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Adán se hizo Eva

Por Alexánder Price Rodríguez - Reportero de El Pais


Foto: Áymer Álvarez | El País
Lissete Ochoa aguantó dos horas y media de puños insultos y jalones de pelo, propinados por su marido. Yo no aguanté el proceso de depilación en la zona del bikini.

Lissete, la joven que fue víctima del maltrato de su marido en Barranquilla, perdonó al animal que quería ponerle fin a su vida. Nadie entendió por qué Lissete lo perdonó. Yo tampoco.

Pero, creo que hay tener muchos cojones para aguantar y hacer algo así. Ese tipo de reacción sólo pudo haber venido de una mujer.

Entonces, para intentar saber qué tantos cojones tienen las mujeres y a qué se debe ese tipo de reacciones, me propusieron que me ‘hiciera’ mujer durante un día y contara la historia. Acepté. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la afirmación que la mayoría de los hombres hemos hecho alguna vez: si yo fuera mujer sería bien... Ustedes saben a qué me refiero.

Después de la experiencia me quedó claro que jamás sentiría como mujer. Actúe, y en algunos casos fui convincente. Pero nunca voy a sentir la patatadita de un bebé en el interior del vientre, nunca daré a luz y sufriré por traer una vida al mundo, no tendré la menstruación y no cambiaré de ánimo cuando ésta llegue. Siento que las ofendo si digo que fui mujer. Lo único que hice fue imitarlas, nunca como ustedes...

Por obvias razones, lo primero que había que hacer era cambiar mi apariencia. El chiste del asunto estaba en sentirme mujer por dentro. Di con el chiste, en cierta manera, pero con la ayuda de media botella de Red Label. ¿Entonces, para ser mujer hay que estar siempre ‘prendido’? Si es así, salud. Qué rico ser mujer.

La melcocha como arma. El proceso de la depilada fue traumático. Grité, lloré y menté la madre cientos de veces. No sé cómo pueden someterse a esa clase de tortura. Jamás lo volveré a hacer.

Mireya, la esteticista, mi verdugo, me explicó en qué consistía el proceso: no usaría cera, su arma sería una masa gelatinosa hecha a base de azúcar, agua, limón y un ingrediente secreto.

El ‘rifle’ con el que me ejecutaría es elástico, frío, olía bien y sabía mejor, a melcocha. Me empezó a contar que la técnica la habían inventado en Egipto, pero cuando estaba narrando la historia vino el primer jalón, el cual estuvo acompañado de su respectivo madrazo. ‘Malditos egipcios’, pensé en ese momento.

Cuando terminaron con el bigote no sentía una parte de mi boca, la tenía hinchada, entumida, roja. El dolor que sentía me hizo recordar a Miguel, aquel joven que me partió la boca de un puño cuando cursaba noveno grado. Mireya me dio un puño sin necesidad de usar sus nudillos. Le bastó una gomita con sabor a melcocha.

Creo que ella disfrutaba mi dolor. “Esta experiencia hará que valores más a las mujeres”, aseguró. Por eso me trató ‘mal’. Acabó con los vellos de mi empeine, dedos, tobillos, rodillas y pantorrillas, estas dos últimas, las más dolorosas de las piernas. Pero faltaba lo peor: el bikini.

Le pedí al fotógrafo que se retirara. El primer jalón fue como un martillazo en los testículos. Solamente aguanté cuatro martillazos. Los dos primeros fueron en la parte izquierda e hicieron aparecer dos lágrimas, sentí pena y las limpié rápido. Pedí unos minutos para asimilar el dolor. Y un vaso con agua.

Para el tercero y cuarto, que fueron dirigidos a la parte derecha, necesité ayuda, le pedí la mano al amigo que me estaba acompañando, le sujeté las manos fuertemente y él hizo lo mismo, creo que se identificó con mi dolor.

La escena era bastante patética. Una escena comparable: cuando el futuro padre se encuentra dándole ánimo a su esposa al momento del parto.

Le dije a Mireya: “No más”. Eran suficientes martillazos a los testículos por un día. Ella me propuso que me hiciera la parte de arriba y le repetí: “No más”. Mi verdugo sonrió, creo que su rostro reflejaba algo de satisfacción.

Dio el primer paso para que me sintiera mujer. ¿Entonces, ser mujer es sinónimo de sufrimiento? En ese caso, no aguanta ser mujer. Me despedí de Mireya ratificando lo dicho. Jamás volvería hacerlo.

Los momentos después de la depilada fueron extraños. Sentía las piernas más livianas, no hubo fenómeno del ‘Niño’ que me quitara el frío que tenía, el roce de las piernas sin un sólo vello con el jean me producía escalofríos, por momentos temblaban.

Después de los puños de Mireya en mi bigote apareció la irritación. Obviamente esto se debe a la falta de costumbre de mi piel. Me ardía, sentía la boca inflamada. Si en verdad fuera una dama acostumbrada a este tipo de tratamientos, esto no pasaría o quién sabe, de pronto soy una mujer cobarde. No lo creo, las mujeres cobardes no existen.

Con ropa interior de encaje

Descubrí que soy talla 36B. Me fue imposible colocarme el brassier solo. Por más clases que me dio mi mamá, no pude. También me quedó claro que como mujer me tocaría mandarme a hacer los zapatos, ya que los tacones y sandalias talla 41 ó 42 no existen.

El simple hecho de pensar que tendría que usar tacones me ponía nervioso y los comentarios de mis amigas no me daban mucho aliento. Pero mi temor se duplicó cuando me enteré que tendría que usar tacones talla 40.

Sin embargo, la larga caminata que hice en la soledad de mi cuarto dieron sus frutos al momento de bailar, abordar un bus y recorrer un centro comercial. Producto de estas actividades me quedaron buenos recuerdos y una cura en el empeine. Pero eso lo comentaré en la edición de mañana.

El número
6 horas tardó el proceso de la depilada, el manicure, el maquillaje y la pegada del cabello para la transformación en mujer.
El amor a la cerveza y otros alimentos poco sanos, aparte de aumentarme el colesterol, los triglicéridos y la presión, me han dado una barriga de 93 centímetros. No había tiempo para liposucción. Usé una faja que me dificultaba respirar, pero después de unas horas me acostumbré. Pero fue más fácil adaptarse a los tacones que a la faja.

Durante tres o cuatro minutos observé mis nuevas tangas, blancas, con encajes y con un par de pequeñas almohadas en la parte trasera para darme cola. Eran de mi color favorito. Pero eso no me animaba a colocármelas, prefiero quitarlas.

Lo hice, me las puse con los ojos cerrados. No los quería abrir, entonces me dediqué a sentirlas. Eran menos incómodas de lo que pensé, pero picaban un poco. No sé si era por el encaje o los ‘martillazos’ que había recibido.

Abrí los ojos. Verme frente al espejo fue un choque bastante fuerte. No todos los días ves a un hombre con ropa interior de encajes y es más duro si el hombre que se refleja en el espejo eres tú.

A pesar de que no era necesario intenté pintarme las uñas de los pies. Sucedió lo mismo que con el brassier, no pude. Los 93 centímetros de barriga no me dejaron, además, los pisones de diez años de fútbol han hecho que las uñas que me quedan no sean propicias para pintar o decorar.

Vi a mi mamá. El rostro de Andrea Noccetti en un cuadro me miraba mientras me pegaban las uñas. Ojalá al final de la transformación pudiera terminar como ella, iluso que soy. El pegamento que usaron para fijarme las uñas acrílicas es bastante fuerte, aún no lo logro quitar del todo. Sin embargo, mi primer manicure fue agradable, muy relajante, eso sí lo repetiría.

Después empezaron a depilarme las cejas, fue el único momento en que me enojé, me disgustaba la idea de terminar con el rostro similar al de un travesti. Me aplicaron base, rubor, labial, algo de brillo. El labial sabía a fresa, pero la base molestaba, picaba mucho, por momentos me desesperaba, pero el medio centímetro de uñas que tenía de más me impedía rascarme.

Sentía los dedos raros, más largos, no podía agarrar nada. Fue imposible llamar por celular. No paraba de moverlos, era una sensación extraña, como tener diez navajas en la punta de los dedos. Nunca me acostumbré a las uñas.

Cuando terminaron de pegarme el cabello vi a una mujer. Se parecía a mi mamá. Fue un impacto bastante fuerte. Después de diez minutos de tener cabellera larga ya me la quería arrancar.

Me picaba el cuello, me picaba la cara, el calor era insoportable. En ese momento sonó el celular, era mi profesor de baile, era el momento de ir a bailar.

En sus propias palabras

- “A algunas mujeres no les importa sentir dolor con tal de complacer a sus novios. Han venido clientas a que les haga alguna figura o la inicial del nombre de su pareja en la zona del bikini”. Mireya Rincón Esteticista del centro de belleza Crisama.

- “Los labios de Alexánder son muy bonitos, además tienen una forma muy definida, casi femenina. Cualquier mujer se moriría por tenerlos. El color de las extensiones es ideal, porque resalta el color de su piel”. Óskar benavides
estilista.




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