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8 de Noviembre de 2009
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Opinión
¿Y el otro diputado?

Por Olga L. Criollo

En medio de la rabia y el dolor que despiertan en el corazón el primer aniversario del asesinato de once diputados del Valle, hay una terrible pregunta que la razón no puede dejar de hacerse: ¿qué suerte corrió Sigifredo López después de ser testigo indirecto de ese fatal desenlace?

Porque eso es lo que dicen los computadores de ‘Raúl Reyes’, que “el diputado sobreviviente no vio nada, sólo escuchó”. Quiera Dios que ese “sólo” signifique que, aunque él sí estuvo cerca del sitio donde mataron a sus compañeros, ‘Alfonso Cano’ no consideró eso como un obstáculo para su vil propósito de mantener en secreto las reales circunstancias en las que se produjo la masacre.

Pero, y lo digo con todo el respeto y la solidaridad que siento por su familia, estamos hablando de las Farc. No de una organización que le respete el más mínimo de los derechos humanos a sus cautivos. Estamos hablando de un grupo terrorista que con los 95 balazos que le propinó a ese grupo de secuestrados le demostró al mundo la crueldad y la ignominia de la que es capaz.

Además, no hay que olvidar que los correos son de hace un año y que, pese a que lo ha implorado por todos los medios posibles, doña Patricia Nieto, esposa de Sigifredo, no ha recibido ninguna prueba de supervivencia, salvo la esperanza que late en su corazón.

Todo esto lo digo con el único objetivo de que los vallecaucanos no nos olvidemos que todos los diputados no murieron aquel 18 de junio del 2007. Que hay uno al que las Farc nunca se han referido públicamente y que no podemos resignarnos a que se incaute otro computador para saber de él.

Unidos en un solo clamor, todos debemos acompañar los ruegos que también hacen doña Nelly, su mamá, y Lucas y Sergio, sus hijos, y exigirle a la guerrilla que lo devuelva de inmediato. O que, por lo menos, envíen una prueba contundente de que actualmente se encuentra bien. Tengamos en cuenta que si dejamos a esta familia sola en su lucha, como sociedad perderemos la oportunidad de sacudirnos de la indiferencia con la que presenciamos su cautiverio y el de sus compañeros.




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