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8 de Noviembre de 2009
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Radiografía
La vida errante de los habitantes de la calle

Por Carolina García Reportera de |El Pais

El Calvario y Sucre se han convertido en el dormidero de muchos, casi de todos los habitantes de las calles caleñas. La Policía ya no deja dormir en los andenes, hace rondas diarias, nocturnas por toda la ciudad. En estos sectores se ven hombres implorando comida, niños sumergidos en el vicio, mujeres semidesnudas y casas apiñadas que fungen de hoteles de paso.
Ernesto Guzmán jr. |El País
Según el Dane en Cali hay 1.975 indigentes, pero la Arquidiócesis sostiene que sólo en el Centro hay más de 3.000. Richard, Alexánder y John alguna vez fueron padres, hermanos, esposos... Ahora deambulan en las calles, sin rumbo, implorando caridad. La indigencia es una problemática, pero también un gran negocio que se repite en las esquinas. Testimonios de un viaje sin regreso.

Jaque mate. Richard ha matado al rey cinco veces. Lleva dos horas jugando ajedrez en un cuarto pequeño, de vapores calientes y luz generosa.

Lo hace solo, frente al tablero de cuadros negros y blancos, y con un libro de hojas amarillas, plagado de algoritmos.

Dice que intenta descifrar los misterios del juego y encontrar más fórmulas para destruir a los peones, las damas, los reyes... Pero en realidad también busca fórmulas para hacerle jaque mate a su vida. Al nuevo capítulo de su vida.

Lleva quince años viviendo en la calle, durmiendo en andenes, a veces en camas de colchones duros, comiendo sobras, a veces alimentos regalados, caminando de allí para allá. Ahora, dice, no consume droga, pero meses atrás, admite, vivía con la cabeza inmersa en nubes de marihuana.

No parece. Richard está bien vestido: jeans, botas negras desgastadas, pero sin polvo, y saco beige, marca Nike, que contrasta con su piel chocolate. Habla inglés, balbucea francés, sabe de modistería, aprendió joyería y lee a Borges. “Alguna vez fui feliz”, dice.

¿Cuándo dejó de serlo? “Mi familia empezó a ignorarme. Dejé de servirles porque caí en la droga. ¿Cómo? No sé. Fumé, me gustó y ya. Entonces, sentí que yo era indiferente, me rechazaban. Se acabó el amor y entonces yo decidí también ignorarlos”.

Huyó de casa, de una de esas casas grandes, que siempre huelen a desinfectantes de flores, en donde jamás falta la comida y las camas siempre permanecen tendidas. En donde vive mucha gente.

Ahora, con esfuerzo, dice que caminó mucho por las calles de Cali, drogado, sin rumbo. Durmió en andenes sucios, con cartones encima, con un ojo abierto y otro cerrado.

Algunos rasgos
Las cuatro enfermedades infectocontagiosas más comunes de los habitantes de la calle, la cuales presentan alto grado de gravedad y requieren tratamiento urgente para evitar su contagio son la tuberculosis, hepatitis, venéreas, VIH/Sida y respiratorias.

Sólo un 4,3% de esa población conoce que tiene algunas de estas enfermedades y requiere medicinas. La tuberculosis es la de más conocimiento.

La psicóloga Tatiana Valencia afirma que el perfil psicológico de estas personas tiene las siguientes características: individualistas, carencia de expectativas, yo deteriorado, sentimientos de culpabilidad, autosuficiencia y no consolidación de la madurez.

También hay episodios de pre y post depresión, pero reiterativamente muchos sufren de esquizofrenia, demencia y locura.

“Por miedo a que me mataran, miedo a las pandillas, uno ni duerme”. Con un solo ojo captó el drama de la indigencia: locos peleando por droga, mujeres desnudas, balas que mataban...

Pero eso no lo espantó, no lo ha espantado aún. Richard no quiere dejar de ser un habitante de la calle. Pese a que ahora duerme en una cama alquilada, en el Centro, y por la cual paga $2.000 diarios, teme que si retorna a su antigua vida de comodidades y de lujos, vuelva a conseguir dinero y caiga nuevamente en la droga.

“La plata es la desgracia de todo. Hay que cambiar de mentalidad y eso no lo he hecho aún. Yo sólo me preocupo por lo de la dormida y ya”.

Ni su hija ha logrado que vuelva a casa. “¿Para qué? No tengo nada que ofrecerle”, insiste y sigue jugando ajedrez, sigue matando al rey, solo, en ese cuarto caluroso, de la Fundación Sergente, en el barrio Piloto, donde acuden 200 habitantes de la calle en busca de comida, baño y compañía.

Allí, en ese edificio de fachada de ladrillos, el catequista Abel Taborda cuenta que en cada esquina de la casa se escriben historias como la de Richard. “Gente que lo ha tenido todo o una buena vida y que, por una u otra razón, cae en este grado de indigencia. Hacen de la calle su vida, su nuevo hogar, su casa”.

Taborda es el encargado de la biblioteca de la Fundación. En ese recinto, tapizado de libros y lleno de butacas y mesas de madera, el joven ha visto a médicos, marinos, sargentos e hijos de prestigiosos empresarios y políticos en estado deplorable. “Sin saber quiénes son o para dónde van. O, en otros casos, sin querer volver a sus hogares, a ser lo que fueron”.

Así se cae. Una decepción amorosa, una crisis profesional, hijos o padres ausentes, rupturas familiares, violencia en la familia, la aspirada de un gramo de coca, de marihuana... Cualquier persona que no supere una crisis de estas y empiece a degradarse emocionalmente es susceptible de caer en un estado de indigencia.

La psicóloga clínica Tatiana Valencia, quien trabaja en la Secretaría de Bienestar Social del Municipio, admite que esta advertencia no está reseñada en los libros. Es una realidad.

“Pero también hay quienes ven la calle como opción de vida, la de ser gitanos, de divagar por la vida. El hombre es un animal de costumbres, y por ello muchos se quedan allí”.

El presente de Alexánder, otro errante de calle, es un poco de lo primero y un poco de lo último. Tiene 25 años y no sabe nada de su familia. No sabe cómo llegó al mundo, quién lo parió, quién lo crió. Ya no le importa. Al fin de cuentas lleva 20 años en esas, sobreviviendo en la calle, durmiendo en los andenes de las iglesias, pegado de la caridad.

“En Cali nadie se muere de hambre”, dice, con su voz borracha, poco entendible. Está drogado, se le siente en su aliento, en el olor a yerbas que desprende su camiseta negra.

“A mí gusta ser libre, no apegarme a nada. Me gusta estar allí y acá, un día vivir una cosa, otro día otra”.

El muchacho, que ríe al hablar y se toca la cabeza, recorre la ciudad a diario, calzando unas chanclas de plástico y una bolsa colgada en la espalda. Recicla y hurga en las bolsas de basura que encuentra en las calles. Pide en los semáforos o vende dulces en los andenes.

Según un censo del Dane y la Administración local realizado en el 2005 en Cali 1.975 habitantes de la calle se dedican a actividades similares. Es la única estadística que da testimonio de este problema.

Pero para el sacerdote José González, quien lleva años auxiliando a esta población y es el padre de la iniciativa Samaritanos de la Calle, la cifra es inverosímil. “Sólo en el centro de Cali el número llega a tres mil personas. ¿Y el resto de la ciudad?”, se pregunta.

“El número de personas en esta situación se multiplica cada vez más. La exclusión social a la que están sometidos impide que encuentren trabajo y cada vez más se les estrechan las posibilidades. Muchos, incluso, pasan de una pobreza moderada a casi a una indigencia”.

Sin embargo, Héctor Quintero, coordinador de la Fundación Bosconia, argumenta que el crecimiento de esta población se incrementa a diario porque la indigencia se volvió un negocio.

“Hay gente que se gana la vida así, implorando la caridad. La mayoría lo hace por lucro. Además es un negocio patrocinado por todos nosotros: les llevamos la comida a la calle, ropa, juguetes, medicamentos... ¿Qué necesidad van a tener de salir de ahí, si se les está ofreciendo todo? ¿Por qué piden en los semáforos? Porque hay gente que les da.”

Sin derecho a casi nada. Ahora John duerme en cama con colchón de paja. Dura, casi como el asfalto, pero aún más caliente, tanto así que llega a quemar. Es un cuarto tan estrecho como el baño de una casa. Tan incómodo que los ronquidos se mezclan con los hedores que expulsa el cuerpo.

El Calvario y Sucre se han convertido en el dormidero de muchos, casi de todos los habitantes de las calles caleñas. La Policía ya no deja dormir en los andenes, hace rondas diarias, nocturnas por toda la ciudad, y ahora John busca esa casita de la Calle 8 con Carrera 12, de paredes de madera, donde Gilberto Valencia y su mujer construyeron 18 habitaciones para los indigentes. Es un hotel sin estrellas, pero se cobra: $2.000 la noche.

La puerta de la entrada parece caerse, es de latas de eternit. Tiene una salita con sofás de telas de flores, corredores angostos, de donde penden mujeres semidesnudas seduciendo en medio de aceite para carros.

En cada recoveco de estos barrios hay casas así. Unas en ladrillo, otras en madera. Pero todas ofrecen lo mismo: por una noche, una cama con colchón de paja.

“La ropa la cargo en una bolsa, la lavo en el río o en una fuente y buscamos las casas de los Samaritanos de la Calle para bañarnos y desayunar”, dice John, un anciano que alguna vez fue contador, gerente, papá y abuelo. Ahora, sumergido en el alcohol, el sacol (pegante) y el ‘chirrinchi’ (mezcla de marihuana y basuco), espera el sueño eterno.

“Tengo sida. Una vez me dieron puñal y resulté en un hospital. Allí me di cuenta”.

Cuando muera, John será llevado a una de las casas de Samaritanos de la Calle, allí recogerán dinero para el ataúd y lo velarán en el andén. Tal vez sea enterrado en un cementerio de la Arquidiócesis de Cali.

Si su cuerpo lo recogen las autoridades será llevado a Medicina Legal. Allí permanecerá tres meses, en espera a que alguien lo recoja. Si no tiene dolientes, será enterrado en una fosa común, en el cementerio de Siloé, con otros 20 cuerpos.

Mientras viva, John tiene las puertas abiertas en los hospitales HUV o San Juan de Dios y otros de Nivel I, adonde son llevados quienes no tienen cobertura en salud. Quienes no existen para el Estado.

Eliana Morales, trabajadora social del área de urgencias del HUV, es quien recibe a los pacientes que llegan de la calle, sin documentos, sin tarjeta de servicio de salud. Lo más común, dice ella, es que lleguen con heridas producidas con armas blancas, de fuego, golpes, quemaduras o traumas por accidentes de tránsito.

Al interior del hospital se devela otra seria problemática. Muchos indigentes se quedan en la institución internados por meses, porque no pueden valerse por si mismos para devolverse a la calle.

De seis pacientes semanales que ingresan, uno se queda pernoctando en el hospital.

“Se nos convierte en una dificultad, porque algunos se quedan aquí, a veces sólo por recibir comida y dormida. ¿Y cómo vamos a echarlos?”.

Alguna vez John fue atendido en uno de esos hospitales, por los golpes de la puñalada que le anunció ser portador del VIH, lo que lo llevó a escapar de una verdad que ni él mismo aceptaba. “¡Bah!, finalmente nosotros no tenemos derecho a casi nada, o mejor, a nada. ¿Quién quiere tener un hermano o peor, un padre indigente?”.

Lea mañana: Iniciativas para atender esta población. Testimonio de recuperación.

Cifras
  • 88,5% de los habitantes de la calle dicen ser de Cali, según censo del año 2005.
  • 83% afirmó no tener ningún servicio de salud. El 14% dijo tener Sisbén.
  • 72% de esta población reconoce consumir alguna sustancia psicoactiva.
  • 300 mil pesos es lo que cuesta enterrar a un habitante de la calle en una fosa común.
  • 400 pesos vale un cigarrillo pequeño de marihuana o basuco, en el centro.
  • 1.645 niños, se estima, trabajan y viven en las calles, según un censo del 2005.

    “Prefiero estar en la calle, pidiendo plata”
    Sólo cuando ríe parece un niño inocente. Serio, con la botella café pegada a su boca y la mirada desviada, es un hombre que luce amargado, enojado, sin vida.

    James recorre todas las noches las calles de Cali, sin rumbo, solitario.

    Este es su testimonio, lleno de lagunas, como su vida, lleno de incoherencias, producto del fastidioso y penetrante olor del sacol.

    “El pegante sabe rico. Me hace sentir rico. Algo raro, me duele la cabeza, pero luego puedo caminar mucho, mucho. Sin sueño. Luego me da sueño y duermo mucho, todo el día. Lo mejor es que no da hambre. Así no como, mejor recojo y compro el bóxer. Me cuesta $2.000. Y dura y dura... Vivo en la calle hace como.... no sé cuántos años, tengo 12 y yo hace rato estoy en Cali.

    Es que mi familia vive en Ibagué. Mi mamá y mi hermano. Yo la llamo y le digo “mami, ya voy para allá, y le voy a llevar algo bonito”.

    Pero ella se ríe y me da rabia, entonces no la vuelvo a llamar, pero la señora de la cabina me la pasa al teléfono o se la pasa a mi hermano.

    Yo vivo con mi hermano, tiene 18 años. Dormimos juntos en una pieza, allí arriba... El siempre me espera...

    A veces pagamos, a veces no. Entonces nos vamos a dormir a la Sexta o debajo de un puente, en la Isla. Comemos de la basura, a veces nos regalan...

    A mí no me gusta estudiar. Mejor, sí, mañana voy a ir. Un día la profe nos dio pintura y yo me la eché en la cabeza, por eso me regañó. No volví.

    Prefiero andar todo el día la calle, pidiendo plata...

    Aunque yo sí quiero estudiar y ser Policía, para matar a los ladrones. Ellos me ‘bajaron’ un día de todo. Me quitaron hasta la ropa. Si los veo les doy duro. Patadas, quiero darles patadas, muchas”.




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    Lida Patricia Erazo / Cali Colombia
    creo que se deberian implementar programas de recuperacion y salvacion para los niños de las calles ya que esta situacion es un circulo rotatorio entorno al medio me pregunto que hace ... (Ver Más)

    Iglesia Ministerial de Jesucristo intern / españa
    Estas personas la unica ayuda que puede sacarlos de ese tabernaculo en el que estan es buscando aDios, puede sonar extraño para algunas personas que desconosen cosas que ya son palpables ... (Ver Más)

    Pedrosky / Cali-Colombia
    Todas estas personas y niños tienen un comun denominador, consumo de alucinógenos, es una cadena de padres a hijos, algo muy degradante. Lo importante no es solo la denuncia, es como ... (Ver Más)
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