Por: Demetrio Arabia
Arabescos
Una cosa es sentir y otra cosa es decir. Con el corazón se siente y con la boca se miente. Una cosa es hablar del intercambio humanitario y otra cosa es sentir su necesidad. Lo ideal, en apariencia, es ponerse de acuerdo para negociar un intercambio de rehenes por presos, pero ese solo hecho, el de ponerse de acuerdo para el acuerdo, equivaldría a oficializar el secuestro, porque se habla de una cantidad determinada, como si se negociara una promoción de Navidad, con ganchos importantes -Ingrid y tres norteamericanos- dejando a la buena de Dios, un ‘saldo’ de 3.000 compatriotas que seguirán secuestrados mientras se selecciona la siguiente entrega promocional. Y así sucesivamente…
Sinceramente, no veo con buenos ojos este tipo de operaciones, porque en los negocios se necesita voluntad de las partes. Si yo quiero vender un Simca y lo cotizo al precio de un BMW, sencillamente estoy ‘mamando gallo’ para no venderlo. Igual ocurre con las Farc y el ELN, saben que no pueden dejar en libertad a sus secuestrados porque de ellos viven. Y por eso resulta iluso -y a veces chocante- que Uribe y sus comisionados sigan señalando a los matones como únicos responsables de esta pesadilla, cuando en sus manos está la decisión de hacer lo que sea -negociar o tomar por asalto- para acabar con una industria macabra, que, quiéranlo o no, se oficializó desde el mismo momento en que los secuestrados en Colombia adquirieron estatus y precio por su liberación.
El problema de los secuestrados no se resuelve con comisionados ni facilitadores. El secuestro se acaba cuando nuestros gobernantes entiendan que la tolerancia, si se excede, se convierte en ofensa. No más carreta. En lo necesario, unidad. En lo dudoso, libertad. Y en todo, señor Uribe; una cualidad que a usted le hace falta: caridad.
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