Medio ambiente
Fieras convertidas en juguetes
Por Jorge Enrique Rojas, reportero de El País
Uno de los casos más atroces en Villa Lorena fue el de ‘Yeyo’. Su dueño era un hombre que al embriagarse cogía a golpes al mico, como si él tuviera la culpa de su resaca.
Oswaldo Páez / El País |
| El puma del Club Campestre dejó en evidencia el drama de más animales perdidos en Cali. Crónica de abusos ignorados.
Lo encontraron en un apartamento del Oeste de Cali. A algún novio mafioso y torpe se le ocurrió que era buena idea sorprender a su amada, para el día de su cumpleaños, con un ocelote. El felino, una especie de la familia de los tigrillos, tal vez comprada en Ecuador o Perú por tan sólo un puñado de billetes, llegó a los brazos de la chica con apenas semanas de vida. Y por un tiempo todo fue un aparente idilio entre los tres animales: el ocelote era vestido con ropa para bebé, fue bautizado con nombre de caricatura y era alimentado con coladas y papillas. Cuando iban de paseo, le ataban una cadena al cuello y lo llevaban en un canasto de mimbre donde lo exhibían a sus amistades y les contaban que el animalito era muy tierno, que atendía cuando le hablaban y que hasta parecía agradecido, vea usted, de que lo hubieran sacado de una selva oscura y solitaria.
Pero Taz, como habían decidido nombrar a la criatura haciendo alusión a ese dibujo animado que cuando tiene hambre se convierte en una peor versión de sí mismo, empezó a crecer y su cuerpo a reclamarle algo más que pan remojado en leche y jugos de fruta envasados en teteros. No era su culpa. Así que un día rechazó la comida y maulló y mostró los dientes y los enamorados tontos pensaron que Taz, como la caricatura, llevaba un demonio por dentro. Entonces, en una de esas soluciones bestiales que se le ocurren a los narcos, el novio decidió que para no privarse de tener a un ocelote corriendo en la sala de su casa, lo mejor era arrancarle los colmillos.
La operación, cuenta Luis Enrique Villalba, el especialista en fauna silvestre de la CVC que descubrió aquella salvajada, fue practicada con una pulidora eléctrica de carpintería que le dejó expuestos los nervios de la dentadura y que, claro, lo convirtió al fin en un gatito asustado.
Las heridas abiertas y desatendidas por la amorosa pareja, poco a poco se fueron transformado en una infección que comenzó a podrir la mandíbula de Taz, que ya ni siquiera pudo resistir entre los dientes una de esas mamilas con corazones pintados en las que le daban jugos y gaseosas. El regalo de cumpleaños había empezado a ser un estorbo y sus dueños, quién sabe si huyendo del olor del ocelote moribundo o de su propia pestilencia, un día se fueron y lo dejaron abandonado. ¿En realidad, cuál de esos animales era el que tenía el demonio adentro?
Crueldad patológica
Luis Enrique Villalba lleva 28 años con la CVC hallando felinos maltratados, aves mutiladas, micos perturbados, osos maltrechos en medio de esa jungla de cemento sucio que puede ser Cali. Es alto, de cara ancha, brazos velludos y manos gruesas y fuertes. Si es cierto que uno termina por parecerse a lo que más quiere, pues él ya se ve como uno de los osos tristes que rescató. Su apariencia no es gratuita: en estos casi 30 años de trabajo, el caso del ocelote apenas es uno entre los miles de abusos y crueldades que ha tenido que presenciar. Por culpa de la brutalidad de los narcotraficantes y su delirio patológico por ostentar el poder, pero también de papás, mamás o abuelos que consideran que no está mal tener un animal silvestre encerrado para que los niños aprendan quién sabe qué, las historias de fieras convertidas en osos de peluche se vienen repitiendo desde hace mucho en esta ciudad.
El puma que apareció la semana pasada en el Club Campestre, se sabe ahora, llevaba tiempo merodeando la zona. Juliana Peña, veterinaria jefe de la Unidad de Bienestar Animal del Zoológico de Cali, explica que esa actitud demuestra que, contrario a lo que algunos creen, no se trata de un felino extraviado de Los Farallones sino de uno proveniente de una casa del sector en la que estaba acostumbrado a ver seres humanos que le proveían de alimento. Quizás, piensa ella intentando ser benévola en sus deseos, escapó y al dejar de ver a sus amos no tuvo más remedio que acercarse a algo que le pareció conocido con la esperanza de encontrar a alguien que le ofreciera un trozo de carne. Porque quien un día lo haya encadenado, le quitó de un zarpazo y para siempre, la posibilidad de valerse por sí mismo. Ese puma, que ahora lleva el célebre nombre del club e intenta recuperarse del estrés que le produjo la recaptura, está condenado a vivir enjaulado y triste, mientras alguien, quizás, ríe libre de su suerte. Sí, porque quien haya sido el culpable de su drama no será perseguido por las autoridades y tal vez ahora mismo esté pensando en la forma de reemplazar al gato que perdió con otro juguete de garras y rugidos. Sabe que sus extravagancias no tendrán castigo pues en Colombia, como en casi toda América Latina, no hay pena de cárcel para quienes maltratan animales y que la tenencia de cualquier especie, por más exótica que sea, no es delito.
M, un investigador de la Unidad de Delitos contra el Medio Ambiente de la Sijín, dice que si alguien fuera descubierto con un delfín en la bañera de su casa, nada puede hacerse mientras el animal se encuentre en condiciones aceptables. Él dice que la ley les ata las manos y que sólo tienen chance de actuar en caso de que sorprendan, en flagrancia, el traslado o la negociación de una especie silvestre. “En esa circunstancia se decomisa el animal y al infractor se le impone una contravención”.
M habla con una voz penosamente resignada. No lo admite, pero sabe que la medida es casi una burla: las multas no superan los $200.000. De acuerdo con cifras de la Policía Ambiental, el año pasado fueron decomisadas 780 especies silvestres listas para ser negociadas en las calles de Cali. Y sólo cuatro personas fueron judicializadas.
Bestias de dos patas
Aunque quieran, el Zoológico de Cali no está en capacidad de recibir todos los animales que son abandonados o incautados por la Policía. Además, también atiende casos de otras zonas del país. Campestre (el puma del Club) está reponiéndose allí, porque otros dos felinos hallados hace dos años en la finca que un extinto narcotraficante tenía en el Lago Calima, ya dejaron la clínica y, repuestos, ahora son exhibidos. Nadie, al verlos tras las mallas que separan al público del hábitat en el que ahora viven, puede suponer que su caso es un milagro efectuado por hombres y mujeres con un instinto animal para sanar: los gatos, en su otra vida, habían sido confinados a jaulas de dos metros donde permanecieron encerrados por más de un año sin poderse dar vuelta ni ver la luz del sol; alimentados con fetos y vísceras de cerdo e inyectados con tantas hormonas para evitar que entraran en celo, que la puma hembra perdió su matriz y ya nunca podrá aparearse.
En otra jaula de la Unidad de Bienestar Animal un jaguar de dos metros y medio, ojos amarillos y colmillos intactos, recuperado por la Corporación Ambiental de Antioquia en el Urabá, se pasea inquieto y nervioso, como una muestra más de la bestialidad humana. Al parecer, era propiedad del paramilitar ‘Cuco Vanoy’, quien lo alimentaba con la carne de los hombres que ordenaba matar. Pero esa es historia conocida; se sabe hace tiempo que narcotraficantes y paras no sólo se han valido de motosierras para borrar las huellas de su crímenes. Lo que no se sabe es que los felinos terminan prisioneros de esa dieta: el jaguar de ‘Vanoy’, después de ser recuperado, pasó casi tres semanas sin probar bocado y al borde de la muerte, porque cualquier otra carne le resultaba indigerible y no lograba entender que eso, que antes destrozaba con sus mandíbulas, ahora le ofreciera alimento, agua, cuidados, amor.
Asilo para fieras retiradas
Al oriente de la ciudad hay un refugio para fieras retiradas. Es un zoológico para animales en estado terminal donde están prohibidas las visitas porque, afirma su dueña, las desgracias de los animales no son para exhibirse. La propietaria es Ana Julia Torres, una profesora que dice haber heredado de su papá, un campesino del Eje Cafetero, la vocación para rescatar y curar bestias castigadas, como si se tratara de su propia familia. El albergue lleva el nombre de su hija: Villa Lorena.
El refugio queda en el barrio Floralia, al final de una calle sin pavimento. No tiene letreros ni anuncios, no recibe apoyo estatal y su ubicación parece una metáfora del abandono: está recostado sobre el río Cauca, el mismo afluente a donde van a parar los desechos y algunos muertos de esta ciudad. Y allí, a Villa Lorena, van a dar los animales que algunos ya no soportan. Hay meses en los que son recibidos hasta 80. El sargento Eliécer Zorilla, jefe de Control de Especies Silvestres de la Policía Ambiental, dice que de no ser por ese sitio, en las calles amanecerían guacamayas de picos cercenados, loros ciegos, micos amputados, gansos violados, leones inválidos. Villa Lorena es, también, una clínica de reposo para que esos pacientes lisiados pasen sus últimos días en paz.
Hay allí, por ejemplo, un león que llaman Rumbero porque su anterior dueño, un narcotraficante de Manizales, acostumbraba a llevarlo de fiesta en una camioneta de vidrios polarizados. El león era sedado con whisky, aguardiente y humo de marihuana que era obligado aspirar hasta que su mirada se extraviara.Dicen que el león se acostumbró tanto a las rancheras que retumbaban en el equipo de sonido, que ahora el silencio
del albergue le resulta la más atroz de las bullas. Rumbero, rey de la selva, sigue con la mirada perdida: de cerca se ve como un drogadicto en recuperación que aún no termina de entender cómo mirar el mundo al que realmente pertenece.
Jaula tras jaula, las fieras más imponentes y poderosas de la tierra van apareciendo como una penosa y reiterada constancia del empeño de la humanidad por dañarlo todo. A cien metros de Rumbero, permanece uno de los pumas que ‘Jabón’, extinto jefe del cartel del Norte del Valle, utilizaba para torturar a sus víctimas. No se sabe si en la mente de ese capo o en la de alguno de sus lugartenientes, cupo la idea de que, para esas faenas, sería más fácil controlar al felino si le cortaban una de sus patas. Quién sabe cómo lo hicieron. Quién sabe cómo logró sobrevivir aquella víctima de piel parda. Lo cierto es que el puma está ahí, mocho, como otra muestra del exceso de maldad de algunos hombres.
Los animales en peores condiciones no sólo provienen de la mafia. En Villa Lorena también hay tigrillos de patas amputadas por haberse atrevido a arañar al niño de la casa, perros de monte sin pezuñas, un cocodrilo con las manos cortadas a machetazos y tortugas de caparazones perforados con taladros y puntillas por alguien que pensó, sería una idea brillante, encadenarlas y exhibirlas en algún restaurante sin miedo a que se las robaran.
Muchos de ellos son dejados en la puerta del albergue. Otros provienen de distintos zoológicos donde ya nadie quiere verlos. Otros más son rescatados por la Policía. Algunos llegan tan maltratados o tan enfermos o tan agresivos, que no alcanzan a salvarse pese a los cuidados y esmero que les proveen. Pero otros, la mayoría, incluyendo los casos que se creían perdidos, logran volver a ser tan animales como para olvidarse de la perversión humana.
Así pasó con Dany, el tigre de bengala que paramilitares antioqueños utilizaban para descuartizar a guerrilleros y campesinos. Dany, que hace un año atrás no concebía la presencia de otro animal en su jaula, poco a poco se fue salvando en el amor y, allí, en ese zoológico para fieras desahuciadas, se reprodujo. Su cría, una tigresa con el pecho muy blanco y las puntas de las orejas negras, nació el pasado 24 de diciembre y ahora el tigre asesino, quién lo creyera, es un padre mimoso. Su hija se llama Navidad y, quizás, nunca llegue a ser un oso de peluche. Ojalá.
En lo corrido de este año, la Policía Ambiental ya ha incautado 142 animales silvestres. En ese mismo lapso también se han dado 229 entregas voluntarias de gente que decidió no tener más animales presos.
La resolución 395 del 2008, que ordenaba reportar la tenencia de fauna exótica, le permitió a la CVC determinar que en el Valle hay 18.000 animales silvestres en casas de familia.
Un animal de la magnitud de un felino no puede exhibirse en una jaula. Exhibir una fiera es una perversión brutal, un vouyerismo despreciable del ser humano”. Liliana Ossa, directora de la Fundación PAz Animal.
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