"Una paz sin el ELN es como una mesa coja", dice exsecuestrado Ramón Cabrales

Marzo 30, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co | AFP.

Ramón José Cabrales, el funcionario público liberado por el ELN.

El último rehén liberado por el ELN contó los angustiosos momentos que vivió durante su cautiverio. En diciembre, cuando perdió la esperanza de su liberación pidió a la guerrilla que lo mataran.

"Una paz sin el ELN es como una mesa coja", dijo el último rehén liberado por esa guerrilla, horas antes de que el gobierno de Colombia y el grupo rebelde anunciaran este miércoles el inicio de un proceso para terminar medio siglo de violencia.

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Ramón José Cabrales, el funcionario público liberado el miércoles pasado por el ELN en el noreste del país, habló con la AFP antes de ingresar a un hospital en Bogotá para saber qué secuelas le dejaron los 203 días de cautiverio.

"Si (mi liberación) era el obstáculo, pues hombre, ¡ya no lo hay! Pero que se sienten de una vez", dijo el consejero de la gobernación del Norte de Santander que cumplió 40 años mientras estaba en poder de la guerrilla. Lea también: "El secuestro es un crimen asqueroso que lacera el alma": Ramón Cabrales.

La entrega de Cabrales, tras casi siete meses retenido en la selvática región del Catatumbo, fronteriza con Venezuela, era una condición impuesta por el presidente Juan Manuel Santos para instalar una mesa formal de pláticas de paz con el ELN, como las que avanzan desde hace tres años en Cuba con las Farc.

Cabrales veía muy lejos la posibilidad de quedar libre, pero ni pensaba en escapar. "Hubiera sido muy difícil salir con vida", admitió. 

Desde el 14 de diciembre estuvo encadenado. Y en Navidad perdió la esperanza. "'¡Mátenme!', les decía '¡estoy cansado, mátenme!'", contó.

El secuestro ha sido una importante fuente de financiación para los grupos armados ilegales que actuaron en Colombia en las últimas cinco décadas. Según el Centro de Memoria Histórica, hubo más de 27.000 entre 1970 y 2010. 

A Cabrales se lo llevaron hombres armados la tarde del 3 de septiembre de 2015, cuando regresaba con su padre de recoger limones en una casa de campo, cerca de la ciudad de Ocaña, en Norte de Santander, donde vive su familia. No le vendaron los ojos, pero los caminos se hacían cada vez más estrechos y, con la noche, se desorientó. 

Pagar por la libertad

Tampoco pudo ubicar el lugar donde por fin abrazó a su esposa el miércoles pasado, pero allí estaba ella, acompañada de uno de sus dos "ángeles anónimos", sacerdotes párrocos de la zona que la ayudaron a negociar la liberación con el grupo rebelde.

"Me habían dicho que llegaba un miembro de mi familia, pero no sabía que era Meliza. Fue muy valiente", afirmó con una sonrisa que le achicó los ojos, también el derecho, donde lleva una prótesis desde los 15 años. 

"Yo olía horrible. Me preguntaron '¿usted no se va a cambiar? Nosotros le tenemos ropa nueva. Yo les dije que no (...) agarré mi ropa vieja (...) me quedaba enorme", exclamó señalando su cuerpo tras haber perdido 24 kilos.

Cabrales ha sabido ahora que su mujer Meliza Castro se reunió cinco veces con un comandante del ELN que, escoltado por una docena de armados, le ofrecía jugo y almuerzo mientras le exigía millones por la liberación de su marido.

"En el último encuentro bajó la suma. Pedían 4.000 millones (de pesos, 1,3 millones de dólares), algo impagable para una familia como nosotros, pero al principio nos llegaron a pedir 10.000 (millones de pesos, 3,3 millones de dólares)", recordó la esposa de Cabrales, sin revelar cuánto se desembolsó finalmente. 

"Si tu me preguntas si esto fue un gesto político de parte del ELN, yo tengo mis reservas, porque si bien puede ser un gesto, pues finalmente estoy fuera, pero hubo un componente económico", dijo Cabrales, para quien "sin lugar a dudas" ayudó a bajar el monto la presión del gobierno, que el martes dijo haber insistido en que la entrega no estuviera mediada por dinero.

El funcionario contó que su familia incluso quedó debiendo una parte a los rebeldes. "No lo tome como una amenaza, pero nos desagradaría mucho que usted no viniera a dar la cara", aseguró que le dijeron. "Por eso también me vine a Bogotá", añadió.

Y porque en la capital hay mejores condiciones para superar las heridas que le dejaron las cadenas. "Puedes estar amarrado a un árbol o a una cama, pero encadenado es encadenado", afirmó, tocándose la cabeza como diciendo que el dolor le quedó ahí.  

"No sé qué va a ser de mi vida a partir de ahora", suspiró. 

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