Mujeres y niños

Mayo 17, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

La de la violencia contra las mujeres y los niños son otras dos de las facetas de la guerra que Colombia puede empezar a desterrar si las negociaciones de paz tienen éxito. Después de eso, la sociedad deberá dedicarse a sanar las heridas que le deja una barbarie que no tiene justificación posible y a asegurarse que no se repita jamás.

Dos noticias simultáneas, la una positiva y la otra reveladora, demuestran hasta dónde ha llegado el daño que los grupos de violencia le han causado a la sociedad colombiana. En ambos casos, lo que se desnuda también es la precariedad de la acción que el Estado ha debido aplicar contra prácticas que se han dirigido contra los sectores más vulnerables. La primera noticia es el anuncio sobre el acuerdo para que las Farc dejen de tener en sus filas a los menores de edad. Ese, que debiera ser de los primeros y que tendría que estar en el capítulo sobre las víctimas, es ahora presentado en medio de las negociaciones por la desmovilización y como el principio del fin del conflicto. No obstante que no se reconozca que esos niños y jóvenes han pasado durante cinco décadas por su secuestro, el adoctrinamiento y la pérdida de su niñez para convertirlos en carne de cañón y en reproductores de la violencia, la declaración es un buen punto en el camino de detener las causas de ese conflicto. Es la posibilidad de impedir hacia el futuro la crueldad que han debido soportar miles de menores durante décadas, el primer paso para convertirlos en seres aislados de la sociedad cuyo objetivo es causar daño.Ahora, los niños menores de 15 años tienen la promesa de las Farc de que serán liberados de sus filas y el Gobierno se compromete a ofrecerles el indulto. Así mismo, los comprendidos entre esa edad y los 18 años tendrán idéntica oferta, siempre que sus delitos conexos sean perdonables, es decir, que no se refieran a delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra. Son decisiones claves para cerrar las heridas abiertas por la mezcla de barbarie de sus explotadores y de indolencia en muchos sectores del Estado. La segunda noticia es menos esperanzadora. Se refiere a los escabrosos abusos que se han venido conociendo sobre la actitud del ELN con respecto a las mujeres. Mujeres que son esclavizadas sin importar su dignidad; que son asesinadas como escarmiento por tener relaciones con policías, soldados o cualquier servidor público y por el sólo hecho de saludarlos. Mujeres que, aprovechando su indefensión, son torturadas y asesinadas, acusadas de ser “una gran fuente de información para los militares”.La información sale de un estudio publicado por la Fiscalía General de la Nación, el cual sirvió de base para acusar a la cúpula del ELN. Y no es nueva, en la medida en que los execrables hechos se han venido produciendo desde 1981, y que han cubierto casi toda la geografía nacional. Es la historia de horror y de violencia en sus peores expresiones. La que mediante el terror pretende imponer el silencio. La que cambia para siempre la vida de sus víctimas y de sus familias, sembrando rencores e incitando a la respuesta desenfrenada. Esas son otras dos de las facetas de la guerra que Colombia puede empezar a desterrar si las negociaciones de paz tienen éxito. Después de eso, la sociedad deberá dedicarse a sanar las heridas que le deja una barbarie que no tiene justificación posible y a asegurarse que no se repita jamás la crueldad contra las mujeres y los niños.

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