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Miércoles 17 de Marzo de 2010
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Secuestro En El Valle
Radiografía de un padecimiento



Ligia Cifuentes tiene cuatro fotos del concejal en su casa. Eso, y un cajón con su ropa, son las únicas pertenencias que le quedan.
Parece un drama repetido, pero cada historia del secuestro tiene un dolor particular. Los sufrimientos del encierro apenas alcanzan a suponerse: un empresario de 55 años no consigue dormir, una madre espera una llamada por seis años, una niña olvida reir. Testimonios íntimos de tres víctimas y un victimario. Relatos libres de un flagelo atroz.

Rescatado por el Gaula

Ahora le cuesta recordar con exactitud cómo fue eso. No es que lo haya olvidado, lo que pasa es que dos años y medio después su cabeza sigue atrofiada. Nunca se la golpearon, ni siquiera le halaron el cabello: los recuerdos inconclusos son consecuencia de 30 días de pastillas tranquilizantes, tal vez para vacas o caballos, obligadas a tragar por un hombre que todas las mañanas le hundía un revólver en el pecho.

Sabe que todo empezó un viernes en la noche, que hacía calor, que olía a perfume, que acababa de recoger a una mujer de senos plásticos que alguien le presentó haciendo un negocio. El resto es un inventario incompleto: la dosis de sedantes que le dieron para evitar que escapara fue tan brutal, que luego de 30 meses de haber sido rescatado por el Gaula de la Policía, apenas logra hilar algunas secuencias de los 32 días que permaneció secuestrado.

‘Efe’ es alto, de mandíbula cuadrada. Un hombre de negocios de 55 años de edad y manos grandes, al que nadie sospecharía le da miedo dormir en la oscuridad. También teme que le falte el aire: la primera noche del rapto, amarrado de pies y manos en una casa del barrio Vipasa (norte de Cali), fue obligado a ver cómo su conductor moría asfixiado con una bolsa de plástico atada al cuello.

Esa fue la primera advertencia de los captores para hacerle saber a la familia del empresario que si no entregaban cuatro millones de dólares, él sería la próxima víctima. El cuerpo del chofer, apenas les sirvió de telegrama.

En enero del 2005, ‘Efe’ fue secuestrado en la Avenida Sexta por una banda de delincuentes que le hizo inteligencia durante dos meses. Su intención era cobrar un primer rescate para luego vendérselo a la guerrilla de las Farc. Tal vez por eso fue llevado a las montañas de Buga, donde cada tres días era cambiado de escondite.

Mientras caminaba de un lado a otro, a veces amarraban una soga de su cintura y lo dejaban caer tres o cuatro metros por un barranco para que sintiera el vacío de la caída en su estómago. En otras ocasiones, los secuestradores le enseñaban navajas, cuchillos, sierras, con las que prometían cortarle un dedo o una oreja que enviarían como prueba de supervivencia, si la plata se seguía demorando.

En las mañanas, con un fusil apuntando a su cabeza y antes de ser dopado como un animal, era obligado a grabar mensajes que sirvieran para presionar a la familia: “Mamá, papá, los quiero mucho por favor ayudenme, no me dejen acá tirado... Hermanito no se olvide de mi, haga lo que sea, estoy muy mal, me van a matar...”.

La tortura sicológica deja heridas incurables en un secuestrado. Quizás, una mutilación verdadera le hubiera dolido menos a ‘Efe’.

Pero un día todo cambió: un escuadrón del Gaula pudo triangular el origen de algunas llamadas, hacer seguimientos, infiltrar agentes entre los campesinos de la zona y realizar un operativo que permitió el rescate en medio del fuego cruzado.

Más allá de la pericia de los policías, ‘Efe’ sabe que su libertad es un milagro. Uno de dimensiones gigantes, dice un hermano suyo: “los secuestradores son seres indolentes, para ellos es más fácil matar que liberar”.

"Los tipos tenían tal poder, que pagaron a una modelo para que sacara a Efe de la casa y lo sedara”. El hermano de ‘Efe’.

Palabras de un ex secuestrador

“Yo estuve con las Farc muchos años. No me pida que le diga el frente, ni el nombre de quien fue mi comandante porque yo ahorita estoy desmovilizado y contarle eso es una sentencia de muerte.

Sí, yo fui secuestrador. Ahora me da vergüenza reconocerlo, pero en un tiempo no tuve otra opción, uno en el monte no puede revirar órdenes de los mandos.

Me tocó cuidar muchos ‘manes’ que fueron secuestrados por bandidos de Cali que nos los llevaban a vender a cambio de un porcentaje de la extorsión. Usted no se imagina todos los secuestros que hace la guerrilla... La Policía dice que han mermado, pero lo que pasa es que muchos no son denunciados porque se trata de gente muy dura que no quiere ponerse en vueltas. Y el resto son plagios relámpagos, retenciones de una semana, máximo dos, que se le hacen a gente de clase media, gente del común a la que se le puedan sacar veinte, treinta, cincuenta millones. Cualquier columna de las Farc necesita tener flujo de caja y así es que se consigue.

Uno a la gente no la maltrata. Lo que pasa es que hay secuestrados bravos que se envalentonan... Hace como dos años un pelado en el Cauca le quitó el fusil a un custodio y mató a dos guerrilleros; también supe de otro que le enterró un puñal al cuidandero y se voló, pero lo alcanzaron en la huida.

Esos son los que uno amarra: con cadenas en los pies, si no son muy revoltosos, o con un collar de poliéster que va anudado al cuello y que se cierra al tirar de él, si es que se les notan mucho las ganas de volarse. Eso es todo lo que le puedo decir, eso y que es preferible entregar un secuestrado muerto a reportar una fuga. Me da pena decirlo, pero esa es la verdad en el monte”.

"Un secuestrado no tiene intimidad, orina y hace lo que tenga que hacer a tres metros de uno”.

Aún secuestrado.

A Oswaldo Díaz Cifuentes se lo llevaron el 15 de octubre del 2001. Ya no era concejal de Palmira, tenía 42 años, dos hijos adolescentes, la deuda de un carro, una casa hipotecada y una mamá que mantener.

Las Farc lo secuestraron en una finquita del corregimiento La Quisquina, mientras le preparaba un asado a su familia.

Desde una casa de paredes húmedas y techos agujereados del centro de Palmira, Ligia , la mamá, cuenta que los guerrilleros la llamaron durante los primeros nueve meses para exigirle una suma de dinero tan alta que nunca pudo comprender.

Ella, ahora con 74 años, sigue siendo la misma madre soltera que levantó seis hijos vendiendo dulce de manjarblanco y rebuscándose la plata aquí y allá. “Siempre hemos sido una familia pobre, lo poquito que tenía mi hijo lo estaba debiendo y ya me tocó entregárselo a los bancos, ¿por qué se lo llevaron?”.

Un día la mujer le dijo a los guerrilleros que lo único que podía ofrecerles era su casa, que valía $30 millones, que no tenía más, que por favor se condolieran...

Pero el de los secuestradores es un corazón estrecho: la última llamada que recibió de su parte fue para decirle que le iban a dejar el cuerpo de Oswaldo en la vereda La Combia. Ella fue, recogió los restos, se los entregó a la Fiscalía, creyó que al fin iba a poder descansar, pero el cadáver no era el de su hijo. Desde entonces han pasado 69 meses sin que el teléfono vuelva a sonar de nuevo.

Al rededor de los ojos, Ligia tiene tantas arrugas que a veces cuando llora las lágrimas no alcanzan a rodar hasta sus labios. Ella sabe que la pena la está consumiendo pero no le importa: la suya, es una tristeza resignada. Durante seis años ha esperado que alguien toque la puerta, que le den una razón, que ocurra uno de los milagros por los que pide cada vez que reza un rosario o comienza una novena.

Cada diez días, la mamá del ex concejal extiende la ropa de Oswaldo al sol. Desempolva los trajes, limpia los zapatos, lava los pañuelos. Quién sabe, piensa ilusionada, “de pronto vuelve y va a necesitar los trajecitos”

“Eso –dice– es todo lo que puedo hacer. Mi hijo no es un político famoso, ni tiene plata, ni amigos influyentes. Por él nadie hace marchas ni protestas... Lo único que me queda es hacer lo que he hecho todo este tiempo: esperar.

Sólo eso puede hacer la mamá de un secuestrado invisible”.

En la piel de una niña.

¿Qué sucede en la cabeza de una niña a la que bajan del bus del colegio amenazándola con un revólver? ¿Qué pasa con esa inocencia intimidada? ¿Cómo se sobrevive a un secuestro a los 9 años de edad?

Mayra Alejandra Gómez Veca fue plagiada el 10 de febrero del 2004, cuando regresaba a su casa en el corregimiento El Cabuyal, de Candelaria. Durante diez días fue forzada a caminar por montañas y trochas, escuchar cuentos de espantos narrados por sus captores, llorar en silencio, hasta que una tarde en un sitio conocido como El Llanito, en el corregimiento La Diana de Florida, fue devuelta a sus padres.

Ella recuerda que fue un día feliz, que el cielo era azul, que su papá la abrazó con fuerza, que ambos saltaron de alegría cuando al fin se encontraron. Sin embargo, no sonríe cuando lo cuenta. De hecho, casi nunca se ríe.

Ahora Mayra tiene 12 años, va bien en el colegio, tiene una bicicleta roja, un perro que se llama ‘Mateo’, un cuarto con peluches y una mejor amiga, pero no se ve contenta. Antes todo era distinto.

Nhora, su mamá, sabe que eso tiene que ver con esos días en que estuvieron separadas. Aunque no la maltrataron físicamente, ni le hicieron aguantar hambre, ni siquiera le amarraron las manos, los secuestradores la sometieron a torturas para las que tal vez nunca haya alivio:

En las noches, cuando ella trataba de dormir, le hablaban de duendes, leones gigantes y tigres hambrientos que estaban por ahí, en algún lugar de ese monte, esperando por ella. Las cadenas del miedo también aprietan fuerte: la niña tiene cicatrices imborrables.

Una vez, recuerda ella, uno de los hombres que la cuidaba la hizo cargar su fusil para obligarla a disparar contra un árbol de hojas secas. ¿Qué sentido tenía hacerle empuñar un arma en medio del cautiverio? ¿En realidad quiénes eran los monstruos que permanecían agazapados en ese monte?

Mayra es tímida, distante, de palabras escasas y ceño fruncido. En su cuarto hay un reproductor de dvd en el que ve películas de miedo, mientras la familia mira telenovelas que ella repudia.

Hace 83 días Jorge Luis Gómez, su papá, fue asesinado en Palmira. El día del entierro apenas lloró unas pocas veces. Tal vez, piensa su mamá, esa imagen sea el reflejo más fiel de lo que ella es: una niña con la inocencia arrebatada.

En cifras

199 menores de edad han sido secuestrados en el Valle del Cauca en los últimos siete años, cinco de los plagios ocurrieron entre enero y mayo del 2007, según las autoridades.

384 secuestrados han sido rescatados por las autoridades entre el 2000 y lo corrido del 2007 en el departamento. Este año han sido 14 los rescates, según Fondelibertad.

76 personas, secuestradas en los últimos siete años en la región, permanecen todavía en cautiverio. 73 de estos plagiados llevan más de tres años en poder de sus captores.

371 de los secuestros registrados en los últimos siete años se han presentado en Cali. Entre enero y mayo de este año han ocurrido seis plagios en la capital vallecaucana.

133 de los secuestros ocurridos en los últimos siete años se han presentado en Buenaventura. Entre enero y mayo de este año se han reportado cuatro plagios en el Puerto

50 de los secuestros registrados en los últimos siete años se han presentado en Dagua. Este año no han ocurrido plagios en ese municipio. Entre el 2002 y el 2003 la cifra fue de 29.

37 de los secuestros presentados en los últimos siete años han sucedido en el municipio de Palmira. Entre enero y mayo de este año han ocurrido ocho en la Villa de las Palmas.




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