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Martes 9 de Febrero de 2010
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Crónica
Una fiebre mortal

Por Jorge Enrique Rojas | Reportero de El País

Luna de barro. La mina al aire libre es una sucesión de cráteres abiertos con la brújula de la codicia y la necesidad. Ni una sola de esas excavaciones se han hecho teniendo en cuenta las normas mínimas de seguridad.
Fotos: Áymer Álvarez / El País
A la improvisada mina todos los días llegan seis mil personas que arriesgan sus vidas, ciegas, por la fiebre dorada.

El chisme se esparció como polvo. La retroexcavadora hundió su garra metálica en las entrañas de la playa para sacar un cargamento de arena y piedras y dejó al descubierto mucho más que eso: oro.

La leyenda cuenta que el hallazgo fue hecho por un pescador que acostumbraba a tirar el trasmallo por esos lados del río Dagua con la esperanza de volver a cazar los sábalos, bagres y camarones de agua dulce que ya pocos veían. La suya, dicen, era una obstinación extraña; hace mucho que esas aguas revueltas, traicioneras y oscuras como chocolate mal hervido, no arrastraban otra cosa que tragedias, miseria, muertos. Muchas veces, en las redes del pescador, lo único que quedó engarzado fueron los cuerpos mutilados de campesinos asesinados por guerrilleros o paramilitares.

Unos y otros, en el afán de lavar las atrocidades perpetradas en la montaña, lanzaban las víctimas río abajo como si el cauce fuera un desagüe de sus culpas. Entonces, en vez de peces, cada tanto la malla recogía hombres, mujeres, niños, ancianos. El pescador era también un rescatista de difuntos ajenos.

Los dolientes de esos cadáveres, tan pobres como él, nunca tuvieron más que un “Dios le pague” para ofrecerle a cambio del esfuerzo. Así que el pescador muchas veces se marchó a casa lleno de bendiciones, pero sin nada de comida. Hasta que al fin le llegó la recompensa. Porque después de que la máquina escarbara por ahí, un día la playa amaneció tan brillante como si el mismo Dios le hubiera posado las manos. O eso fue lo que pensó el hombre cuando advirtió que de pronto caminaba sobre un tesoro que podía alcanzar con tan sólo clavar los dedos en la arena revuelta.

Esa mañana, aquel pescador del que ya nadie recuerda el nombre, recogió tantas chispas doradas que al final de la jornada su trasmallo quedó ahí, abandonado a un costado del río, como una prueba de aquella pesca milagrosa. Eso es lo que dice la leyenda.

Pero ese es un cuento que ya a nadie le importa. A nadie le interesa si eso que resplandece por ahí en realidad es un designio divino, ni quien lo descubrió, ni dónde está el pescador, ni qué va a pasar si todos los días siguen llegando las mismas seis mil personas que están explotando al tiempo esa mina extendida sobre cuatro kilómetros de arenas movedizas que ya se tragaron la vida de siete hombres en dos meses.

A nadie por ahí parecen importarle esos muertos, ni los que antes bajaban sumergidos en el agua, ni los que puedan venir. Pocos saben, por ejemplo, que la víctima más reciente de la irresponsabilidad y la codicia se llamaba Jorge Arquímedes y que tenía 29 años y que venía de Suárez, Cauca, y que soñaba conocer el mar, hasta que terminó sepultado en un socavón de cuatro metros de profundidad donde alguien le juró que algo relumbraba en el fondo. Nadie ha querido entender que, por allí, no todo lo que brilla es oro.

Polvos dorados, buitres, tumbas

Desde arriba, la mina se ve como un trozo de luna oscura y maltrecha; una porción de queso rancio, plagado de cráteres en los que pasan y se encuentran casos de otro mundo. Como el de Maciel, una chica de 20 años que acude sin falta a ese punto del corregimiento de Zaragoza para buscar su propio botín.
Al cierre de esta edición, el Banco de la República tenía tasado el gramo de oro en $58.147. Mientras tanto, en Zaragoza, los compradores se lo pagaban a los mineros a $44.500.
Aunque ella, contrario al resto, nunca se ensucia las manos; no de la misma manera: recostada sobre una roca primitiva que sobresale en las orillas, extiende sus piernas largas en las mañanas y se moja la ropa en las tardes para exhibir la turgencia de un cuerpo negro y feroz que, todos saben, podrán tener si le dan un poco del polvo dorado que llevan en los bolsillos.

“Que me llamen zángana, libertina o puta, me da igual… Yo estoy haciendo mi negocio como la otra gente, intentando ganarme la vida en el único sitio donde ahorita se ve la plata. ¿Cuál es el pecado?”.

Su pretexto no es diferente al de los miles de buscadores de fortuna que llegaron en los últimos dos meses y están asentados en improvisados cambuches plásticos y carpas que serpentean las áreas de excavación. Como si se tratara de un campo de concentración permanecen allí, día y noche, presos de una búsqueda que no cesa en la oscuridad. La fiebre del oro ha enfermado a gente de Caldas, Chocó, Cali, Buenaventura, Medellín, la Costa Atlántica. Ellos ahora viven en esa ciudad de barro donde además de prostíbulos ambulantes, hay tiendas de abarrotes, restaurantes, ventas de ropa y cantinas donde se celebran los hallazgos escasos y se embriagan búsquedas estériles.

Carlos Castro, un experimentado minero de Buenaventura que hace semanas permanece en la zona intentando abrir una veta que lo conduzca a una guaca, dice que lo grave del asunto es que al menos el 30% de esas personas no sabe de minería. Y esa es una de las razones de los muertos.

Él, negro de brazos nervudos y risa desdentada que sacó oro en el Chocó hace muchos años, hace cálculos sobre un trozo de papel: según sus números, dos mil personas están en grave riesgo de morir en la incierta aventura de hallar un tesoro que nadie sabe dónde puede aparecer. “De hecho, aquí ha habido más muertos de los reportados pero no han dicho nada para evitar el cierre de la mina”.

El hombre tiene razón: la ignorancia de unos y la voracidad de otros, puede convertir a Zaragoza, de nuevo, en capital de una tragedia. Ya antes lo ha sido. Orlando Salas, arquitecto de la Universidad del Valle, dice que el mayor riesgo está en las formas de perforación artesanal: “Entiendo que hay excavaciones de hasta ocho metros. Eso, en la orilla de un río, a punta de baldes y soportes de guadua, es un suicidio colectivo”.

Hace un tiempo, no mucho, aquel punto era sólo una porción de playa concesionada a una constructora para que extrajera material de arrastre. El balastro se utilizaría en la construcción de la Terminal de Contenedores de Buenaventura, obra vital para el desarrollo del Puerto que por cuenta de la bonanza del terreno se encuentra paralizada. La firma, incluso, tuvo que tramitar una diligencia de amparo con el fin de delimitar el área del título que le fue otorgado por el Estado y hacer un cerramiento de 300 metros que impidiera la excavación informal allí.

Por una y otra cosa el cierre es inminente. Además, las excavaciones no controladas ya interfirieron el curso del río. La CVC se pronunció. El Alcalde de Buenaventura tiene la orden de clausurar. Un escuadrón móvil de la Policía ya está en el sector para prevenir desmanes. Todos saben lo que pasará, pero eso, igualmente, a nadie parece importarle.

Los compradores, apostados como buitres a la entrada de la mina, dicen que esa tierra no es de nadie y que la gente debe quedarse. Sus básculas injustas se mueven mientras ellos graznan, instigan, negocian a precios irrisibles, que todos, no queda más remedio, aceptan con la cabeza agachada.

Y los mineros, mientras tanto, cavan. Siguen avanzando hacia abajo sabiendo que tal vez lo que cavan es su propia tumba. Cavan, como dice el negro Inocencio Medina, con la esperanza de encontrar allá abajo algo que los ayude a vivir mejor acá arriba.

“No queda de otra. No todos tenemos la brillante suerte de ese verraco pescador de tres pesos...”.

En el ventrículo más opaco del corazón de la mina

  • Nadie, en los dos meses que lleva funcionando la mina, ha controlado la entrada de gente a la zona de excavación ni ha impedido el trabajo de los menores que, de una u otra forma, se sigue dando.

  • Socavones como éste se convierten en trampas mortales para los mineros, que perforan la tierra guiados por el instinto. Uno de esos huecos se tragó a Jorge Arquímedes, el pasado fin de semana.

  • Nadie se atreve a decirlo en voz alta, pero en algunos rincones de Zaragoza se rumora que las básculas utilizadas por la mayoría de compradores que llegan a la mina están arregladas para pagar menos.

    En pocas palabras

  • "Nosotros de aquí no nos vamos a ir. No tenemos para dónde. Además, como negritudes, tenemos derecho legítimo a estar en esta zona y eso lo vamos a pelear hasta que se pueda".

    Felie Reyes, lider afrocolombiano.

  • "Aquí no hay tanto oro como creen. Esto no se trata de meter la mano y sacar. Yo llevo tres semanas de cabeza en la tierra y no he sacado más que para comer en el día".

    Álvaro Agudelo, minero ocasional.




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