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    Si no le gusta la forma en que lo trata su médico, no deje de leer esto

    Febrero 02, 2017 - 12:00 a.m. Por:
    Paola Guevara | Enviada Especial al Hay Festival
    Si no le gusta la forma en que lo trata su médico, no deje de leer esto

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    Los médicos prodigan cuidado físico, pero tambien deben ocuparse del uso del lenguaje a la hora de hablar con los pacientes y sus familiares.  

    Esa es la primera idea que emerge en la charla entre el neurocientífico y experto en tumores cerebrales Henry Marsh y el escritor colombiano Giuseppe Caputo, en el Teatro Heredia de Cartagena, en el marco del Hay Festival 2017. 

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    “A veces sabes que ese cerebro tiene un daño muy severo y que el paciente no podrá volver a su vida normal”, explica el doctor Marsh, pero señala que muchas veces los doctores no sufren lo suficiente por sus pacientes. “Quizá los más jóvenes no han tenido tanta experiencia en la vida con gente que sufre, y por tanto no logran ponerse en los zapatos del paciente”.

     Dice que la clave de la relación entre médico y paciente está en una suerte de delicado equilibrio: no tratar al paciente como un menor de edad que siembra su esperanza ciega en el médico, como si este fuera Dios todopoderoso, pero tampoco llegar al punto de destrozarle la esperanza a alguien que, por alguna razón, podría ser ese caso excepcional de recuperación.

    En ese equilibrio entre tratar al paciente como un adulto que comprende las implicaciones de una cirugía, y que a la vez se sabe en buenas manos, se le va la vida al médico. Es, en últimas -sostiene Marsh- una labor muy parecida al del novelista de suspenso: “Entras a la sala de cirugía y no sabes el desenlace del thriller, no sabes si al cabo de unas horas el paciente con el tumor  estará vivo, si estará muerto, o si sufrirá daño cerebral”. 

     Por esa misma razón -advierte- deberíamos desterrar la idea del médico idolatrado al que nadie puede cuestionar. “Ese médico que era tenido como un genio tipo Beethoven o Mozart, ese médico Da Vinci al que ningún colega se atrevía a contradecir, está quedando, por fortuna, en el pasado”, dice. Considera que por el bien del paciente, de la medicia y de los mismos doctores, es preferible un sano colegaje donde las decisiones de todos puedan ser debatidas, cuestionadas, y donde las voces críticas no se silencien en función del “gran prestigio” de tal o cual  cirujano. 

     Marsh conoce las dos caras de la moneda. No solo es un cirujano especializado en tumores cerebrales, sino que su propio hijo tuvo un tumor cerebral. Aunque fue una experiencia demoledora,  lo vio como una gran oportunidad: “Me ayudó a entender el sufrimiento del otro”.

    “Por el tumor de mi hijo pude ver desde adentro y desde afuera, al mismo tiempo, la situación, y eso me permitió entender mejor a mis pacientes. Ellos confían en mí. Con ellos hablamos, charlamos, veo la relación con mis pacientes como un enorme privilegio”, dice Marsh.

     Dice que operar al paciente es la parte fácil. “Lo difícil es encontrar el balance entre la ciencia y la compasión”, dice, y asegura que hay médicos que se fían solo en los buenos resultados que dan sus operaciones sin preocuparse en ningún momento por ser buenas personas. “Son los que son una completa mierda como personas pero no les importa, porque el resultado final fue bueno”, dijo ante centenares de asistentes a su carla en el Hay Festival, en la mañana del domingo. 

    Sugiere, como principio rector de la vida médica, recordar el lema: “Trata a tu paciente como te gustaría que te trataran a ti”.

    Polémico como el contenido de su libro ‘Ante todo, no hagas daño’, el doctor Marsh es muy crítico de las tradiciones de su profesión. Una de ellas, es la excesiva pleitesía que se le suele rendir al médico. 

    “La medicina no es un arte. Decir eso es pomposo, presuntuoso. La medicina es un oficio, está más cercana a la labor del plomero que a la labor del artista”, dice.

    Y la razón es que, si el médico se concibe a sí mismo como una súper etrella, tendrá miedo de expresar sus dudas, de reconocer que no sabe qué hacer en ciertas circunstancias, tendrá miedo de pedir una segunda o tercera opinión y, en últimas, el perjudicado será el paciente.

    “Se aprende más del dolor que del placer, por eso cuando algo va mal con el paciente hay que poder discutirlo con los colegas. Muchos médicos, por el contrario, sienten culpa, sienten vergüenza de que su paciente sufra, así que todos salen diciendo: ‘Mi operación fue muy exitosa’”. 

     Invita a no tomar solo en cuenta el dolor físico del paciente, sino el dolor emocional. “El dolor físico es terrible, la gente que es torturada siente que pierde la identidad, pero este tipo de dolor no es para siempre, un día acaba. Por el contrario, el dolor psicológico puede llegar a acompañar a una persona por el resto de sus días”.

    Cuenta el doctor Marsh que creció en en el seno de una famlia cristiana-luterana, y en una cultura donde a los buenos les pasan cosas buenas y a los malos les pasan cosas malas, lo cual se cae de su propio peso cuando a un niño le diagnostican un tumor cerebral. 

    Sobre el asunto de la fe, asegura que los pacientes deben aceptar como adultos que las cosas pueden llegar a salir mal en una cirugía de gran compeljidad, en lugar de confiar como niños en su médico. 

    Pero, al mismo tiempo que el paciente hace su parte para comprender las limitaciones reales del médico, este debe ponerse en el lugar de su paciente y convertirse “en actor teatral”.

    Recurrir a lo teatral, para Marsh, quiere decir que “nada hay más terrible para un paciente que encontrar a su médico nervioso, dubitativo, inseguro, sin saber qué hacer”. Por eso el experto, dice, debe tener un control casi actoral en relación a sus expresiones, reacciones y voz, para transmitir la mayor calma y consuelo posible a su paciente.

    Su libro, ‘Ante todo, no hagas daño’, que se ha convertido en un fenómeno en ventas a nivel mundial, y más que una autobiografía es una confesión brutalmente honesta. 

    El título de la obra  hace referencia al mandamiento hipocrático de no hacer daño. Concluye Marsh, sin embargo, que en la vida solo hay dos cosas  seguras: “La muerte y los impuestos”.   

     

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