Cultivos ilícitos
Así se arranca la coca de La Macarena
Por: Arcadio González Ardila. Enviado Especial de El Pais, San José del Guaviare
En jornadas diarias de ocho horas, 930 campesinos tratarán de cumplir la orden presidencial: “Ni una sola mata de coca” en esta reserva natural. Aunque en la zona no puede haber habitantes ni explotación ganadera, muchos sectores han sido deforestados para sembrar cultivos ilícitos.
Entre 10 y 20 minutos tiene el piloto del helicóptero para ubicar el campamento, desembarcar la tropa, los erradicadores y los víveres, y regresar nuevamente a la base antinarcóticos de la Policía Nacional en San José del Guaviare.
No puede permanecer en el área más de ese tiempo, por razones de seguridad.
Se trata de una operación milimétricamente calculada, que se repite varias veces al día desde comienzos de esta semana.
La última fue ayer, al mediodía, cuando arribó el general Daniel Castiblanco, comandante de la Regional 7 de la Policía, con jurisdicción en los departamentos de Arauca, Guaviare, Vichada y Vaupés.
Acompañado de los hombres encargados de su seguridad y de un pequeño grupo de periodistas, el oficial pasó revista a la más gigantesca operación de erradicación manual de cultivos ilícitos en la Serranía de La Macarena: ‘Colombia Verde’.
Con presencia de observadores de la ONU y funcionarios de la Presidencia de la República, los 38 grupos de erradicadores, cada uno de entre 30 y 35 campesinos, se dividen el trabajo en jornadas diarias de ocho horas que comienzan a las 6:00 de la mañana.
Su protección corre por cuenta de dos anillos de seguridad.
El primero lo integran 1.500 policías y el segundo, poco más de 6.000 soldados. Su misión es una sola: “Ni una sola mata de coca en La Macarena”, como advirtió el presidente Álvaro Uribe Vélez el 29 de diciembre.
Desde el lunes pasado fueron dispuestos más de 34 puntos en las 629.280 hectáreas de este parque natural, considerado reserva bioecológica y ambiental de la humanidad.
Cada grupo, al igual que el personal de seguridad, instaló su propio campamento. Duermen en ‘sleepings’, algunos, y otros simplemente bajo una carpa y cubiertos con un toldillo y embadurnados de repelente.
“A todos —policías, militares y campesinos— se les practicó previamente un examen médico y se les vacunó contra la fiebre amarilla, la leishmaniasis y las enfermedades tropicales que se contraen por picadura de insectos o roses con algunas plantas”, explica el mayor Óscar Javier Ruiz, coordinador de Sanidad del programa.
Una vez instalados, comienza el trabajo, que esta semana fue revisado por el propio director de la Policía, Jorge Daniel Castro.
“La idea es restaurar el parque. Es vergonzoso ver este ecosistema tan maltratado”, asegura el oficial.
Como un balón. Desde el helicóptero se puede apreciar la majestuosidad de La Macarena: el imponente río Guaviare, seco por estos días de verano, y gigantescos árboles que forman un inmenso tapete verde, apenas salpicado por grandes extensiones deforestadas para sembrar coca. Parece un balón de fútbol, lleno de parches.
El comandante de la Policía Meta, coronel William Núñez, recuerda que el parque “no puede tener habitantes ni explotación de ningún tipo”.
Pero desde el aire es fácil apreciar verdaderos hatos de ganado y muchas casas campesinas abandonadas.
José Pérez, gobernador del Guaviare, calcula en diez mil las personas que habitan la zona, la mayoría llegada hace pocos años como cultivadores y raspachines.
Pero el temor se ha apoderado de ellos pues las Farc anunciaron que enfrentarán a la Policía y el Ejército, y les ordenaron desplazarse.
Efraín Jiménez, vicario general de la Diócesis de San José del Guaviare, no oculta su temor por un desplazamiento masivo.
“Muchos pueden llegar a Vistahermosa, a La Macarena o a otros pueblos. Pero San José les queda más cerca por el río Guayabero”, explica y advierte que en esta ciudad “no estamos preparados para recibirlos a todos”.
Sin embargo, otras autoridades advierten que “no se puede hablar de desplazamientos. Quien esté en la sierra, está en forma ilegal”.
De cualquier modo, el programa ya arrancó y ha sido bien recibido por unos y otros.
“La economía de San José ha estado basada en la coca durante los últimos 25 años, pero para los campesinos ya no es rentable. Es necesario buscar otra economía”, dice el padre Jiménez.
Y no le falta razón, pues don José Restrepo, uno de los campesinos que participan en la operación, vio en esta labor un empleo, al menos temporal.
“En San José la situación está muy difícil. Es la primera vez que hago esto, es un trabajo sencillo”, asegura.
A las 2:00 de la tarde la jornada de erradicación termina para los campesinos, no para la Policía.
“Cada grupo tiene uno o dos funcionarios de la Policía Judicial que se encargan de levantar un acta cuando encontramos cristalizaderos, cocinas o chagras. Además, la labor de seguridad es permanente”, explica un oficial de la Policía Antinarcóticos.
Y no es tarea fácil, pues el último laboratorio para el procesamiento de hoja de coca, encontrado esta semana, “estaba a casi tres kilómetros del puesto de mando”, cuenta.
Según algunos oficiales, los erradicadores estarán en toda el área de La Macarena durante cuatro meses continuos, con un día de descanso a la semana dentro del parque, mientras las unidades de Policía serán relevadas cada quince días.
“Cuando termine esta labor —la erradicación— viene otra etapa: la revegetalización natural que se da parcialmente, y la recuperación de la biodiversidad. Será un proceso muy lento, porque muchas especies pueden tardar años en reproducirse; otras, definitivamente, ya desaparecieron por la mano del hombre”, concluye Luis Alfonso Hoyos, director del Programa Presidencial para la Acción Social.
“Vine a buscar nueva vida”
Manuel Antonio Ruiz (*) es un hombre de 32 años, de profesión sastre, que forma parte del grupo de 930 erradicadores de hoja de coca en la Serranía de La Macarena.
“Salimos el martes a las 5:00 de la mañana de un pueblo de Cundinamarca. Llegamos a Bogotá, nos trajeron en avión hasta Villavicencio y luego para San José. El miércoles llegamos al campamento de La Macarena”, cuenta.
Este hombre, de contextura delgada, voz gruesa y hablar pausado, dice que nació en el campo pero se crió en un pueblo, primero, y en la ciudad después.
“Desde hace años me dediqué a la confección de alta costura para dama. Pero eso está muy malo, entonces me vine a buscar una nueva vida, nuevos horizontes”, agrega, y es claro que si a alguno de sus compañeros se le rompe la ropa “se la arreglo, pero le cobro, porque por aquí todo es muy caro. Ahí traje aguja, hilo, de todo”.
Manuel Antonio y sus compañeros llegaron el primer día al campamento, instalaron los toldos y escogieron al capataz, que es él, y al ranchero que “salió como bueno”: les preparó pasta, arroz, papa salada, salchichón y limonada natural.
El trabajo de erradicación se realiza en parejas. “Uno maneja el palín (la pala) y abre huecos alrededor, y el otro arranca la mata, con todo y raíz”.
Mata arrancada se coloca a un lado para que se seque y se convierta en maleza.
Para esta labor, que parece sencilla, la Policía Nacional les dio un ‘curso intensivo’ de capacitación.
“Nos enseñaron cómo erradicar y cómo cuidarnos acá. Claro que aquí me siento seguro con la Policía y el Ejército”, dice.
A cada erradicador la Presidencia de la República le cancela entre $750.000 y $810.000 al mes.
“Es la primera vez que trabajo en esto. Me enteré por un amigo que es capataz; me contó, le dije que quería venir y me ayudó”.
(*) Nombre cambiado a petición de la fuente.
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