No al terrorismo

Junio 16, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"Al iniciar los diálogos se estableció que estos se realizarían sin esa tregua bilateral que ahora pretenden imponer tanto la guerrilla como algunos personajes de la vida nacional conocidos por su simpatía con ella. O quienes, desde organismos como Unasur y la ONU, insisten en igualar a las autoridades legítimas con los grupos que utilizan el terrorismo como argumento para doblegar la voluntad nacional".

Sí, no hay treguas. La pregunta que se hacen los colombianos es si el terrorismo indiscriminado y cobarde es la amenaza bajo la cual tiene que negociar un acuerdo de paz con las Farc.Al iniciar los diálogos se estableció que estos se realizarían sin esa tregua bilateral que ahora pretenden imponer tanto la guerrilla como algunos personajes de la vida nacional conocidos por su simpatía con ella. O quienes, desde organismos como Unasur y la ONU, insisten en igualar a las autoridades legítimas con los grupos que utilizan el terrorismo como argumento para doblegar la voluntad nacional.Allí está el gran error. El hecho de que el Gobierno Nacional haya aceptado negociar con las Farc no debe ser interpretado como la entrega de un estatus especial que les permita ser consideradas como iguales al Estado de Derecho. Tampoco, que les otorgue la facultad de violar los Derechos Humanos a su discreción, o que las faculte para volar oleoductos y torres de energía. Esa negociación se estableció bajo la presunción de buena voluntad. Que la guerrilla haya ordenado un cese unilateral de su violencia era un gesto en esa dirección, considerado en su momento como elemento no vinculante, útil para construir confianza. Confianza que fue rota cuando las Farc usó el terror para asesinar 11 soldados, con lo cual pretendía defender su imperio de narcotráfico.Una vez terminada esa tregua, nada puede servir para igualar la obligación de las Fuerzas Legítimas del Estado de combatir el delito que causa daño a la Nación, con la capacidad de producir actos terroristas sin otro sentido distinto al de presionar resultados en la negociación. Nadie puede olvidar que las Farc carecen de representatividad, y son rechazadas por la casi totalidad del pueblo colombiano. En ese orden de ideas, a Colombia y a sus instituciones no les queda otro camino que redoblar el combate al terrorismo y al narcotráfico que atacan la infraestructura petrolera y eléctrica, así como destruyen el sur del país y el Litoral Pacífico. Y, por supuesto, continuar con las negociaciones en La Habana, aunque estén rodeadas de un escepticismo creciente porque son utilizadas por la subversión como plataforma para lanzar amenazas y distorsionar la verdad. O para que el jefe máximo de las Farc amenace al periodismo libre que expresa su opinión y cuenta las atrocidades y crueldades que comete la guerrilla. Infortunadamente, el país está presenciando algo similar a lo ocurrido en los últimos treinta años cuando los gobiernos han tratado de establecer una negociación con las Farc. Es el discurso retórico y amenazante que va acompañado de terrorismo y delincuencia, con lo cual se contesta la intención de terminar por las buenas lo que se ha dado en llamar el conflicto interno.La diferencia es que el Estado ha logrado resultados contundentes contra los cabecillas de esa organización y tiene la capacidad de combatir a quienes provechan los gestos de paz para tratar de imponer el terror, la impunidad y la amenaza a las libertades. Que se negocie en La Habana no puede implicar que se acepte la violencia de las Farc como argumento válido.

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