía una maravilla, aunque fuera muy chiquito. Comprabas varias latas de fríjoles, las mezclabas y nos servías ¡y te quedaban ricos! Allá llegaban Leonel Góngora y una cosecha de artistas latinoamericanos, eran como una familia, pero se fueron de Nueva York muy pronto, muchos de ellos están muertos ya.Los periodistas me preguntan que cómo nos conocimos. ¡Ay, esa pregunta! Es una anécdota chistosa. Yo les digo que en el 61 fui con una amiga mía a una exposición tuya en Nueva York y que tú eras más amigo de mi amiga. ¡Bueno! que salías con ella, y también empezó la relación nuestra ¡y ya! Cosas de la juventud.Mi mamá –Gratiana–, rumana y una gran anfitriona, cuando tú fuiste a un par de fiestas a mi casa con mi amiga, decía: ‘¡Es hermoso! Se parece a Mefistófeles’, porque tenías esas cejas. ‘¡Es el diablo!’, decía. Guapísimo le pareciste. Y te compró una obrita, cuando no costaba nada. Hablaba de ti como alguien muy interesante. Hasta que se dio cuenta de que andabas conmigo y ya no le gustó. Y no se reconcilió contigo, aunque podían tener largas conversaciones y pasáramos todas las navidades juntos en Nueva York. Aunque viniera un par de veces a Colombia, ni al final te aceptó. Le parecías engreído, egoísta, creía que no me querías, que te querías más a ti. Hasta que nos casamos de verdad. Eso tampoco le gustó.Tú y mamá tenían mucho en común: carácter fuerte, imaginación y mucha inteligencia. No sólo eras creativo, además eras poético y para las cosas prácticas de la vida, agudo, con ese humor, esa chispa.A mi padre –Miguel– no lo conociste. Murió cuando yo tenía 15 años. A ti te conocí a los 21. Él también era un nómada. La gente me dice que mi amor por ti nació por querer seguir en diálogo con mi padre –docente y diplomático–. Admito que primero me enamoré del artista. ¡Ah, tus ‘Intaglios’! No había pensado que eso era posible. Eran eróticos, extraordinarios, las figuras eran tan puras, más forma que lujuria, hermosísimos y purificados.Unos años después, en el 64, empezamos a ser novios y ¡ahí fue Troya!. Siempre nuestro diálogo fue alrededor del arte y de los juegos de palabras... La poesía fue nuestro gran vínculo. No fui la única poeta de la familia. Tú también tenías un sentido de la poesía, tus epigramas eran llenos de humor, irónicos, satíricos.Pocos adivinan que en los títulos de tus cuadros siempre hay un poema, que veías la vida en términos de poesía. La sinestesia es una forma de metáfora donde el sonido representa al color y es una condición de algunos. Tú tenías algo de eso, veías que un color, una forma, podía ser un olor...Extraño hablar contigo, jugar con las palabras calemburistas, ver las exposiciones que me hacías con mis caricaturas de animales, de perros y gatos, mis dibujitos de servilletas. Pero lo mío es la poesía, lo sabes. Te dediqué casi toda mi obra. Mis amigas feministas –yo lo soy– me miraban diciendo: ‘¿Tú en esas?’ ¡Pues sí! y tengo que agradecerte la poesía. Fuiste tú quien me dijo que debíamos publicar mis cosas. Yo no creía en mí. Con tu complejo de Pigmalión y el pretexto de que me ibas a publicar mi primer librito –‘Aquí beso yo’, Tercer Mundo, 1969–, me dijiste que yo tenía que venir contigo a Colombia. Después de bastantes años de ser novios en Nueva York, no me tuviste que convencer. ¡Fue alucinante! Hice una lectura en el Colombo Americano en Bogotá. Conocí a León de Greiff y a tus amigos del Café Automático. Recuerdo una reunión del Partido Comunista, en el 71, con García Márquez, Jaime Posada y yo, en pantaloncitos calientes, de cuero. Esa imagen salió en un aviso de Colcultura.Fuiste mi cómplice para crear el Encuentro de Mujeres Poetas. ¡Ah! enamoradísimas todas y a todas les coqueteabas. De pronto decías: ‘Estas mujeres, ¡bah!’.Viajamos mucho por el mundo juntos. Recuerdo mucho el viaje a Japón, era el principio del reconocimiento de tu obra de parte de los medios culturales de Colombia, después de soportar críticas como la de que ‘hacías moños’. No sé cómo pudieron decir eso. A mí me asombrabas continuamente. Con tus problemas de salud, empezaste a decir que ya no pintabas, porque necesitaste un poco de ayuda para templar los cuadros, y cuando pensé que iban a ser menos, que no iban a ser iguales, sacaste de la manga esta exposición ‘Tizón, fósil del fuego’, ¡que es una belleza! Todos los años me dejabas con la boca abierta... Con la serie de amarillos, ‘Las semillas del sol’, con toda la historia del rojo. Los cuadros tuyos que tengo en el apartamento en Nueva York los miro todos los días hasta que me canso. A otros les encantan los rígidos, a mí me gustan los que parecen pañuelos, suaves, con dobleces, los Origamis, muestran tu lírica.Recuerdo cuando nació Sarita y creaste la serie ‘Sara’s Toy’. Decías que se inflaron los cuadros, refiriéndote a esas formas infladas que el crítico japonés consideró un aporte a la geometría mundial.Si a alguien adorabas en este mundo era a ella. Tú le pusiste el nombre, porque se te ocurrió ese día y porque lo podías dividir de distintas maneras: Sa- ra Ra-yo, Rara- sayo... Ella iba a pintar contigo a tu estudio. Aún conservo las obras que hizo. Luego se empezaron a pelear. Sé que fue duro para ti. Sarita tiene su carácter. En realidad ustedes son muy parecidos. Sé que no te era fácil revelar tu corazón en toda tu debilidad. Eras de mecha corta, te enojabas, gritabas, ofendías. Entre ustedes hubo muchos choques. Pero, siempre que hacía falta, estabas para ella, la rescatabas. Y cuando la vi besarte y despedirse de ti llorando, supe que se adoraban. Así como tú a Mateíto, tu nieto. Aunque no soportaras su ruido y lo mandaras a callar. Eso fue lo más difícil en los últimos años, esa parte de ti, que te protegías, que te encerrabas, no querías mostrar el afecto en la forma más sencilla. Tenías un conflicto interno, cuando empezabas a sentir afecto te retirabas, por alguna inseguridad. Hoy, si pudiera mirarte de nuevo, diría: ‘¿Tú ves? ¡Yo te dije! Mira como te quieren. Y tú no pudiste alejarlos de ti’”.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad