PROCESO DE PAZ
Hoy:

    Elena Hinestroza, la cantadora de la paz

    Junio 19, 2017 - 10:45 a.m. Por:
    Paola Andrea Gómez P. / Jefe de Redacción de El País
    Elena Hinestroza Venté

    Elena Hinestroza Venté dejó atrás su rol de víctima y encontró en la música una manera de sembrar paz, de reconciliarse con la vida, de repararse. Relato a ritmo de marimba y guasá.

    Oswaldo Páez / El País

    Se han visto muchas mujeres
    que transitan la ciudad,
    Paz para Colombia,
    Colombia quiere la paz.
    Porque nada supera la vida
    y la libertad,
    Paz para Colombia,
    Colombia quiere la paz.


    El guasá acompaña la voz dulce de la cantadora. También la afinada marimba de su hijo. Y las voces de un coro de mujeres, vestidas con túnicas y turbantes. Hay algo más que una canción en esas líneas, en ese ensayo. Hay una historia de vida, un mensaje de reconciliación.
     
    Es domingo en la tarde, en una terraza del barrio Los Lagos, del Distrito de Aguablanca en Cali. Ahí, en ese espacio de cemento limpio, con vista panorámica al oriente caleño, a kilómetros de su Timbiquí natal late fuerte el corazón de una mujer que encontró en la música, en su cultura negra, la mejor forma de repararse, tras sufrir las más duras formas de violencia y la embestida de una guerra que la expulsó de su tierra. 

    Su nombre es Elena Hinestroza Venté, pero bien podríamos llamarle Elena, la Cantadora de la Paz, porque toda ella, desde su sonrisa hasta su indumentaria, es una expresión auténtica de lo que es vivir en paz.

    Esta es la historia de la directora de Integración Pacífica (su agrupación), de la artista ya reconocida en Cali por su fuerza escénica, por su carisma; de la líder que estudia políticas públicas de Mujer en la Casa del Chontaduro; de la asistente juiciosa a todas las iniciativas de mujeres que sufrieron el conflicto.

    Y es también la historia de la mamá de nueve hijos, que de niña aprendió a leer en medio de las rejillas de una clase que le fue negada y a componer en la soledad de su infancia. De la mujer valiente que nunca, a pesar de tanto, ha perdido la sonrisa y la capacidad de soñar:

    Elena Hinestroza Venté dejó atrás su rol de víctima y encontró en la música una manera de sembrar paz, de reconciliarse con la vida, de repararse. Relato a ritmo de marimba y guasá.

    Música para sanar

    “Si me preguntan quién es Elena Hinestroza diré que es una mujer que difícilmente dice no puedo y que entre más dura es la situación, más despejado ve el camino.

    Vengo de de Timbiquí, Cauca. Y llegué a Cali en 2008. Cuando me tocó salir de mi tierra, pensé: ‘Dejo lo que tengo: mi terreno, mi casa, mis animales, todo lo que hago, pero lo que soy se viene conmigo’. Y a donde llegue debo llegar siendo Elena, la señora del Pacífico, y mis raíces no se pueden morir. Porque mi cultura es mi reparación, es lo que me sana. Yo cuando siento algo, me subo acá, a mi terraza, y empiezo a componer sobre esas cosas duras que nos pasan como mujeres, esa violencia de género... Entonces lo que hago es escribir canciones. No guardo rencor. En mi corazón lo que cabe es la alegría, el amor.

    Siempre he sido así, desde niña. En Timbiquí yo tenía mi agrupación y una organización de mujeres. No pude seguir con ella, porque cuando se defiende el medio ambiente y el territorio todo se vuelve muy difícil.
    Tuve que salir. Y cuando me vine a Cali mis compañeras me mandaban cartas, porque allá uno se comunica es con cartas. En ellas me decían: ‘Elena, supe que allá estás haciendo lo mismo que acá, te felicitamos. Nosotras seguimos en un yugo. Y nos dicen que allá eres esa mujer libre de siempre’.

    “La paz es lo más bonito del ser humano. Cuando usted está en
    paz, encuentra solución a todos los problemas. Pero cuando no, todo se le vuelve un problema”

    En mi niñez tuve una crianza dura. Mi mamá no era la esposa de mi papá. No hubo estudio para mí, porque yo era una entenada (un hijo que no es del matrimonio). Papá tenía dos hijos con la esposa y tres por fuera. Los hijos de su esposa sí estudiaron, pero los otros nos quedamos así...

    Yo aprendí a leer con una profesora de la comunidad, en las escuelitas de madera que hacían los padres de familia y allí mismo vivían las maestras. Tenía 7 años y me decían que era muy pequeña para aprender a leer. Pero me empeñé en hacerlo. Me ponía a lavar los platos, a tender la cama de la maestra y en los raticos por la reja de madera veía el tablero y aprendía poco a poco. Entonces escuchaba que decían ‘la p con la a es pa’. Y yo repetía.

    Un día, a la profesora Ana Julia le causó admiración ver que cogí un libro de tercero y empecé a leer de corrido y me dijo: ‘Pero si los niños que están sentados en clase no han aprendido, ¿cómo es que tú sí, viendo por entre la reja?’.

    Desde pequeña componía. Mi papá era el único que tenía un radio grande en el pueblo. Y yo recomponía las estrofas con las melodías que escuchaba. A mi mamá Eloisa (la adoptiva) cuando me regañaba le contestaba con una cancioncita que ella siempre susurraba”.
     
                                                            ***
    -Mirá, mirá gabancito, mirá que te están tirando pólvora y municiones, te quedás caspaleteando.
    Este bendito gabán me tiene tan aburrida, me tiene tan aburrida,
    me tiene tan aburrida.
    A este bendito gabán le voy a quebrar los huevos, le voy a quebrar los huevos, le voy a dañar el nido...

                                                            ***

    “Yo cantaba para tranquilizarme. Era mi método para sanar desde pequeñita. Los viernes culturales en la escuela, las maestras me pedían que cantara y así fui creciendo. Y me soñaba en un escenario, siendo la gran artista, cantando lo mío…

    Hice hasta quinto de primaria. Y cuando tuve la edad de 13 años se murió mi papá en septiembre y en octubre murió mi mamá. Me quedé sola. A los diez años ya había empezado a andar el pueblo, cuando me fui de la casa de mi madrastra. Me quedaba donde las maestras.

    La cantadora de la paz Elena Hinestroza  Venté

    Ana Judith Gamboa, Zoranlli Cuero Hinestroza, Elena, María Elvira Solís y Alicia Arrechea hacen parte de Integración Pacífica, agrupación de música del Pacífico.

    Oswaldo Páez / El País

    Luego tuve la violación. Eso pasó cuando me quedé en una casa donde me mandaban a llevar almuerzos. Un día me encargaron llevarle uno a un señor que en esa época era el Alcalde del pueblo. Él me encerró en la pieza y me violó. Yo gritaba y gritaba y no hubo nadie que me sacara de esa pieza...

    Yo tuve violación porque no me prestaron atención. Eso me marcó. Empecé a sentirme mal. Le cogí tanto miedo a ese señor... Cuando lo veía corría y me escondía. Pero no le dije a nadie. Lo odiaba solita.
    Luego tuve muchos otros intentos de violación. Me tocó aprender a defenderme. A los 15 años tuve mi primer hijo, de una relación consentida. El papá no fue muy responsable, entonces me fui a vivir a la casa de una hermana en Santa María de Timbiquí.

    Allá ‘me conseguí’ con un muchacho, José Domingo Cuero y me enamoré. Con él tengo ocho hijos. Vivimos en ese lugar casi 30 años, desde que yo tenía 17. Era una vida chévere. Era un hombre que no tenía dinero pero sí era muy trabajador. Nunca recibí mala vida.

    Y yo le dije ‘me gusta la música, la vida social, me gusta ser líder, me gusta la política’, todas esas cosas que tengan que ver con la sociedad.
    Él me apoyó. Hemos tenido tiempos buenos y malos. Él tuvo dos familias. Allá en el pueblo es normal que los hombres tengan varias familias. Pero no me maltrató. Soy una mujer que siempre he asumido los problemas buscando la manera de ser feliz. Ellos se turnan un día aquí y mañana con la otra. Ya está viejo y solo está conmigo. Pero allá los hombres son así. Es una cultura del hombre negro. Para ellos la mujer no tiene sentimientos. Uno sabe que no es así, pero se vive esa vida buscando cómo estar tranquila”.

    ¿Por qué me voy?

    -Por qué me voy,
    por qué me vooooy.
    Por qué me voy, adiós pueeeees.
    Como late el reloj,
    acelerando el tiempo,
    latió mi corazón una mañana,
    la cual me tocó abandonar mi tierra,
    que nunca pensé que abandonaba.


    “De mi tierra salí en marzo del 2008. Como era líder comunal me dejaban la lancha para que la alquilara. Luego de un enfrentamiento, llegaron de un grupo (ELN) a pedirme que la prestara. Como les dije que no podía, empezaron a decirme sapa.

    En Timbiquí siempre han estado todos los grupos; entran unos salen otros, a veces uno no sabe ni quiénes son porque andan de civil. Si no hay problemas de mala disciplina, no se meten con la comunidad.

    Ellos eran los jefes del pueblo, los que decían cómo se vive. Si no hay presencia del Estado y solo está ese grupo, la comunidad vive normal, pero cuando ya se mete el Estado ahí hay choque. Allá lo bueno fue que no hubo algo como lo que pasó en Bojayá (la masacre ocasionada el 2 de mayo de 2002, tras el estallido de una pipeta en la iglesia, en una disputa entre Farc y paramilitares).

    Era tan de buenas el pueblo que cuando estaban unos, los otros salían. Los enfrentamientos eran con el Estado y ahí sí fue la cosa muy dura; la gente salía huyendo de madrugada, en lanchas por el río.

    Un día me dijeron que me tenía que ir, que recogiera, en menos de 24 horas. Ellos le escriben a uno en la pared de la casa que se tiene que ir, que desaloje por sapa. Salí de Santa María hacia la cabecera municipal, con mis hijos más pequeños. Mis compañeras me decían: ‘Elena no te vas, la organización está bien’. Contratábamos con el Estado, pagaban el mínimo y con eso comprábamos madera para las casitas, y se techaban las que se estaban cayendo; teníamos un trabajo muy bonito. Pero me tuve que ir para salvar mi vida.

    A Cali llegué al asentamiento de Comuneros 2, porque me dijeron que allí había mucho paisano. Luego me trajeron los hijos e hicimos un ranchito. Cuando crecía el caño, nos mojaba hasta las camas. Era muy duro. Vendía mis chontaduros afuera de la Clínica Rafael Uribe Uribe.
    Una vez tuve que volver a Timbiquí, cuando me llamó un hermano porque teníamos unos terrenos allá, que heredamos de nuestros abuelos esclavos. En esos terrenos había oro, para minería. Y estaban a punto de quitárnoslos, fue muy duro tener que salir de nuevo amenazada.

    ‘Elena, duerma y despierte siempre’, me decía la gente. A un sobrino se lo llevaron, lo amarraron y nunca apareció. Y nos dijeron a los demás que si queríamos que nos pasara lo mismo. Mi hermano pudo recuperar algo de las tierras y con lo que me tocó compré esta casa en la que estamos hace cuatro años. Mi hermano, después de tanto bregar con ellos, se murió viniendo de allá”.

    ‘Por qué me voy’ es la canción que escribí para relatar esa salida de mi tierra, desplazada dos veces; es la manera de repararme… Es una canción y un poema a la vez. Se pregona a ritmo de currulao y con la marimba de fondo:

    -Cogí mi maletica bajo el brazo
    y empecé a caminar sin rumbo fijo,
    sentí el corazón hecho pedazos.
    Empecé a caminar sin rumbo fijo,
    sin saber a dónde ir y en dónde estaba
    Me paré a descansar en una esquina,
    recordando ese ambiente que
    extrañaba.

    Paz para Colombia


    Es jueves al mediodía, en la terraza de Los Lagos, el cuarto piso de la casa de los Cuero Hinestroza. Elena reabre los recuerdos para entender el camino que ha recorrido. Mientras relata su historia, se cuelan los sonidos callejeros, de los vendedores que con megáfono en mano promocionan sus productos; los de los aviones que pasan bajito por esa zona, rumbo a la Base Aérea y los de la marimba que su hijo, José Domingo ensaya en el primer nivel:

    “Esta terraza es mi reparación. Cuando conseguimos la casa pensé, ‘tengo que hacer el lugar donde ensaye para sentirme bien’. Esto es para la música del Pacífico; le puse piedras porque me siento en la playa, y sembré las matas porque así me siento en la naturaleza.

    Siempre he dicho que al que le van a dar le guardan. Llegué a Cali mirando para todos lados y le decía a todo mundo que quería montar mi agrupación. Y me empezaron a invitar los líderes del asentamiento. Un día dejé de ir a vender mi fruta porque iba el caza talentos a vernos y empecé a cantar con un palito que era como el guasá. Los señores nos vieron cantando y dijeron ‘claro, aquí hay’. Éramos todos del Naya, Nariño, Timbiquí, Guapí. Era una verdadera Integración Pacífica.

    Yo sentía que ganaba mucho, la tranquilidad, era feliz con eso. Hubo un momento en que muchos se empezaron a ir del asentamiento. Como una oleada de gente que salió para Chile (Antofagasta, a donde se fueron decenas de colombianos del Pacífico a probar suerte a inicios de esta década) y el grupo se iba desarmando. Pero lo volvíamos a levantar. Para mí la música también ha sido la bendición de mi familia, así los tuve ausentes de tantas cosas malas. Muchos niños que crecieron con los míos en el asentamiento están muertos o en la cárcel.

    Mi hijo que me traje de 7 años fue cogiendo la pasión por la marimba y la guitarra. Algunas de mis hijas trabajan en casas de familia, hay dos en la universidad, aunque el semestre pasado no hubo cómo matricularlas; más adelante seguro se podrá. La más pequeñita (está en séptimo y esta semana hizo bandera). Y chévere como vivimos, es muy bonito porque hay disciplina.

    Hoy amanecimos sin un peso para el almuerzo. Pero fíjese, al que toca la marimba le habían dado un contrato para que tocará en la recepción de unos hoteles y justo esta mañana le pagaron cien mil pesos.

    Aquí también encontré la manera de continuar con mi liderazgo de mujer. Hice dos semestres de escuela política para mujeres en la Casa de Cultura El Chontaduro; a ellos desde Suecia les proyectan los recursos. Nos enseñan los derechos de las mujeres, la resistencia, la reexistencia… Hay muchas mujeres.

    También estoy en la mesa municipal de víctimas, un proyecto de Memoria Histórica con Tical Producciones, donde haremos un performance para mostrar lo que vivimos. Y en ‘Telares para la paz’, que es algo que nos viene por herencia. Como nuestras abuelas hacían colchas, nosotras tejemos un telar, como símbolo de que se van tejiendo relaciones con las reinsertadas, para estar todas unidas. Vamos a ser esas mujeres sin adjetivos de víctimas o reinsertadas; somos mujeres en pos de lucha, mujeres que buscan un mundo diferente.

    Es que todos somos hermanos, ¿por qué tenemos que pelear?
    Hay que hacer borrón y cuenta nueva. Si digo que no quiero que haya paz, quiero que sigan cayendo inocentes. Por eso yo sí quiero que haya paz. Colombia quiere la paz. Y la paz tiene que empezar por mí. Yo soy la primera que siento paz en mi corazón y luego salgo a decirle a las otras personas paz.

    ‘Paz para Colombia’ es la canción que queremos llevar a Petronio, a ver si podemos contar que la música es reconciliación. Decirle a la gente que se puede, que si el Estado no nos da también podemos levantar la cara; que si salimos de allá no tenemos por qué venir acá a tirarnos a un andén. Eso es lo que he querido hacer, que me oigan en el Petronio (el festival de música del Pacífico).

    Por eso seguiremos con la música, porque la música es reparación. Cuando me concentro en componer, en cantar, yo voy limpiando. Siempre llego a esa conclusión, decir que sí se puede. Es importante perdonar para uno ser perdonado. Siento que el viento se lleva mis penas y el odio y queda lo más lindo en mi corazón. Solo el día que me muera dejo de cantar”.

    -Muchas mujeres que sufren
    de ver sus hijos llorar,
    paz para Colombia,
    Colombia quiere la paz.
    Cogiditas de las manos
    lo vamos a superar,
    paz para Colombia,
    Colombia quiere la paz.
    Qué quiere Colombia, ay, quiere la paz
    Colombia la paz, ay quiere la paz
    Colombia la paz, ay quiere la paz…

    Unidos por una nueva historia

    Este artículo se realizó en el marco de la beca '200 años
    en paz, storytelling para el posconflicto', apoyada por
    la Escuela de Periodismo de El Tiempo, la Embajada de Suecia, la USAID, la OIM y la Universidad de La Sabana. 

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