Aniversario del HUV
'Cincuentón' lleno de salud
Por Jorge Enrique Rojas. Reportero de El Pais
En el Hospital Universitario del Valle la superpoblación es atendida con ingenio: las camas de calor para los bebés prematuros son compartidas. De esta manera, los niños también se calientan entre sí.
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| Durante 24 horas El Pais recorrió el Hospital Universitario del Valle y presenció las batallas que allí se dan para rescatar vidas perdidas, cerrar heridas y devolver sonrisas.
Mientras Jota recibía el primer disparo, Jennifer, una niña de ojos verdes, nacía en la sala de partos. Crónica de milagros realizados con antibióticos, paciencia y amor.
Jota acaba de recibir nueve disparos de un revólver calibre 38. Las balas le quemaron la carne del cuello, la espalda y el pecho. Tiene sangre en la boca, la mirada blanca y una cruz tatuada en el brazo izquierdo. Los pies le tiemblan, le falta un zapato.
Una muchacha corre detrás de la camilla con las manos ensangrentadas. Lleva sandalias plásticas, el pelo revuelto y una camiseta azul. Grita que es su esposa, que en su vientre hay un bebé de tres meses, que necesita vivo a ese hombre.
En 31 segundos Jota es desvestido, auxiliado con respiración asistida e internado en un quirófano. Es martes, está lloviznando y la noche empieza en el pabellón de urgencias del Hospital Universitario del Valle.
Por una ranura de la puerta de la sala de operaciones alcanzo a ver médicos, enfermeras, auxiliares que se mueven entre cables, tubos, mangueras, bolsas de suero.
En la calle, el taxista que recogió al herido pregunta quién le pagará la carrera, le preocupan las manchas viscosas en la cojinería. El conductor dice que no hay mucho qué hacer por el muchacho que transportó. Según él, cuando lo bajaron del carro, ya no podía respirar.
Pero adentro eso a nadie le importa. Un paramédico dice que por más grave que parezcan los casos, siempre será posible luchar por la vida. La muerte, según él, no es invencible.
El hombre recuerda la vez que atendió a una mujer que cayó de un tercer piso, tuvo 17 fracturas y estuvo en coma durante cuatro semanas. Su esposo la abandonó pensando que jamás volvería a caminar. Pero la medicina, dice el auxiliar, es la única ciencia que admite milagros: la semana pasada encontró a su paciente en un parque donde reía y se deslizaba sobre patines de ruedas verdes.
Durante 24 horas, El Pais recorrió las 726 camas del Hospital Universitario del Valle, HUV, sus siete pisos, habló con algunas de las ocho mil personas que lo visitan a diario, con varios de sus dos mil trabajadores, con muchos de los 20.000 pacientes que fueron operados exitosamente en el último año. Entonces, fue posible comprobar que ese hilo del que pende la existencia humana no siempre es tan delgado y que, cuando se rasga, hay manos capaces de remendarlo.
Manotazos en aire tibio. María nació hace tres días. Mide 32 centímetros, tiene un lunar redondo en el cuello y pesa 800 gramos, lo mismo que una lata de leche en polvo. Ahora da manotazos en una incubadora de la sala de Cuidados Intensivos para Recién Nacidos, Cirena, en la que estará hasta que sus pulmones se acaben de formar y ella pueda respirar sola. Apenas tiene 26 semanas.
Tres datos claves La Unidad de Rehabilitación es una de las áreas que ha cobrado mayor importancia, convirtiéndose en una de las más completas del país. El año pasado allí fueron invertidos $2.200 millones. El pabellón de pediatría cuenta con un salón de recreación donde los niños internos pintan, leen, ven películas y juegan, luego de cumplir con las terapias médicas que les corresponden. El programa de Madres Canguro es uno de los más exitosos del HUV. A través de esa iniciativa, los niños prematuros pueden ser amamantados por sus madres. | | Darío, su papá, cuenta que nació antes de tiempo por culpa del miedo: hace ocho días, en la empresa de salud a la que está afiliado, le dijeron que con las semanas que ha cotizado como constructor no podían pagarle el parto de su primera niña. Entonces su esposa enfermó de los nervios, María se adelantó.
Darío cuenta que antes de llegar al hospital pasó por tres clínicas donde le negaron la entrada. En la última, recuerda, le dijeron que los pobres debían tener los hijos en la casa. Sólo el HUV le abrió las puertas.
En el último año, ocho mil niños nacieron allí. Más de dos mil, prácticamente, fueron atendidos de caridad, llegaron al mundo endeudados. Afuera de la sala de cuidados intensivos Darío hace cálculos sobre un pedazo de papel periódico. Dice que en otra parte, para pagar la cuenta, hubiera tenido que vender la casa de ventanas azules que tiene en el barrio Marroquín. A su lado hay trece papás, el hospital no da abasto.
Rosalba, enfermera coordinadora del área de Pediatría, señala a través del vidrio de la sala y muestra que de alguna manera a todos se les atiende: las mesas de calor son compartidas hasta por tres bebés, el espacio de 39 niños se divide entre 60, la ocupación es del 130%. Aún así, los pequeños de bocas inconclusas empiezan a sonreir.
El pasado martes Jennifer nació allí. Fue la bebé número 6.531 del año, pesó 3.500 gramos y lloró tres segundos después de haber salido de la placenta. Su mamá dice que le gustaría que fuera médica para que ayude a salvar vidas. A las 5:34 minutos de la tarde la nena abrió sus ojos verdes por primera vez. A esa misma hora, Jota recibía el primer disparo.
La risa en el estómago. El brazo de Noel Dávila se convirtió en un estorbo. Perdió la movilidad desde febrero, cuando un carro aplastó la moto en la que viajaba. Durante ocho meses esa extensión de su cuerpo sólo fue carne amontonada y cinco kilos de hueso, venas y tendones inertes.
Pero el pasado miércoles todo cambió. Noel fue sometido a una operación de nervio periférico a través de la cual el equipo de Neurocirugía del HUV pudo determinar que con un implante de sus nervios del pie, seguramente este año podrá doblar el codo de nuevo.
Para eso, durante seis horas, tres cirujanos, dos anestesiólogos, un fisiatra, dos instrumentadores y una auxiliar trabajaron en el brazo cortado a la mitad. Lo repararon con pinzas y lo suturaron con la delicadeza con la que se cose sobre la seda. Una hermana de Noel asegura que ahora cree en los milagros. Antes de ir al HUV, les habían dicho que lo más aconsejable era una amputación.
Dos pisos más abajo, en la sala de endoscopias, el médico Walter Bejarano lucha por devolverle la felicidad a Santiago, un campesino de 40 años que se tragó la prótesis dental superior mientras comía. Ahora su risa es como una puñalada en el estómago: sus dientes se quedaron clavados en el esófago.
A través del endoscopio, esa manguera de dos metros que los médicos introducen por la traquea para explorar el cuerpo, Bejarano encuentra los dientes de pasta y los hala con pinzas de alambre. Santiago, tendido de lado sobre la camilla, patalea, vomita una baba amarilla, pide que lo dejen en paz.
El médico insiste, aprieta los labios, se acomoda los guantes de látex. Media hora después termina el sufrimiento: el doctor suelta el aire por la boca en un gesto de descanso y el paciente vuelve a mostrar su risa, que ahora es desdentada. Urgencias como esa son atendidas hasta siete veces en un día común.
Son las 10:15 de la mañana y ocho mil personas ya caminan por esa mole de 53.000 metros cuadros de cemento que es el hospital.
Jota despierta en Cuidados Intensivos, mueve los ojos. Su esposa lo mira a través de un vidrio, todavía tiene sangre en las manos, la mujer se acaricia el vientre: comienza un nuevo día en el HUV.
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