Así es vivir en la polvorería más grande del Valle

Diciembre 13, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas
Así es vivir en la polvorería más grande del Valle

Los Solarte: don Iván, de 63 años, polvorero desde hace 40. Su hijo Iván Arturo, de 37 años y mototaxista entre enero hasta octubre. Y doña Mélida Mora, la suegra de Iván, proveniente de La Unión, Nariño, epicentro de la tradición polvorera en el suroccidente del país.

En Cordobitas, vereda de La Cumbre, está el que las autoridades llaman el mayor expendio ilegal de pólvora de la región. El País conoció su realidad.

“Yo soy hijo de la pólvora, yo nací en la pólvora desde los 6 años… El primer recuerdo en la pólvora es hacer una papeleta; uno aprende viendo, es como jugar fútbol… Yo veía a mi abuelo, mi abuela, las tías, todos trabajaban en eso…”

El dueño de esta voz se llamará Muchacho. Un poco más de 30 años y el pecho desnudo. Día de las Velitas en Cordobitas, la vereda de La Cumbre, Valle, que la vida fue convirtiendo en una polvorería sobre la que germinaron casas. Y familias. En la de Muchacho hubo un accidente cuando él tenía 6 años: culpa de un corto circuito, a su abuelo se le quemó la mercancía que guardaba en una pieza. Aunque haya hecho calor este lunes, andar sin camisa tiene que ver con aquel recuerdo y no con el clima; la experiencia alimentada del dolor de las quemaduras grita que en medio de un fogonazo nadie quiere un trapo derritiéndose encima.

En consecuencia Muchacho solo viste pantaloneta y tenis. Es otra regla. Nadie que trabaje el oficio calzará suelas de un material distinto al plástico para evitar que al rastrillar algún residuo de pólvora regada en el suelo aparezca una chispa; pueden trabajar en chanclas o descalzos si quieren, pero jamás por ejemplo, con unos mocasines para ir a bailar el domingo. Los polvoreros tampoco pueden fumar ni beber porque no es lo mismo un descuido ‘voltiando’ arepas que un despiste envolviendo una culebra de treinta tiros. Pero en un trabajo donde descamisarse ha sido y sigue siendo una de las máximas medidas de seguridad, los accidentes ocurren:

A la vuelta de Muchacho vive el Señor Bigotes. Es pequeño pero ancho y su gordura se exhibe sin pena en una barriga blanca y tensa que le rebosa el pantalón: “Mire, aquí y aquí, y aquí y aquí, y aqu텔 El Señor Bigotes tiene unas manchas que le recorren el torso dándole la vuelta y que a la luz se van juntando en un mapa coincidente con el dolor que describe: “Fue el 6 de diciembre de 1991. Yo estaba templando una mecha y la tenía en el suelo y como eso se trabaja mojado me empecé a fumar un cigarrillo sin saber que la ceniza caía todavía caliente al piso y me prendí todo esto, vea, vea, de la cintura para arriba, ¡¡Vírgen santísima!!, cuando llegué al Hospital Departamental el dolor era tan verraco que le decía a los médicos que me mataran, que no me dejaran as텔 Las quemaduras del Señor Bigotes fueron de una gravedad que él no alcanza a recordar en grados, sino en tiempo de incapacidad. Le dieron un año.

Mientras se recuperaba, cuenta, se la pasó vistiendo un chaleco y una máscara que además de ayudarlo a sanar le permitían salir a la calle a vender las yucas que le regalaban en el cultivo donde antes trabajaba. Así sobrevivió, dice. “¿Porque a un campesino quién le va a pagar incapacidad?” En ese tiempo el Señor Bigotes vivía en Caicedonia; había ido a La Cumbre solo a trabajar en la temporada de diciembre, que es lo mismo que hoy día hacen algunas personas que llegan de Yumbo y tienen familia en la vereda. Su accidente ocurrió exactamente en Pueblo Nuevo, a diez minutos de allí. “Casi ninguno de los que trabajan la pólvora viven solo de esto: yo era campesino y ahora vendo música. Muchacho es moto-taxista por ejemplo. Es que por aquí no hay muchas opciones para conseguir trabajo… Mire la niña, vea…”, dice el hombre señalando a una muchachita que lo ayuda con las ventas antes de llegar a los 20 años de vida.

El papá de Ojos Lindos, que es como se llamará ella, trabaja desde hace rato en una panadería muy conocida en Cali; para poder llegar a tiempo, todos los días el hombre tiene que salir a las cinco de la mañana del pueblo y cuando regresa de vuelta ya está oscuro otra vez. De conseguir un trabajo en la ciudad, con suerte la chica podría tener una rutina parecida. Pero no conoce a nadie ni conoce tanto Cali como para recorrerla buscando empleo, así que en vez de aventurarse prefiere la seguridad que en medio de todo le da vender pólvora y quedarse al menos con unos 200 mil pesos al final de temporada: “Lo otro es irse a trabajar en una finca, recoger habichuela, tomate, pimentón, mora, que es lo que se da por acá, y ganarse 17 mil pesos al final del día…”

Junto a Ojos Lindos, otra chica más o menos de la misma edad. Y otro chico. Todos con el mismo trabajo. La esposa de Muchacho, que el año pasado se graduó en el colegio San Pío X de La Cumbre, dice que de los 26 pelados, más o menos, que terminaron a su lado en la nocturna, si acaso dos estarán empleados, pero porque ya habían conseguido coloca desde antes: “Mi hermana se graduó conmigo y no tiene; una amiga que está en una miscelánea de La Cumbre ya estaba ahí desde antes… Es muy jodido conseguir trabajo en el pueblo… Y seguir estudiando también porque después de terminar el bachillerato no hay nada, acá no hay ni un Sena…”

Los chicos se reúnen en la casa del Señor Bigotes, por esta época un camelladero fijo. Aunque nació en Sevilla, el destino cree él, lo terminó llevando de vuelta a La Cumbre y exactamente hasta Cordobitas. Pudo ser un pálpito: finalmente allí en la vereda, en  2002 explotó el amor y después de dos años de noviazgo empezó a compartir la vida con una buena mujer, madre soltera que levantó tres hijos vendiendo pólvora. 

La mujer, como todos los demás en esta historia y esa casa, tiene nombre y apellido; pero como todos los demás no quiere que sea publicado: el domingo la Policía había pasado recogiendo lo que encontró y ninguno de ellos quiere más problemas; pese a la incautación, en cada lugar donde se vendía pólvora se estaba vendiendo otra vez. Antes de las seis de la tarde de este día de las Velitas había papeletas, volcanes, totes, petacas, voladores, lo que no se llevaron estaba nuevamente exhibido. “¡¿Pero de qué más vamos a vivir, si por acá no hay nada más?!”, preguntaba la mujer del Señor Bigotes. Cuando empezaba a oscurecer en Cordobitas, varios torsos descamisados alcanzaban a verse entre algunas polvorerías habitadas por familias completas.

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[[nid:488830;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/12/polvor-avalle-734.jpg;full;{Fabricación artesanal. En varias casas de La Cumbre se hacen los artículos que en diciembre se queman. De pólvora negra se llenan los tronantes, producto muy popular para llenar años viejos y quemar en las calles de los municipios del Valle. Fotografías: Oswaldo Páez| El País}]]

Cada año es igual. Cuando se registran víctimas en algún lugar del departamento, hay operativos en la vereda, considerada por las autoridades como uno de los mayores expendios de pólvora clandestina en el Valle. Desde el 2001, año en que la fabricación y venta fue declarada ilegal a través de una Ley de la Nación, los registros policiales son infaltables y cada vez menos flexibles. Y en esta oportunidad no serían menores luego del antecedente del 2014, cuando una de las víctimas salió de allí mismo: el 9 de diciembre, Óscar Patricio Gamma Morales falleció en el Hospital Universitario de Cali con quemaduras de tercer grado en el 90% de su cuerpo, luego de que explotara una gran cantidad de mercancía almacenada en la casa del barrio Obreros de Cristo donde se encontraba con su hermano y otro hombre. El barrio está junto a Cordobitas y es una extensión de la vereda.

Los bomberos de La Cumbre, que se encargaron de la emergencia, explicaron aquella vez que el accidente se presentó porque uno de los hombres intentó prender una estufa para cocinar y ahí se produjo la explosión. Alberto Ramos, entonces Coordinador del Consejo Departamental de Gestión del Riesgo, comentó que justo allí se tenía contemplado un allanamiento: “La Alcaldía no obró aiempo, se pudo hacer con antelación para evitar esta tragedia”. Dos días después y en diez casas del barrio, la Policía encontró 400 kilos de pólvora. “Con la manera en la que se almacenaba, todo conllevaba a que  estallase”, dijo el Comandante de la Policía de Cali, Hoover Penilla, precisando que el material que explotó al parecer correspondía a un pedido hecho desde la capital del Valle.

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Esta semana el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de La Cumbre estuvo haciendo un recorrido por los sectores del municipio donde están asentadas las polvorerías.
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