Candelaria y su bella historia 'del puente pa'llá'

Mayo 08, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas El País.

A media hora de Cali, Candelaria, pueblo de trabajadores de raza. Pueblo que también es una isla, en medio de un océano de caña.

Con los años Candelaria se ha ido alargando tanto como para que en el último tiempo dé la sensación de que es parte de Cali. Justamente por esa cercanía se le reconoce como municipio-dormitorio, pues muchos de sus habitantes viajan a diario para trabajar o estudiar en la ciudad y solo regresar hasta el final de la jornada o hasta que se vaya acercando la hora del sueño.

Saliendo desde Cali, paradójicamente, las primeras señales que hablan del otro tránsito que sube y baja por la vía, son invitaciones luminosas para no dormirse. O al menos para no hacerlo tan solo.

De aquí para allá, Candelaria empieza en el puente que se levanta sobre el río Cauca dándole entrada a Juanchito, el corregimiento que le dio su apellido más sonoro: “… Del puente para allá Juanchito, del puente para acá está Cali… Y en el medio de los dos, pasa el Cauca, pasa el Cauca, buscando el Magdalenaaaa…”, sigue cantando el Grupo Niche gracias a la composición del fallecido Jairo Varela, genio capaz de hacer de una dirección bugueña un golpe de salsa.

Antes, mucho antes, cuando la vida se recuerda en secuencias a blanco y negro y sobre el río navegaban embarcaciones a vapor, ese punto, Juanchito, poco a poco se fue transformando en muelle y luego en un puerto por el que empezó a desembarcar el comercio. Y con el comercio, mucha gente atraída por el siempre olor dulzón de un nuevo comienzo en un nuevo lugar. Muchos llegaron provenientes de la Costa Pacífica.

Muchos del norte caucano. Y entre los corotos y las ilusiones, llegaron con música. Otra música y otra alegría que mezclada con el arraigo cultural de la zona, se tradujo en fiestas que comenzaron a bailarse en el mismo puerto; fiestas tan buenas y tan contagiosas y tan populares, que en 1982 se convirtieron en Los Carnavales de Juanchito: una celebración que al haberse mantenido viva por más de una década, tuvo eco en otras orillas del universo donde alcanzaron a oír el bochinche de que esa ribera del río era un rumbiadero mundial.

Del puente para allá, los avisos que de inicio florecen a lado y lado de la carretera van contando la evolución de la historia, fácil de leer en las fachadas de las discotecas y moteles que se fueron levantando sobre la fama del viejo muelle: a la derecha, cerca de la estación de servicio, ‘Don José’; a la izquierda ahora están ‘Juancho’, ‘Juanchenato’ y ‘Dancing’, que queda al frente de los muros de piedra y el guayacán rosado que dan la bienvenida en el motel ‘Amores’.

Luego  el antiguo ‘Picardías’ y ‘Ovni’, por donde han pasado parejas que juran haber visto las estrellas. Y luego más discotecas, algunas recién bautizadas y otras de nombres legendarios entre los salseros, como ‘Changó’ y la desaparecida ‘Agapito’, donde el bochinche también cuenta que en una Semana Santa El Diablo se apareció a tirar paso.

El alcalde de Candelaria, Jonk Jairo Torres, contaba la otra semana que uno de sus proyectos es que el Municipio compre la sede de ‘Agapito’ para que empiece a funcionar allí, de manera permanente, una escuela de salsa. “Pero eso todavía no lo sabe ni el dueño de la discoteca… Es un sueño”.

‘Agapito’ sigue conservando su estructura de leyenda: el techo en cono de paja y los muros colorados que antes, mucho antes,  daban chance a los noveleros que armaban paseo solo para ir a ver azotar baldosa. En la cara del Alcalde alumbra la ilusión al recordar el lugar, pero no tanto como cuando cae en cuenta del sitio que hay al final de la vía, que después de las discotecas y moteles dejará ver paisajes y paisajes verdes de caña, una que otra empresa, una que otra hacienda, y árboles altotes regando sombra en cortos tramos de la carretera. 

El sitio es otra señal de tránsito pero esta vez de una fiesta olorosa que certifica la llegada a Villa Gorgona, el corregimiento más grande del país y la última estación antes de Candelaria: el Piqueteadero Doña María, que desde hace 56 años, en la esquina de la Carrera 10 con 16, está abierto todos los días ofreciendo rellena, chicharrones, chorizos, carne ahumada, costilla y fritangas con asadura que acompañadas de arepitas sin sal y maduros, se sirven libres de remordimiento.

Doña María, que se llamaba María Efigenia Jiménes Machado, murió en 1983. El 10 de septiembre del 60, en compañía de su esposo, Augusto del Castillo, montó allí ese negocio para atender en un principio las prisas del hambre de los corteros de caña que desde entonces ya trabajan en las plantaciones  que empezaban a extenderse hacia donde alcanzara la vista. Luego fueron  los agrónomos de los ingenios. Luego los dueños. Y luego ya todo el mundo. 

Bolívar del Castillo Jiménez, el segundo hijo de doña María, es hoy quien se encarga de preservar vivos  los secretos culinarios de la familia. A los 59 años y con el pelo tiznado  canas, Bolívar no atina a calcular los comensales que atiende pero sabe que cada semana ahúma unos cien kilos de carne de cerdo, tasajea  cerca de 30 libras de tocino, limpia otras 40 de vísceras y prepara 125 libras de arroz para embutir en las rellenas.

A Jair y Marisol, una pareja de enamorados que el jueves de la otra semana desayunaron ahí antes de viajar  hacia  El Cabuyal, lo que más les gusta es que la rellena siga sabiendo a lo que aún no han podido embolsar y vender en los supermercados. El secreto, dice Bolívar enarbolando la espada de la diplomacia, es que todo tenga el mismo gusto que  cuando su mamá vendía porciones a 100 y 200 pesos. Hoy, con papa y arepa, la más pequeña es a seis mil.

Y de allí a Candelaria, dos minutos. Nada. Pueblo de trabajadores de raza que han ayudado a construir el verde más verde del Valle. Verde caña que rodea al pueblo como si el pueblo fuera una gran isla en medio de un gran océano.

‘Fala’, un buen muchacho que un día será cineasta, cuenta que los paisajes que en los días despejados se abren sobre el mar de caña pueden estar entre los asuntos que más le gustan de su vida ahí: “A veces podés ver un cielo rojo, naranja, amarillo, de todos los colores…” La confirmación  llegaría días después, cuando en un correo electrónico cediera una de sus postales favoritas en una foto. La foto, es la foto del cielo que ilumina este texto.

‘Fala’ es sobrino de Fabio Larrahondo, un veterano  reportero de prensa que a pesar de haber hecho su carrera en la ciudad y vivir en Cali, sigue llevando a Candelaria a todas partes: “Lo primero que uno recuerda es la imponente Iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria, cuya torre se ve desde muy lejos y entonces con su cúspide activa los recuerdos.

Los domingos  los feligreses no caben. Junto a la Iglesia el parque Simón Bolívar, sitio de encuentro con los amigos. Darle vueltas es un entretenimiento que se mantiene, es una forma de compartir y charlar de todo...” 

Entre la enumeración de evocaciones, a las que Fabio logra ponerles sabor a melao y olor a manjar blanco decembrino, aparecen otras maravillas que a pesar de estar tan cerca de Cali suenan tan lejanas como si correspondieran a otro planeta:  un pueblo donde la gente se saluda, donde es común que cierren calles para hacer fiestas de cuadra, donde las familias se comparten sus mejores comidas y por eso, en la calle, los platos van de un lado a otro y de mano en mano, siempre condimentados con una razón: “que ahí les manda mi mamᅔ Todo eso,  ahí no más. Del Puente para allá...

 

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