Testimonio
La última fauna silvestre de Cali
Por José Alejandro Castaño, Editor de Crónicas y Reportajes
A pesar del auge modernizador que amenaza los bosques y las zonas verdes de la ciudad, especies que se creían extintas siguen entre nosotros, enfrentando una lucha desigual. Crónica sobre el último tesoro que podemos salvar.
En muchos sentidos, Cali parece un monstruo, uno gigante y a veces furioso. Sus 558.667 construcciones son verdaderas escamas de ladrillo y sus venas, por las que avanzan 340.000 automóviles al día, son negras y agujereadas. La bestia respira y cada 24 horas exhala 550 toneladas de un hollín negro que hiede y enferma. También, vocifera y su voz es ruidosa.
Lo increíble no es que Cali y su brega furiosa por crecer intimiden. Lo increíble es que aquí y allá, entre sus pliegues de hormigón y sus puentes y sus fachadas sucias, otras vidas se empeñen en crecer. Parece mentira: Cali todavía es la casa de animales que se creían extintos en este trozo de mundo. ¿Cómo son? ¿Quién los ha visto?
Por tres semanas, El Pais recorrió los bordes de la ciudad, escudriñó sus rincones, deambuló las esquinas y se metió en los matorrales y bosques que las empresas constructoras todavía no sepultan para sembrar edificios.
Encontramos rastros, algunos fotografiados, de guatines, cuzumbos, halcones, loras, búhos, pollas de agua, ardillas, iguanas, garzas, zarigüellas, ranas, mariposas, culebras y cientos de pequeños pájaros de todos los colores: colibríes, carpinteros, golondrinas, siriríes, petirrojos, azulejos, sinsontes, mirlas, cucos, turpiales... Cali sigue viva, a pesar del esfuerzo constante de casi todos por ahogarla en las 2.000 toneladas de desechos que producimos al día.
Los guatines, un mamífero roedor familiar de los conejos, todavía deambula por Ciudad Jardín, justo en los bordes del lago donde hace años unos narcotraficantes liberaron una babilla (Ver nota anexa). Su aspecto, en medio del ruido de buses y de gente, resulta desconcertante: tienen el tamaño de un perro pequeño, son de pelos color marrón y amarillo; bigotes largos, nariz chata y ojos negros. No son lo únicos en ese lugar del sur.
Algunos habitantes del sector juran haber visto otro raro espécimen en la maleza circundante. Dicen que es alargado, rojizo, como un perro salchicha, con cola de mapache, lanuda. Su nariz, cuenta la gente, es alargada y prensil, parecida a la trompa de un oso hormiguero.
La descripción coincide con la de una zarigüella lanuda, pero también con la de un cuzumbo, un mamífero extinto en muchos bosques del país por culpa de la tala indiscriminada que, unas veces los ganaderos y otras veces los narcotraficantes, pagaron para extender sus industrias.
¿Cómo han hecho estos animales para resistir en la ciudad, para no morir engullidos por Cali? En los caños y humedales del Distrito de Aguablanca se ven garzas y halcones que cazan ratones y sapos. En los lagos artificiales del Club Campestre hay pollas de agua y alcaravanes.
El biólogo Carlos Andrés Galvis, director científico del Zoológico de Cali, cree que todo se trata de un milagro. Él cree que todas esas especies viven en la ciudad gracias a su habilidad para adaptarse, incluso a pesar del ruido, la contaminación y la ignorancia de algunas personas que las persiguen y atacan. Al hospital del Zoológico han llegado águilas pescadoras heridas por disparos de escopeta y halcones golpeados con piedras, también culebras inofensivas aplastadas a escobazos. ¿Por qué nos empeñamos en extinguir el último rastro de fauna silvestre de nuestra ciudad? ¿Qué odio absurdo nos convierte en mata vidas?
Orlando Castillo, habitante del barrio Santa Rita, ha visto desde el balcón de su apartamento a cazadores que pasan por el borde del río Cali en compañía de perros y armados con escopetas. Él dice que horas después los ha visto regresar exhibiendo el cuerpo de guatines y garzas a ojos de todo el mundo, como si nada.
El testimonio de Orlando coincide con el de algunos vigilantes y porteros de edificios que también dicen haber visto cazadores rumbo a las reservas de bosque que todavía quedan en el oeste de la ciudad. El drama es que, advierte un agente de la Policía Ambiental, las sanciones para los cazadores y comercializadores de fauna silvestre son inofensivas, llamados de atención inútiles.
El uniformado pone como ejemplo las tiendas de mascotas de los centros comerciales donde se venden tortugas, culebras y pájaros en peligro, muchos de ellos cazados en los barrios de la ciudad. La voz impotente de un policía al que le pagan por frenar el abuso resulta reveladora: la ciudad asiste al aniquilamiento diario de su último patrimonio de fauna, pero la mayoría ni siquiera parece advertirlo.
Los animales, sin embargo, no se rinden. Por lo visto en los parques y barrios visitados por El Pais en el norte y en el sur y en el oeste, algunas especies parecen persistir. Ojalá que así sea. De eso también depende que este trozo de mundo no sea sólo un montón de adobes muertos y sucios. Justo esta ciudad que muchos insisten en seguir llamando ‘La sucursal del cielo’, también debería ser la de los animales.
¿Y la babilla?
Una historia sobre un reptil abandonado en Ciudad Jardín es cierta. El animal está vivo, dicen los vecinos.
La gente cuenta que hace unos diez años, los hermanos Rodríguez Orejuela liberaron una babilla en el lago enfrente de sus mansiones de Ciudad Jardín. Fotos y decenas de reportes dan cuenta de la presencia de animal.
Pero, desde hace tres años se tejen versiones sobre la muerte del reptil, similar a un cocodrilo pequeño. Por cinco días, El Pais recogió testimonios de obreros que la han visto en las últimas semanas. La información fue corroborada por la Policía: la babilla sigue ahí, viva y, al parecer, feliz.
| NUESTROS USUARIOS OPINAN |
Los mensajes listados a continuación corresponden a los lectores. Elpais.com.co no se hace responsable por el contenido de los mismos.
|
|
|
| |