Turno para Lula Da Silva

Julio 21, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

Ahora, el turno es para Lula Da Silva. Apresurarse a condenarlo es irresponsable. Pero ya la Justicia le pide cuentas sobre su posible participación en el tráfico de influencias por su relación con la constructora Oderbrecht, uno de los grandes protagonistas del desfalco a Petrobras. Y se sabe ya que varios de sus viajes a Santo Domingo, África y Venezuela, coincidieron con contratos de la firma en esos países.

En diciembre de 2010, cuando Luiz Inácio Lula da Silva entregó la presidencia a su sucesora, el hombre que acababa de manejar los destinos de Brasil durante dos períodos salía con un 87% de aceptación en las encuestas y la aureola del mejor presidente de su país en toda la historia. Entonces, sus registros en materias como la reducción de la pobreza hablaban de 29 millones de personas que engrosaban una renovada clase media a la que ahora pertenecía el 51 % de los brasileños. Lo cual indicaba que, de seguir las cosas así, Brasil erradicaría la miseria en el 2016 y pasaría a formar parte del club de países desarrollados. Y si a eso se agrega que Petrobras, la joya de la corona, tenía tanto dinero, fruto de la venta de acciones, como para financiar el mayor plan de exploración petrolera del mundo de la época (224 mil millones de dólares), no cabía duda de que el gigante suramericano tenía un envidiable presente y futuro.Seis años después, los pronósticos no se cumplieron, Brasil está en recesión y los ajustes en el gasto público pasan factura. Y el escándalo de corrupción, ese sí el más grande en la historia, hace temblar la institucionalidad del ese país. Junto a Lula, Dilma y el Partido de los Trabajadores que los llevó al poder, la política brasilera se deshace entre las investigaciones de la Fiscalía y el descrédito de los gobernantes. La crisis y sus costos sociales, llevan a que el 83% de los ciudadanos desapruebe la gestión de la presidenta en su segundo mandato. Un raquítico 9% de popularidad, indica hasta dónde llega el desconcierto de los brasileros con la forma en que Dilma Rousseff conduce su nación. Esa es la razón de las multitudinarias manifestaciones de rechazo al gobierno, a la corrupción que toca sus niveles más altos. Ahora, el turno es para Lula Da Silva. Apresurarse a condenarlo es irresponsable. Pero ya la Justicia le pide cuentas sobre su posible participación en el tráfico de influencias por su relación con la constructora Oderbrecht, uno de los grandes protagonistas del desfalco a Petrobras. Y se sabe ya que varios de sus viajes a Santo Domingo, África y Venezuela, coincidieron con contratos de la firma en esos países. Además, se revela que Lula fue modelo de campañas publicitarias de la cuestionada constructora.Los argumentos de los abogados de Lula, según los cuales el fiscal que vincula al expresidente incurre en interferencias procedimentales, pueden ser válidos. Pero no eximen al popular expresidente de la obligación política de responder por ese ambiente extraño de compadrazgo y negocios que se está conociendo. Así, el hombre más emblemático de los últimos tiempos en Brasil y una de las figuras de la izquierda latinoamericana, está ahora en entredicho. Y todas esas acusaciones que llevaron a la cárcel a sus amigos y compañeros del Partido de los Trabajadores que lo llevó al poder, así como los despilfarros del Mundial de Fútbol vuelven a aparecer en otro contexto. Ahora ya no es el mandatario intocable, si no el político que debe dar la cara por el ambiente de corrupción que rodeó a sus dos gobiernos.

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