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Crónica
Una fantasía en medio de la dura realidad

Por Jorge Enrique Rojas, reportero de El País.

Simbolismos. El parque, desde la entrada y hasta su último rincón, está lleno de símbolos, alegorías y homenajes a Cali y el Valle del Cauca. El recorrido completo por el lugar, puede hacerse en una hora aproximadamente.
Foto: Ernesto Guzmán Jr. / El País
En el jarillón del Cauca, una de las zonas más marginales de la ciudad, ahora hay enorme parque ecológico.

Antes, no hace mucho, allí mismo robaban y mataban. Y había días en los que también pasaban cosas peores. ¿Peores que la muerte?, “Sí, créalo, pasaban cosas peores”.

‘Carlos-Metralla’ lo dice así, con una naturalidad tan pasmosa que por momentos desconcierta: el chico apenas tiene 13 años y ya es un experto contando tragedias. Pero en verdad eso no es lo sorprendente. Lo que asombra es que ahora ese mismo niño hable de las historias como si se tratara de un cuento de hadas que tuvo un final feliz.

Carlos vive en Valle Grande, un barrio del Distrito de Aguablanca recostado contra el jarillón de río Cauca, que un día fue una invasión de calles amarillas anegadas por la lluvia, las aguas negras y los desbordamientos que de tanto en tanto ocurrían. Pero eso en estos días también se ve lejano. Realmente muchas cosas han cambiado por ahí.

En la última Navidad, lo que alcanzaba a divisarse desde la ventana de su casa era aquel asentamiento subnormal que la gente conocía como Villa Moscas y que en los últimos años se convirtió en la sede de operaciones de la ‘Banda del humo’, una de las pandillas más temidas del oriente de Cali. El jarillón, ese dique que hace 40 años construyó la CVC para proteger a la ciudad de los desbordamientos del río, se había transformado en un tenebroso corredor que, contrario a su vocación inicial, amenazaba a unos y otros. Entonces, allí, pasaban cosas peores que la muerte.

La oruga se convierte en mariposa

A ‘Carlos-Metralla’ le dicen así porque a veces el miedo lo convierte en tartamudo. Cuando eso pasa, explica, el pánico lo bloquea y sus palabras se llenan de intérvalos mudos que hacen parecer que su voz ronca y gangosa saliera expulsada como una ráfaga irregular, capaz de asesinar casi cualquier conversación.

Pero hace tiempo que eso no sucede. El chico de dientes apiñados ahora habla sin pausas ni esfuerzos adicionales, mientras abre la ventana y contempla un horizonte que para él se sugiere como una cura milagrosa. Tal vez lo sea: al fondo, donde antes algunos se escondían para matar y robar y violar y vender vicio y desguazar carros y ocultar motos robadas y reclutar menores para nutrir a la guerrilla y los paramilitares, ahora hay un parque con flores y plantas silvestres y muros de colores y senderos ecológicos y aves y toda una fauna que se creía extinta justo allí, donde no hace mucho, la vida casi se advertía como un prodigio imposible.

Pero pudo ser. El proyecto empezó a gestarse desde el 2006 cuando la Alcaldía inició la reubicación de la gente que vivía en la zona y que en el 2007 terminó de ser trasladada a la urbanización social Potrero Grande. Entonces, con esa porción de terreno desocupada (1,4 kilómetros a orillas del Cauca), desde el principio se planteó una solución que además de impedir nuevas invasiones, permitiera la educación y sensibilización de los habitantes del Oriente.

Lo que conjuró una y otra cosa fue un parque construido sobre y con los mismos escombros y desechos, que en su momento se emplearon para rellenar tierras movedizas y levantar la primera invasión. Aunque eso no fue cosa de hadas: la magia del asunto estuvo en una decisión institucional de la CVC que posibilitó la inversión de $1.300 millones, para que la basura se transformara en la materia prima de una obra en la que 192 personas trabajaron durante seis meses y que fue inaugurada el pasado jueves.

¿Pero cuál es la razón de apostar por esa zona marginal en la que tan pocos creen? ¿Por qué un parque y no una cancha de fútbol? ¿A quién le servirá un malecón para caminar junto a un río moribundo?

Hadas revoloteando sobre la basura

El director de la CVC, José William Garzón, dice que en realidad se trata de uno de esos riesgos que a veces se deben correr en las ciudades con la fe de que las cosas al fin cambien: “En un sector como ese, que crece reclinado sobre el Cauca, era urgente un proyecto que le permitiera a la gente no sólo apropiarse de una obra sino del río mismo, para que lo entienda, lo quiera, lo rescate. Aunque servirá para ese fin, el parque no será recreativo, su primera vocación será educativa”.

Su arquitecto, Jorge Enrique Santacruz, afirma que esa es la explicación del diseño que fue aprobado: cinco jardines temáticos a través de los cuales el recorrido termina constituyéndose en una clase de ecología itinerante que podrán entender (y a la que podrán acceder) niños y ancianos, mujeres y hombres, ricos y pobres.

Pero sin duda, uno de los mayores atractivos es que todo cuanto hay allí, antes no fuera más que un arrume de basura. Eso sí que parece un cuento de hadas: muros hechos con envases de refrescos, cercas construidas con retales de guadua, senderos de colores armados con ladrillo molido, llantas transformadas en materas donde germinan orquídeas, botellas de cerveza que ahora le dan forma a orugas y mariposas ambarinas.

‘Carlos-Metralla’ mira todo desde lejos y dice que ahora vivir junto al río puede ser una fortuna. El chico cree que así como pasó con esa porción del jarillón, tal vez este sea el comienzo de un cambio que, por ahí, le permita a los niños ser eso, niños, y no pequeños hombres asustados. La voz es clara: sus palabras no son tiros al aire.

Son cinco jardines

1. ‘Olores, Colores y texturas’: potpurrí de fragancias florales medicinales. Caminos rojos, anaranjados, amarillos, brillantes.

2. ‘La Baja’: recreación del posible panorama que dejaría una inundación como consecuencia del descuido ambiental.

3. ‘Cactuario’: camino guiado por materas puestas de cabeza. Continuidad del simbolismo.

4. ‘Jardín Germinado’: homenaje al Valle del Cauca y su diversidad agrícola.

5. ‘Vida, Luz y Sonidos’: por el ‘Malecón de la Salamandra’ se divisan algunas especies que regresaron.

En sus propias palabras

"Cali urge espacios públicos. La norma es que por ciudadano sean 15 metros cuadrados, pero no llegamos a los cuatro”. José william Garzón, director de la CVC.




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