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Cali
Rescatados del infierno por las manos del amor

Por Aura Lucía Mera, especial para El País.

Caridad. En el Hogar del Anciano Abandonado, Jesús de la Misericordia, Anabeiba Lasso (a la derecha), ha devuelto la alegría a decenas de ancianos que hoy viven de nuevo en familia.
Foto: Ernesto Guzmán / El País
Anabeiba Lasso atiende a 32 ancianos que abandonados llegaron a su hogar. Ejemplo de caridad.

¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Tienen familia? ¿Qué edad tienen? Nadie sabe. Los recogieron de la calle, como basuras humanas, condenados al infierno de la soledad y el abandono hasta que la muerte llegara, piadosa a darles el descanso final.

Pero Anabeiba se le adelantó a la muerte y al olvido final. Decidió a sus cuarenta y pocos años que en su casita había lugar. Recogió uno, luego otro, otro más… hasta que los vecinos de su humildísimo entorno pusieron el grito en el cielo… estorbaban también .

Olían a viejo. Olían a abandono. Olían a olvido. Anabeiba se busco otro lugar… esta vez una casa más grande porque comprendió que su vida la dedicaría a extraerle al infierno estas vidas todavía palpitantes, y les dedicaría amor y ternura. Escogió el barrio Alfonso Bonilla Aragón.

Una estrecha callejuela, cerca a un caño, se convirtió poco a poco en lo que es actualmente. La Fundación y Hogar para el Anciano Abandonado ‘La Misericordia de Jesús’. Logró sacar personería jurídica y abrió una cuenta de ahorros para los que quieran ayudar. Porque de eso se mantiene.

El Municipio no le tiende ni una mano. Esos hombres y mujeres no cuentan para nada. Sin Sisbén. Sin papeles. Sin familias. Sin nombre ni edad. Están muertos oficialmente. Los únicos que se siguen lucrando son los cementerios. Mejor dicho el cementerio de Siloé.

La Arquidiócesis entendió que la obra de misericordia de enterrar a los muertos podría, al mismo tiempo, ser un gran negocio y no perdona los $300.000 para permitir dar cristiana sepultura a esos seres, de antemano olvidados de Dios.

Anebeiba sabe que si no paga, no hay paz en sus tumbas. Los vela en el andén de su casa. En el callejón estrecho. Al lado del caño. Sus vecinos, sus hijos y los que siguen vivos en lista de espera, les rezan y les cantan. A veces hay para velas y acaso alguna flor.

En la visita que hice con Guillermo Zapata, director del Hospital Geriátrico San Miguel, y con Consuelo Bohórquez, angel de la guarda, trabajadora social de Hospital Departamental, le sugerí a Anabeiba que depositara esos difuntos en frente de la Catedral. Me miró horrorizada.

Prefiere pagar. Son sus “niños”. Los acompañará hasta su destino final. Cuando no tiene sino panela, les da tetero. Ellos y ellas, con manos acartonadas se lo toman, algunos entrecerrando los ojos, tal vez recordando sus remotas infancias, cuando se asomaban al mundo y de alguna manera, alguien los alimentaba.

El Banco de Alimentos le ayuda con frutas y verduras, lo que conocemos como alimentos perecederos. Pero el grano escasea, la carne es un lujo.

Muchas personas de otros países han mostrado su solidaridad con la señora Anabeiba Lasso, pero han sido ayudas temporales y no permanentes. Si quiere colaborar con la Fundación del Anciano Abandonado, lléveles cobijas, alimentos no perecederos, utensilios de cocina y vajilla. También dinero. “Dios no nos deja morir de hambre. Son mis niños. Son mi razón de vivir”. Anabeiba Lasso Fori, directora de la Fundación del Anciano Abandonado.
Muchas mañanas la nevera amanece vacía y sólo resta juntar migas de pan con restos de cebolla y papas. Algunos comparten el mismo colchón. Son pocas las camas. Muchas las colchonetas. Las cobijas cubren sus cuerpos frágiles. Algunos parece que se van a quebrar.

Pero el amor inunda esta casa. Huele a limpio. El calor humano les devuelve la vida. Algunos ancianos aplauden cuando llegamos, nos estrechan las manos. Están tibias. Todavía hay luz en sus ojos. Sonríen. Las señoras se arreglan. Hay dignidad , respeto y pulcritud para todos.

“Somos una gran familia”, me dice doña María Elisa, con su cabello blanco y brillante. “No peleamos”. Gonzalo, en cambio, no habla. Sufrió un derrame. Nos mira atento. Cuántas cosas nos quisiera contar.

Rosa María se engalana. Un sombrero rojo la adorna y sale de su habitación. Es vanidosa. Martha Lucía está muy joven. Pero le dieron hace algunos años escopolamina y la tiraron cerca al Hospital. No tiene retorno. No sabe quién es. Pero sonríe y nos tiende sus brazos.

Don Dionisio todavía está entero. Fue lustrabotas en la Plaza de Cayzedo durante más de treinta años. Está en sus setenta. Cuando Apolinar Salcedo los removió, en esa batida le robaron su equipo, se sintió enfermo y fue a un hospital de barrio. Hace meses lo dejaron en manos de Anabeiba.

Se levanta la camisa. Un tumor gigantesco le sale del estómago prácticamente reventándole la piel. Nadie volvió a acordarse de él. Quiere que lo operen. Quiere volver a lustrar zapatos. Quiere seguir vivo, pero oficialmente no existe. Sigue esperando.

“Todavía no me duele esta pelota… todavía, si me la quitan, puedo trabajar”. Otra joven, con casi todos sus dientes perdidos y un retardo mental nos abraza. Llegó allí quemada por cigarrillos en la cabeza y los brazos. Abusada. La recogieron en la calle. Ahora sabe que la cuidan. Tiene un hogar.

Son treinta y dos en total. Una gran familia. A veces ven películas. Alguien les donó un televisor grande. Pasean por la calle estrecha y ven la luz del sol. Algunas veces cantan.

Los que ya no pueden incorporarse, algún mutilado, o ya el que casi adquiere la posición fetal, tal vez, intentando regresar a su primera infancia simplemente nos mira. Acaricia su tetero de aguapanela y chupa con lentitud.

En la calle el sol golpea fuerte. Sol de bochorno y agua. Llega un carro viejo, recalentado. Desciende un hombre adulto y canoso. Lleva la manguera de una colostomía pegada a su cuerpo. Sonríe y abre la puerta. Tres docenas de piñas maduras en un gran canasto. Es su regalo. Todos sonríen.

“Dios no nos deja morir de hambre. Son mis niños. Son mi razón de vivir”, dice Anabeiba.

La Cuenta de Ahorros esta en el Banco Caja Social el número 24019611385 a nombre de Fundación para los Ancianos Abandonados. Su teléfono es 448 3631 . Celular 316 4593051. Su dirección es Calle 91 A No 26 p 47, barrio Alfonso Bonilla Aragón, Comuna 14.

Anabeiba Lasso Fori. Al morir su marido, ella y sus seis hijos la ayudan en el amor. Sus vecinas y amigas también están firmes en esta labor dignificante y ejemplar. Devolverles la vida a estos treinta y dos —por ahora— seres humanos que estaban condenados al infierno del olvido y la indiferencia.

¿Dónde están sus hijos? ¿No tuvieron hermanos? ¿Cómo llegaron a tirarlos en andenes y puertas de hospitales y centros de salud? ¿Qué pensará la Curia que no les perdona el cheque? ¿En qué sociedad vivimos? ¿Y el Gobierno Municipal qué?

Lo único que sé es que Anabeiba es una mujer llena de vida, sonriente, de ojos luminosos, de armas tomar, y con un corazón repleto de amor y optimismo. Llena de fe y optimismo. Su casa reluce como un diamante incrustado entre el callejón y el caño. Para ella todos los días sale el sol.




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