Testimonios
“Aquí hacemos milagros”
Perla Escandón Tovar. Reportera de El Pais
La cirugía de preservación de extremidades que se le practicó a Bryan Zapata es la primera de esta clase en América Latina. El médico Jorge Enrique Navia le devolvió la esperanza de caminar al pequeño que padecía cáncer. Foto: Áymer Álvarez I El País
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| Bryan sobrevivió al cáncer de su pierna derecha. Norberto recuperó su mano, desprendida por un machetazo. Octavio se sobrepone a las heridas causadas por una bicicleta bomba. María Camila y María José protagonizaron una exitosa cirugía de separación de siamesas.
Alas 3:15 p.m. del 3 de agosto de 1999, Jazmín Rebellón, de 6 años en ese entonces, cayó al vacío desde el segundo piso de una casa en el barrio El Vallado.
Una varilla de tres octavos de diámetro se le incrustó en su cabeza. El punzón entró por el parietal izquierdo y en su recorrido atravesó los lóbulos izquierdo y derecho y quedó a ras de piel. Sólo un milagro médico logró que la pequeña sobreviviera a la peligrosa perforación.
Ese mismo año, Lina María, de 19 días de nacida, recuperó la cara angelical que había perdido luego de que una vela cayera sobre el pedazo de tela que la cubría.
Cincuenta centímetros de piel extraída de un neonato fueron implantados en su rostro, que sufrió severas quemaduras.
Tres años después, a Jhon Edward Jiménez, un joven palmirano, los médicos le corrigieron una malformación cerebral muscular. La intervención de seis horas borró de un solo tajo la posibilidad de que el niño quedara invalido o lo sorprendiera la muerte.
Jazmín, Lina María y Edward son tan sólo tres de los miles de pacientes, a quienes los médicos del Hospital Universitario del Valle, HUV, les han salvado la existencia.
A diario, los especialistas le arrebatan a la ‘dama de negro’ decenas de almas de hombres que llegan con cuchillos o destornilladores clavados en el corazón; de niños quemados y de víctimas de la violencia.
“Aquí hacemos posibles los milagros, batallando contra la muerte y preservando la vida”, expresa Laureano Quintero, jefe médico del centro asistencial.
Las historias de Bryan Zapata, Norberto Trujillo, Octavio Quintana y las siamesas María Camila y María José: otra prueba de entrega del HUV.
“Al hospital le debo la niñez de bryan”
La recuperación de ‘El Tigre’ es más rápida que lo pronosticado por los especialistas.
Cuando los médicos pensaban que Bryan Zapata, de 10 años, duraría tres meses en sillas de ruedas, el menor volvió a caminar un mes después de afrontar una compleja y exitosa cirugía.
En junio pasado, el equipo de Oncología Ortopédica del HUV, dirigido por Jorge Enrique Navia, le extrajo al infante un cáncer que le devoraba su pierna derecha y amenazaba con expandirse por el cuerpo.
Todo empezó en el 2004, cuando Bryan se cayó de la escalera de su casa, situada en el oriente de Cali, y sufrió un severo golpe en la rodilla. Entonces, su progenitora lo llevó al médico, pero la situación no pasó a mayores. Ocho meses más tarde, al niño le diagnosticaron un osteosarcoma de células pequeñas, es decir, un tumor maligno en el que afectaba el fémur.
“La pierna se me hinchaba, no resistía el dolor”, recuerda el pequeño.
Pero en la primera consulta, una especialista que lo asistió en otro centro asistencial de Cali sentenció de manera tajante: “Hay que cortarle la pierna o corre el riesgo de que se propague el cáncer”.
Por fortuna, el médico Jorge Navia revisó el caso y le apostó a un novedoso procedimiento que consiste en la colocación de una prótesis que crece a medida que el cuerpo se desarrolla, de manera que la persona no necesita más cirugías.
Además, el hospital asumió la compra del aparato, que tuvo un costo de $75 millones y fue importado de Inglaterra.
Datos claves
El Hospital Universitario del Valle les brindó atención a las víctimas de la avalancha de Armenia, el terremoto de Popayán y los deslizamientos de Buenaventura.
También ha tenido un papel importante en discusiones públicas como el uso del casco y la prohibición de la pólvora.
Al año, en la Unidad de Urgencias se atienden 35.363 casos. | | Hoy, cuando el niño se recupera satisfactoriamente, Olga Lucía Zapata, su madre, no se cansa de repetir: “Al hospital le debo la niñez de Bryan”.
La reconstrucción de la mano: otra hazaña
Lo único que Norberto Trujillo, un labriego del Eje Cafetero, recuerda de aquella madrugada fatídica del 3 de octubre de 2005, fue que iba con un amigo por el parque de Circasia, en el Quindio, cuando se detuvieron a pedirle cigarrillos a un borracho que estaba sentado en el lugar.
De repente, alguien se levantó y blandió un machete. Norberto salió a correr, pero cuando creyó que estaba a salvo sintió un chorro que le bajaba por el brazo. Y se dio cuenta que el machetazo le había amputado la mano izquierda.
Dos policías recuperaron la mano y la llevaron al hospital de Armenia, de donde fue remitido hasta el HUV.
Ese mismo día, diez profesionales conformaron una ‘orquesta’ para armonizar cada una de las piezas de la mano.
Norberto estaba aterrorizado ante la posibilidad de perder la extremidad.
Provistos de lentes de aumento, Álvaro Villegas, Patricia Mosquera y otros cirujanos plásticos zurcieron las arterias.
Fueron doce horas de trabajo continuo en la primera reconstrucción de mano que se llevó a cabo en el centro asistencial.
“Esto es un milagro. ¡Un verdadero milagro!”, expresa el campesino, quien está en proceso de recuperar la movilidad. Quedó tan agradecido con la vida que le quiere devolver ese regalo siendo mejor persona.
El renacer de las marías
Hasta los tres meses de vida estuvieron unidas por el abdomen, el hígado, el corazón y parte del esternón.
Tenían los mismos pálpitos y emociones y sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas.
En noviembre del 2001, sus vidas cambiaron de rumbo. Cada una tuvo su propio cuerpo y adoptó una identidad nueva.
En una compleja intervención quirúrgica que duró diez horas y congregó a más de 35 especialistas, las siamesas María Camila y María José fueron separadas en el HUV.
En agosto de ese año, su madre, una humilde pobladora de Bocas de Satinga (Tumaco) dio a luz a las gemelas, pero las entregó a Bienestar Familiar argumentando que no las podía criar porque tenía 11 hijos.
Las niñas fueron adoptadas por una pareja de holandeses.
En esa época, esa operación fue la tercera de este tipo que se efectuaba en el HUV. En los otros casos los pacientes murieron por causa de malformaciones difíciles de superar.
Pero las heridas de las menores fueron sanadas con el amor que les brindó el cuerpo médico, tanto que hoy gozan de buena salud.
“Su calidad de vida mejoró y no son vistas como un espectáculo”, afirmó el pedíatra Javier Torres, quien participó de la hazaña quirúrgica.
“El HUV me tiene vivo”
“Aquí prácticamente llegué en un cajón. Ingresé con la cara bañada en sangre, con esquirlas en todas partes del cuerpo. La explosión me dejó ciego, no podía mover las manos, ni pararme. El pie izquierdo se me hinchaba y no podía estar parado. Tampoco realizar mis necesidades sin ayuda”.
En estas condiciones, Octavio Quintana, de 54 años, ingresó al HUV la tarde del 29 de abril del 2005, cuando la vida le cambió por causa de una bicicleta bomba que explotó en la Colonia Nariñense, justo frente al bus en el que él viajaba.
“A mí se me fueron las luces. Eran las 4:00 p.m. de ese jueves. No recuerdo nada más, sólo que desperté el domingo por la tarde. No sabía cómo había quedado”, agrega el farmaceuta.
En la Unidad de Medicina Física y Rehabilitación, donde al mes ingresan 400 personas, víctimas de accidentes de tránsito, violencia o minas antipersonas, Quintana recobró la esperanza por vivir y la confianza en sí mismo.
“Los primeros meses fueron horribles, dependía de mis hijas, pero a través de las terapias aprendí a amarrarme los zapatos, a tocar la guitarra y a caminar sin bastón. Ya me puedo mover solo, incluso aplicar inyecciones y colocar fajas. El hospital me tiene vivo”, dice.
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