Opinión: el país que no quise para mis hijos

Junio 24, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Andrés Felipe Álvarez, especial para El País*

Colombia es el país que no quería para mis hijos, porque no quería ni quiero hijos. Pero es el país que quiero para mí, para usted, para mis sobrinos y para sus hijos.

Cada vez tengo menos recuerdos de mi vida junto a mi papá biológico, pero en mi memoria hoy revive la vez cuando siendo muy niños nos llevó a mi hermano y a mí una finca en Darién, cerca al Lago Calima, en el Valle del Cauca.

La memoria solo me alcanza para recordar que en ese lugar había muchas gallinas, que la gente donde nos quedamos era humilde, muy amable, y que en las noches esperaban muy ansiosos frente al televisor el anuncio del cartel de toreros de la Feria de Cali.

Había tanto entusiasmo en esos encuentros como si aguardaran el pitazo inicial de la final de un mundial jugada por la selección Colombia. Recuerdo también, vagamente, que esos días mi hermano y yo jugábamos muy felices con un niño de nuestra edad.

La memoria también me alcanza para recordar el día en que mi papá me contó, poquito tiempo después del paseo, que la guerrilla se entró a la finca, que los mató a todos, y que el niño con el que jugábamos se salvó por esconderse bajo una cama bajita.

Luego, un poquito mayor, tuve otro papá y una casa nueva, propia. Una noche, cuando la casa nueva olía aún a pintura fresca, una alborada con mucha pólvora me despertó asustado.

Salté de la cama pensando que la guerrilla se había tomado a Palmira, que los estallidos que se escuchaban eran cilindros bombas y que, si corríamos con la suerte de salir vivos, tendríamos que dejar nuestra ciudad y huir hacia algún lugar. Cuando salí a la calle vi los fuegos artificiales que estallaban rojos, amarillos y verdes en una noche de luces promovida por la empresa de energía local.

No viví en el campo, nunca me sentí amenazado y jamás tuve un fusil apuntando a mi cabeza. Pero esa instintiva reacción infantil vino trasmitida desde el útero de mi madre patria. Soy colombiano y nací cuando la guerra en mi país tenía dos décadas de edad.

Los colombianos de las últimas tres generaciones nacimos con un marcapasos que regula el bombeo de miedo en sístole y venganza en diástole. Horrible es reconocer que no sabemos lo que es vivir en un país sin guerra.

Antes de finalizar Comunicación Social en Univalle empecé mi práctica profesional en este periódico. Una mañana de junio de 2007 mi mamá me despertó muy temprano y lo primero que me dijo fue: “Andre, levántate que mataron a todos los diputados y seguro te necesitan en el periódico”.

Los días siguientes asistí a marchas en las que vi a todo un pueblo, a mi pueblo, convulsionar de dolor y repudio. Vi a familias llorar. Entrevisté a viudas y huérfanos. Transcribí las últimas pruebas de supervivencia de aquellos que ya no vivían.

En ese momento era mi trabajo el que me enrostraba el dolor al que me tendría que enfrentar los años venideros en la profesión que escogí para ganarme la vida.

Como reportero pude ver las venas abiertas por las que se desangró mi país. Llegué a pueblos destruidos, asistí a sepelios masivos y escuché los estallidos de las metrallas en las montañas. Nunca tuve esperanza de que tal situación cambiara y esa Colombia no era el país que quería para mis hijos.

¿Cómo explicarle a un nuevo ser humano el hecho de traerlo a semejante matadero? ¿Por qué hacerlo? Esa, entre otras, fue una de las causas por las que decidí ser un padre responsable, pasar por un quirófano de Profamilia y tras 15 minutos de vasectomía eliminar la posibilidad de reproducirme.

Colombia es el país que no quería para mis hijos, porque no quería ni quiero hijos. Pero es el país que quiero para mí, para usted, para mis sobrinos y para sus hijos. Hoy me alegra reconocerme equivocado cuando aseguraba que no iba a estar vivo para ver este país sin guerra.

Este 23 de junio de 2016 me siento feliz de imaginar en paz a esta tierra maravillosa, repleta de gente buena en cada rincón, de paraísos naturales y desbordada en recursos que bien administrados nos pueden garantizar la calidad de vida que nos merecemos por haber aguantado más de cinco décadas de violencia.

Desde hoy este no es más ante el mundo el país de las Farc. Ya tampoco es el de Pablo Escobar. Sus hijos y nietos van a saber del país de Nairo y de Fernando Botero, el del Parque Tayrona y Caño Cristales. El de Mompox, Villa de Leyva y Barichara. El de los ritmos, los colores y los sabores. El de páramos, playas y desiertos. El de los wayuu y los kogui. El suyo, el mío y el de todos.

Me alegró escuchar aquello de que “este acuerdo no es el punto de llegada sino el punto de partida”. Porque es aquí donde todos debemos empezar a crear la nueva Colombia, cruzar juntos la puerta inmensa que hoy se abrió. Luchar por esa Colombia donde se pueda competir con ideas y los argumentos manden.

Un país donde sus hijos no se maten en la selva, ni en las calles por un celular, ni en los estadios, ni en ninguna parte. Donde sus hijos, sí, los suyos, puedan andar por las calles sin temor a ser asaltados por un camión lleno de soldados que se lo lleven a un batallón para colgarle un fusil contra su voluntad. Donde los hijos de los campesinos hereden la tierra bajo las uñas como lo hicieron sus padres, o elijan irse a las ciudades a llenar las aulas de clase en las universidades y no los semáforos. O montarse a una bicicleta para ganarse el Giro de Italia y no perder las piernas en una mina quiebra patas. O lo que quieran, simplemente ejercer su libertad de hacer lo que quieran para luego morir de viejos en lugar de abandonar este mundo en una bolsa como falso positivo.

La paz somos todos. No es un documento firmado, es una actitud, una manera de comunicarnos, un tesoro común. Ya se puso la primera piedra para que esta tierra privilegiada, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir en ella. Sobre ella debemos edificar la paz que hoy se firmó en planos.

Tal vez no vivamos para ver este paraíso sin violencia, pero esta puerta abierta solo podemos cruzarla juntos. Y no importa su ideología, su partido político ni su posición ante lo sucedido en este día histórico. De todo corazón le deseo, estimado lector, que la paz sea con usted, con los suyos y con todos. Se lo merece. Lo merecemos.

(* Periodista y director del proyecto digital 'Renunciamosyviajamos.com')

Visite aquí la página de Renunciamos y Viajamos

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad