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Los ‘chicos del aire’ están de cumpleaños



Exigencia.El proceso de selección de los cadetes en realidad es duro: sólo el año pasado se presentaron 2.500 aspirantes para disputar 150 cupos disponibles.
La base aérea Marco Fidel Suárez llega a sus 75 años. Tras los muros del complejo de la Octava, hay mucho más que una unidad militar.

Piloto. Nunca quiso ser otra cosa. La voz del cadete Gerardo Vega gravita entre la inocultable ansiedad del novato y ese inseparable tono de mando que siempre parece heredarse en la milicia. Son las diez y media de la mañana y el sol ya ha recostado su pesada barriga sobre la pista del simulador. Por una y otra razón, bajo el uniforme y sus lentes oscuros, Vega suda: dos años y ocho meses después, al fin estará en el aire.

Sin embargo, desde el suelo, el que le espera podría verse como un ejercicio menor. Se llama Motivación y Ambientación al Vuelo y consiste en despegar un ultraliviano de dos plazas que, en realidad, será maniobrado por un instructor que irá sentado a sus espaldas. El hombre, un Mayor de la Fuerza Aérea que lleva años repitiendo la tarea, hará planear el aparato mientras el estudiante de tercer año chequea los instrumentos de vuelo y se habitúa a movimientos que luego deberán ser rutinarios. Pese a la aparente facilidad de la prueba, Vega suda con razón. El Mayor cuenta que en el aire los miedos son menos livianos y que por eso la verdadera importancia del adiestramiento es el análisis que permite: el comportamiento del novato durante el tránsito aéreo dará pistas de la clase de piloto que será. O que no será.

Pero esta no es la historia de una frustración detectada a cuatro mil metros de altura. Doce minutos después y de nuevo en tierra, el cadete celebra con una llamada desde su teléfono celular. Del otro lado habla su mamá o la novia, quién sabe. Vega sólo sonríe. Él dice que desde niño eso es todo lo que ha querido hacer: volar. V-o-l-é, dice a través del auricular, con la placentera calma de alguien que, en verdad, ha tocado el cielo con las manos.

Ese miércoles el ejercicio se repite una y otra vez. El firmamento de la Escuela de Aviación Marco Fidel Suárez por momentos puede advertirse casi estrecho para las naves que lo atraviesan de un lado a otro. No importa que se trate del pedazo de cielo que le corresponde a un terreno de 157 hectáreas, una extensión semejante a la de 310 campos de fútbol. Siempre ha sido así: allá arriba está el salón de clases de hombres y mujeres que se forman para conquistar las alturas y, claro, defenderlas.

Quién lo creyera, en este país de guerras ciegas, panoramas revueltos y paraísos lejanos, estudiar para convertirse en piloto y servir a las Fuerzas Armadas sigue siendo el anhelo de muchos. Al oriente de Cali, en la Carrera Octava entre Calles 44 y 62, el sueño se cumple año tras año: en el periodo en curso hay 580 cadetes inscritos y desde 1933, 4.688 oficiales se han graduado allí. La base es única en Colombia y este domingo cumplirá 75 años. ¿Es esa es la razón por la cual Cali es conocida como La Sucursal del Cielo?

Para celebrar, hoy habrá más de tres mil acrobacias aéreas por cuenta de una escuadrilla acrobática del Brasil y de la Fuerza Aérea local.
Hasta el infinito y más allá

En realidad no. Antes la base tuvo otras sedes. Bajo el gobierno del presidente Marco Fidel Suárez y la asesoría de una misión francesa, en 1921 la escuela militar de aviación se fundó en Flandes, Tolima, con un piloto Jefe, un profesor de mecánica, algunos docentes civiles, veinte alumnos, dos jefes de taller, ocho aprendices mecánicos, una escuadrilla de cuatro aeroplanos y dos aparatos de segunda clase para la instrucción de novatos. Duró poco. De acuerdo con los registros, un año después cerró por “déficit presupuestal”.

Como volar es una cuestión de persistencia, en 1924 volvió a abrirse en Madrid, Cundinamarca, hasta que cuatro años después el mismo mal la clausuró de nuevo. En 1932, cuando por sugerencia de una misión alemana fue trasladada a Cali debido las condiciones topográficas llanas de la ciudad, ya nunca más cerró. Bueno, justamente ese año fue la guerra con el Perú y, quizás de forma premonitoria, el Gobierno decidió apostarle a lo que en aquel momento consideró “un frente necesario para épocas venideras”.

Pero la base es mucho más que un fortín de defensa. Detrás de sus muros hay una pequeña ciudad que le sirve a la otra. Sólo este año la Escuela de Aviación tuvo un presupuesto de $20.000 millones para hacer inversiones que de una u otra forma beneficiaron a Cali. La generación de empleos a civiles es apenas un ejemplo: 359 directos y más de dos mil indirectos.

El comandante de la unidad, general Javier Pérez, dice que se trata de un compromiso. “Esta es nuestra casa y hay que cuidarla”. Y el esfuerzo se nota: en los últimos tiempos, la Escuela Militar de Aviación se ha posicionado como uno de los centros de formación superior con mejores resultados del país y su área de Investigaciones en Tecnología Aeroespacial ha iniciado estudios que no se hacen en ninguna otra parte. De hecho, en este momento avanzan en un proyecto de cohetería que en un futuro permitirá instalar satélites en el espacio. Parece increíble, pero no.

El compromiso al que hace referencia el General es una certeza anclada en la tierra. Aunque se conoce poco del tema, una de sus tareas más importantes tiene que ver con la labor social ejecutada en las comunas vecinas. Allí, todos los meses, desarrollan brigadas de salud y de educación y son puestos en marcha programas como Pilotos por un Día, que le permite a niños de escasos recursos acercarse a los aviones y a esa vida que por momentos ven tan lejos, casi inalcanzables.

Hace dos años, por una cuestión de seguridad derivada del crecimiento desorbitado de Cali, llegó a considerarse el traslado del complejo militar. En su momento dijeron que era lo más adecuado. Pero ya no pasará.

Daniel Mora, un estudiante de quinto de primaria del barrio Las Ceibas, dice que eso es una fortuna. Desde la terraza de su casa, las aeronaves que despegan desde la Base se alcanzan a ver mientras cortan el firmamento en jirones. Daniel tiene once años y un cuarto lleno de aviones de juguete que colecciona y pinta y arma y sobre todo ama. Lo hace desde que entró a la base y fue Piloto por Un día. El chico es hijo de un hombre que siempre quiso volar, pero que nunca pudo. Daniel no cuenta las razones. Sólo se para en el borde de la terraza, abre los brazos, lanza un avión de papel al vacío. Dice que un día lo logrará. V-o-l-a-r-é, dice con las manos abiertas y la voz de alguien que anhela tocar el cielo con las manos. Con el viento en la espalda, los sueños parecen más livianos.




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