Y sigue la depredación

Septiembre 21, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"Todo vale en el atentado ecológico que se comete en la reserva de San Cipriano..."

Dinamita, túneles, maquinaria pesada. Todo vale en el atentado ecológico que se comete en la reserva de San Cipriano, los ríos Dagua, Anchicayá y el Escalerete, de gran importancia para el equilibrio ecológico en esa zona del Pacífico y el suministro de agua potable para Buenaventura. Y vuelve a aparecer la misma pregunta: ¿Qué papel desempeña el Estado en la protección de la naturaleza y los derechos fundamentales de los habitantes de esa zona, vulnerados por la búsqueda del oro?Ayer, los reporteros de El País entregaron un informe crudo y descarnado de lo que está sucediendo en San Cipriano, la que hasta hace poco era una región tranquila. Ahora, las retroexcavadoras actúan amparadas por las sombras de la noche, mientras algunos se ingenian la manera de cavar huecos con hasta 15 metros de profundidad, para dizque llegar al preciado metal. Y no faltan los que utilizan dinamita para abrir los huecos que los llevarán a la riqueza añorada. Es la depredación justificada falsamente en la necesidad e impulsada por los mercaderes que actúan a sus anchas, mientras las autoridades ambientales de la CVC se declaran impotentes y desde la Alcaldía de Buenaventura se emiten débiles señales sobre el compromiso de cumplir la ley y proteger los derechos que se le han confiado.Nada parece servir para que en el Gobierno Nacional tomen nota y hagan algo para evitar que en San Cipriano, en los ríos Escalerete y Anchicayá, se repita el ecocidio cometido en Zaragoza. Nada parece suficiente para impedir la escalada de la muerte que ya ha dejado cinco víctimas en el nuevo escenario de la destrucción que está creando la búsqueda del metal precioso que, a juzgar por las expresiones de Rosa, una de las mineras ilegales, escasea. Pero sí crece la amenaza, ya no sólo de destruir un patrimonio natural invaluable, sino de las avalanchas y la devastación que puede ocasionar la destrucción de las cuencas en esos ríos. Hace pocas semanas, el Ministerio de Vivienda y Medio Ambiente declaró reserva natural a Bahía Málaga, mediante una polémica resolución basada, entre otras cosas, en la necesidad de proteger las culturas indígenas y negras asentadas allí. ¿Por qué no se ha pronunciado con la misma energía frente al atentado ecológico, cultural y de orden público que se está cometiendo en el río Dagua, la reserva forestal de San Cipriano, el Anchicayá y el Escalerete? ¿Están sus habitantes condenados a que se les destruya su hábitat y se les cambien sus costumbres por una mentirosa y absurda fiebre de oro? Y mientras esa fiebre causa estragos, vías de comunicación como la doble calzada que comunica al interior de Colombia con Buenaventura o la vía férrea, sufren el deterioro causado por quienes andan en la búsqueda del oro y usan toda clase de artificios para lograr su cometido. Ni qué decir de la amenaza a la vida y la integridad de los miles de campesinos que habitan la zona, y de los mismos mineros ilegales. Pueda ser que las denuncias de los reporteros y de la gente en peligro puedan conmover a quienes tienen el deber de aplicar la autoridad en esa zona, antes de que sea demasiado tarde.

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