El exguerrillero más pequeño de las Farc que busca ser más grande que la guerra

El exguerrillero más pequeño de las Farc que busca ser más grande que la guerra

Marzo 19, 2018 - 09:28 a.m. Por:
Valentina Echeverry Segura / Reportera de El País
Wilson Salazar, exguerrillero de las Farc

En las Farc, Wilson Salazar, con 1.39 centímetros de estatura, aprendió que más vale ser feliz que ser poderoso.

Cortesía Andrés Sanín / Los Informantes

En medio de la guerra, el sonido de las balas y el conflicto entre grupos armados, Wilson Salazar Sánchez solo pensaba en ir a estudiar y en dedicarle tiempo a ‘Estrella’, su caballo favorito. Pero esa plenitud solo le duró hasta los 11 años.

Wilson es un hombre de talla baja, piel trigueña y cabello liso, a quien en ocasiones se le ve de bufanda y botas. Su sonrisa es esa característica que siempre lo acompaña.

Él, sus padres y sus tres hermanos vivían en la Herrera, un corregimiento de Rioblanco, sur del Tolima. La infancia de Wilson era como la de cualquier niño que vivía en el campo. Le fascinaba estudiar y montar a caballo. Con 1.39 centímetros de estatura demostraba que para ser grande no había limitaciones físicas.

A cualquier persona que llegara a la finca de sus padres se le brindaba un bocado de comida. Podía ser guerrillero, paramilitar o soldado. Eso no importaba.

Sin embargo, a los 11 años se abrió un ‘paréntesis’ en la vida de Wilson. “Los paramilitares decapitaron a mi padre y me lo mandaron picado en una bolsa a mi casa. Nadie dijo nada. Mi familia era tan humilde, que si a ellos les pegaban una palmada en la cara, volteaban la mejilla para que les pegaran en la otra”, recuerda.

Fue ahí, en ese ‘paréntesis’ del 2001, cuando decidió volverse guerrillero y entró a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc. Su mentalidad se centraba en vengarse de quienes habían cometido ese atroz crimen. Solamente en eso.

Su vida tomó otro rumbo días después. Salió de su colegio y se dirigió a un campamento para solicitar su integración a las Farc.

- “Vengo a entrar a la guerrilla” - fue lo primero que le dijo al comandante que estaba ahí cuando llegó.

El hombre, entre risas, le respondió:

- ¿Está loco?, usted es un niño, no tiene ni 15 años.

- Sí, pero acaban de matar a mi papá y quiero vengarme de todos esos hijueputas - le dijo Wilson.

El comandante, al verlo con tanta rabia y desesperación, lo dejó entrar.

Wilson Salazar, exguerrillero de las Farc

Wilson siempre ha sido amante de los caballos.

Cortesía Andrés Sanín / Los Informantes

Wilson ingresó a la Teófilo Forero, una de las columnas más violentas de las Farc. Lo hizo para batallar. Para luchar. Pero sobre todo, para vengar la muerte de su papá.

Sus primeros días no fueron fáciles. Le tocaba hacer aseo, estudiar en la mañana y asistir a charlas. No lo hacía porque le gustara, sino porque sentía rencor de saber que le habían quitado lo más preciado de su vida.

Las marchas para él fueron de las cosas más difíciles dentro del campo. “Caminábamos hasta 15 horas en la noche, yo no tenía la misma fuerza que los demás, pero eso me daba más entusiasmo para ser el mejor”, dice.

Uno de sus sueños era conocer al ‘Mono Jojoy’ y lo logró. Un día fue entrevistado por él en San Vicente del Caguán y lo primero que le dijo cuando se le acercó fue “camarada, yo quiero ser como usted” y el ‘Mono’ le respondió: “No Wilson, usted no va a ser como yo, usted será mejor que yo”.

Precisamente, ese era su objetivo: ser el mejor de todos. Hizo un curso de Fuerzas Especiales, donde ocupó el cuarto puesto entre 400 hombres. Luego empezó a compartir las ideologías de las Farc y, su objetivo de venganza, por el que tanto luchó, lo empezó a dejar a un lado.

Alias Brayan Rondón, como empezó a reconocerse, se volvió comandante de una columna de la Teófilo Forero de las Farc, con solo 15 años.

“120 hombres llegaron a estar al mando mío. Mi Columna era muy pesada. Cuando nosotros estábamos en el monte ni los helicópteros se veían, porque cargábamos armas aéreas muy potentes. Me acuerdo cuando escuchaba que la gente decía ‘en la juega que por acá está el enano. Con ese sí toca pelear’, sin embargo, yo nunca me dejaba ver de nadie”, cuenta Wilson.

Su Columna siempre se movilizaba de noche. Es por eso que fue imposible revelar esa imagen invisible que Wilson había creado a su paso por las Farc. “En varios papeles que pegaban para buscarme pintaban un enano horrible con una barba larga. A mí me daba risa, porque yo soy indio y ni barba me sale”, dice entre carcajadas.

Aunque por Wilson llegaron a ofrecer una recompensa de hasta $90 millones, su lucha siempre iba acompañada de miedo. Miedo a perder su vida y a no poder ver nunca más a su familia. “En los combates, tiros van y tiros vienen. Uno nunca mira a su oponente. Pararse detrás de una cortina es una incertidumbre de no saber qué puede pasar”, expresa.

Temía por su vida luego de que olía la pólvora y escuchaba el primer tiro, pero siempre se entregaba a Dios y le agradecía por estar vivo.

Wilson nunca dejó de saber de su familia. Se daba cuenta cuando sus hermanos se casaban o compraban algún terreno, por ejemplo. No quería que se repitiera la historia de su papá. Y pese a estar tan lejos, pero tan cerca al mismo tiempo, su familia siempre creyó que él estaba muerto.

Un día común y corriente, hace 11 años, Wilson cometió un grave error. Error visto desde los ojos de los guerrilleros, ya que para él ese pecado se había convertido en una bendición. Un hijo suyo venía en camino.

“Tener un hijo estaba prohibido en el reglamento. Tuve una sanción fuerte. Responder por mi hija me costó por lo menos mil viajes de leña”, relata.

Esa ‘luz’ que venía en camino fue la misma que lo iluminó para comenzar a ver la guerra de una forma diferente. Empezó a darse cuenta de que nada era justo, que no quería seguir en el mismo camino. “La guerra no trae nada bueno, finalmente uno se va a morir y nada se va a llevar”, afirma.

Salirse de las Farc fue una decisión que pensó durante dos años. Aunque nunca pudo cobrar venganza, su único interés era dejar las armas y criar al nuevo ser que venía en camino.

Su salida no fue fácil; hasta ofrecieron dinero para que lo asesinaran. Los que antes eran sus compañeros de batalla, ahora eran sus enemigos. Y la organización a la que por 13 años había servido, ahora estaba en su contra. Sin embargo, no tuvo que huir, su decisión fue respetada y nunca corrió peligro.

El 7 de julio del 2014, día en que se desmovilizó, logró verse con su madre y sus hermanos. Fue un encuentro muy emotivo, según relata. “Realmente volver a ver a alguien que creías muerto es maravilloso. Eso era lo más lindo que me tenía la vida preparado”.

Wilson incluso se dio cuenta que su hermano pertenecía al Ejército y que muchas veces tuvo que darse ‘plomo’ con su misma familia sin saberlo.

Duró cuatro meses en un hogar de paso de Bucaramanga y se dedicó a terminar su bachillerato. Para él era como volver a su pasado, el que tanto anheló, el que tanto quiso.

Luego, y aún sin saber qué era una hoja de vida, decidió buscar un trabajo. Entró a cuidar animales en una granja durante casi un año.
Después estudió un programa técnico y uno tecnológico, en el parque agropecuario Panaca, ubicado en Quimbaya, Quindío.

Ahí, en ese último lugar, le ofrecieron trabajar en una obra de teatro con caballos. Tal vez esa era la única forma de recordar a ‘Estrella’, su caballo favorito de la infancia.

Wilson siempre quiso ser el mejor, en su niñez, en la guerra y ahora también como desmovilizado. Por eso, demostró que tenía dotes para la actuación y, por fortuna, conoció en Panaca al director de cine Alejandro Landes, quien le abrió sus puertas.

Ahora Wilson vive en Ibagué, tiene 26 años, una hija que viene en camino y otra de 11 años. Es actor de la película ‘Monos’, una cinta dirigida por Landes, que cuenta la historia de ocho adolescentes que hacen parte de un ejército rebelde y cuya misión es cuidar de una extranjera secuestrada en medio de la nada.

“Quiero demostrarle a la sociedad que uno puede hacer la diferencia. Todos los seres humanos cometemos un error, pero merecemos una segunda oportunidad. Cambiar es amarse a uno mismo. No me arrepiento de nada, siento que he ganado mucho”, dice Wilson entre lágrimas.

Cuatro años después de haberse desmovilizado, espera seguir dando pasos firmes, de gigante, y que sea la actuación el camino correcto para liberarse de todo lo que alguna vez vivió en el monte. Porque entendió que es mejor ser pequeño de estatura, pero grande de corazón.

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