Adaptarse a la paz es el anhelo del Cauca, un pueblo acostumbrado a la guerra

Junio 26, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Jessica Villamil Muñoz | Reportera de El País
Adaptarse a la paz es el anhelo del Cauca, un pueblo acostumbrado a la guerra

En Caldono y otros territorios marcados por el conflicto se enciende una luz de esperanza con el anuncio de que serán zonas de concentración para la paz.

En las poblaciones de Buenos Aires, Corinto y Caldono, habrá zonas de concentración de las Farc. Nace la esperanza entre habitantes cansados de estar en medio del juego cruzado.

En la zona rural del Cauca sus habitantes se adaptaron a  la guerra: crearon corredores de evacuación cuando la guerrilla se metía al pueblo para atacar a la Fuerza Pública; aprendieron a empacar y desempacar en tiempo récord la ropa, los colchones, las cobijas, las gallinas  para huir de las balas; agudizaron el oído y ahora distinguen entre un tatuco (misil artesanal), una ráfaga de fúsil, una pistola, una granada. Lea también: En el suroccidente habrá cuatro zonas de concentración, ¿cómo fue la escogencia?

También aprendieron a ubicarse en el lugar correcto donde no caían las paredes y los techos de las casas que eran derribadas por las ondas explosivas. A desprenderse de sus ranchos cuando reconstruir no era una alternativa. A mantener en silencio cuando un extraño preguntaba una y otra vez. A hablar con la mirada. A no dar la mano, a no saludar, a no sonreír. 

Adaptarse a la guerra fue una tarea ardua que aprendieron a lo largo de 52 años de conflicto armado.

Pero poblaciones como Corinto, Caldono, Buenos Aires, en el norte del departamento, quieren adaptarse a la paz. Lo estaban haciendo ya, antes de que el Ministerio de Defensa  informara el viernes pasado  que fueron incluidos  en la lista de 31 municipios donde se ubicarán las zonas veredales transitorias de normalización en las que los subversivos de las Farc tendrán que pasar a la vida civil en 180 días.

 Entonces, el alcalde de Caldono, Paulo Andrés Piso, dice que son abusivos quienes desde la comodidad de las ciudades apuntan con el dedo hacia estos pueblos mientras van lanzando frases como: “Allá el 90 % de la gente es guerrillera”, “cómo no van a estar felices si todos son de las Farc”, “eso no es sino pasarlos de una calle a otra y listo, los concentran a todos”. 

Sostiene que su municipio está llamado a cambiar el futuro, y la paz es la única opción porque “ya vivimos 30, 40 años de guerra, nos adaptamos a ella. Imposible que no podamos adaptarnos a la paz”.

En una banca del parque está sentado  Yeison Yisú, solo tiene 21 años, pero entiende bien de la guerra. Para él, es mejor que las zonas estén cerca del pueblo. Vive en Cerro Alto, una vereda de Caldono, desde donde  muchas veces —susurra alguien más— fueron lanzados los misiles artesanales contra el Comando de la Policía. 

A Cerro Alto, donde el papá de Yeison tiene una finca, se llega en quince minutos abordo de una moto. El muchacho estudia en el único colegio del pueblo, por eso insiste en que es mejor que la zona de “concentración” esté por ahí, porque además de las Farc se va a incrementar la Policía y el Ejército y nadie podrá robarle su moto.

Un hombre en otro extremo del parque  comenta que aunque la noticia “cayó” de sorpresa, ya más o menos se sabe que las zonas van a estar en el corredor que comunica a Toribío, Jambaló y Caldono con Huila y Caquetá. “Dicen que no estarán en terrenos con cultivos ilícitos, pero como acá arrancan una mata de marihuana y la siembran en otro, uno ni sabe”, musita.

 Sí, hay quienes rechazan las zonas de concentración, pero el anuncio  les robó un suspiro a otros como a José Manuel Popó, secretario de Gobierno de Buenos Aires, un pueblo habitado por afros e indígenas que no ha sufrido menos. Fue allí donde las Farc masacraron  once militares en un polideportivo. Allí hace trece meses una niña de siete años, que salía del colegio, murió en brazos de su hermano, luego de pisar una mina antipersona.

El funcionario dice que así como antes han sido el foco de la maldad, de la sevicia, es justo que ahora sean tomados en cuenta para volver a empezar. Hasta ahora no han recibido una llamada, una confirmación oficial del Gobierno Nacional como ocurrió en Caldono, donde al alcalde lo llamó el Ministro de Agricultura, pero asegura que están atentos para hacer parte activa del proceso de paz desde donde les toque.

No se aventura a decir cuál podría ser la vereda donde se concentren los desmovilizados, pero en el parque hay quienes sí especulan. Por ejemplo, El Ceral, donde ‘Pablo Catatumbo’, negociador de paz, adelantó un taller pedagógico en marzo pasado.

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[[nid:550196;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/paz-cauca-2.jpg;left;{A las zonas veredales los guerrilleros tendrán que llegar vestidos de civil y sin armas cinco días después de que se firme el acuerdo general para la terminación del conflicto. Foto: Jorge Orozco | El País}]]Para llegar a los municipios del Cauca donde la guerra estallaba cada dos días o durante una semana seguida,  hay que adentrarse desde la carretera Panamericana, en el mejor de los casos,  dos horas por vías serpenteantes y  mal pavimentadas.

A lo largo del recorrido no faltaban los afiches,  los murales, los pendones alusivos al Frente Sexto de las Farc, que tiene incidencia en esa zona. Desde que empezó a florecer la rama de olivo, en estos territorios no se sienten los ojos vigilantes desde las montañas. Lea también: Alcalde de Caldono, preocupado por impacto de zona de concentración en el municipio

Hilario Guejía, gobernador del cabildo Páez-Corinto, municipio donde habrá un campamento de transición, admite que la tranquilidad es evidente. Aunque también celebra el pacto de cese el fuego y de hostilidades definitivo,  su preocupación ahora es otra.

Relata que desde hace varios meses los hombres que antes intimidaban con fusiles a las comunidades indígenas ahora se acercan para contar los proyectos sociales que tienen para cuando empiece el día después de la guerra.

Indica que su labor, desde hace varios meses, ha sido recuperar el tejido social a través de la cultura, de la identidad propia,  pero esos hombres que aún se visten de camuflado pintan promesas que los indígenas —con el afán de resolver sus problemas familiares— están empezando a acoger.

Es por eso que todavía sin terminar una guerra, augura otra: “Están jugando con las necesidades de la gente y nosotros de manera peligrosa vemos que puede haber una disputa por el territorio. Ellos no van a querer quedarse sin el poder y sin la tierra”.

Un uniformado que patrulla el pueblo es menos escéptico. Lleva 22 años en la Policía Nacional y aunque nunca había estado en ‘zona roja’ sabe bien lo  que allí se vivió. “Mis compañeros dicen que no podían salir de la estación. Ahí dormían, ahí comían, ahí vivían. Siempre con un casco y un chaleco antibalas”.

Cuenta que ya los problemas son otros, que la guerra en ese pueblo ahora es contra el microtráfico y los borrachos. Harold Muñoz, fotógrafo de NatGeo, también cambió el ángulo de visión. Con su lente registró 20 años de dolor en todo el país, pero desde hace cuatro meses solo capta las sonrisas de quienes enfrentan  dificultades para encontrar el encuadre perfecto de una gran imagen. En Caldono tiene un grupo de 19 personas entre hombres y mujeres de 14 a 30 años que están entusiasmados con ver otros colores de la vida a través de una cámara. 

En Corinto, ahora el patrullero está frente a una casa que evidencia las huellas del terror. Sus dueños se animaron a reconstruirla y el uniformado admite que antes de llegar a ese pueblo dudaba de las negociaciones con las Farc, pero ha podido darse cuenta que adaptarse a la  paz sí tiene sentido.

[[nid:549910;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/06/734x486-zonas-farc-2016.jpg;full;{Estas 23 zonas veredales transitorias de normalización y 8 campamentos estarán en jurisdicción de 22 municipios de 12 departamentos, según acordaron Gobierno y Farc. Vea en este mapa su ubicación. Gráfico | El País}]]

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