Más armas, más matanza

Agosto 08, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

A más armas en manos de ciudadanos, más muerte, esa es la realidad. Igual en Colombia, donde no se ha logrado que el Estado tenga el monopolio de las armas, y se insiste en que los buenos deben estar armados para defenderse de los malos. Mientras ello sea así, siempre habrá peligro de muerte.

Cuando aún no se ha secado la tinta de los periódicos para informar y comentar sobre la dramática masacre protagonizada por un joven armado con fusil de asalto en una sala de cine de Estados Unidos, otro asesino utilizó una pistola semiautomática de 9 milímetros. Esta vez los víctimas fueron personas inermes que asistían a oficios religiosos en un templo de culto de la comunidad sij.Se trató de Wade M. Page, un estadounidense de 40 años. El domingo Page, un veterano de la armada y cantante de una banda de rock especializada en una lírica del odio, fríamente acabó con la vida de seis personas e hirió a tres más cuando abrió fuego contra los feligreses en el templo sij de Oak Creek, Wisconsin. Luego la policía lo dio de baja.El asunto es más que una noticia desagradable en la página roja. Sucedió en los Estados Unidos, cuya sociedad parece haberse acostumbrado a la ocurrencia de este tipo de masacres, en las que asesinos solitarios la emprenden contra multitudes en colegios, universidades, centros de culto o esquinas callejeras donde se realizan mítines políticos. Como sucede en este país tolerante con el armamentismo de civiles, todos los asesinos pudieron conseguir armamento y munición de manera libre, sin controles, en tiendas especializadas o incluso por internet.Los antecedentes de este tipo de masacres se remontan a la noche del 8 de agosto de 1969, cuando Charles Manson envió a un grupo de miembros de su banda criminal a matar gente a Cielo Drive. Los miembros de la llamada Familia encontraron en su casa a Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y unos amigos. Los mataron a todos, la casa parecía una carnicería con cuerpos descuartizados. Tenían múltiples heridas de arma blanca y de balas de una pistola calibre 22. La casa estaba llena de sangre y en las paredes habían escrito con sangre la palabra “pig”.Desde entonces, hace más de 40 años, este tipo de hechos dantescos se suceden con periodicidad en Estados Unidos, dejando de ser un evento episódico y extraordinario para convertirse en una sociopatía. Algún tumor grave está incrustado en el corazón de Estados Unidos, dicen algunos. O, como lo piensa un lector del New York Times, ¿acaso se trata de una combinación mortal de ansias de poder, disponibilidad de armas, y apatía política?Esa combinación mortal existe. En Estados Unidos hay 270 millones de armas en poder de los civiles, y adquirirlas libremente es un derecho constitucional. Los políticos, empezando por los dos candidatos presidenciales en pugna, no quieren que el tema se discuta. Y existen poderosas organizaciones sociales, sostenidas por la industria de armamento, como la Asociación del Rifle, cuyo presidente afirma que las víctimas son culpables por no tener un arma a la mano, incluso en su iglesia.A más armas en manos de ciudadanos, más muerte, esa es la realidad. Igual en Colombia, donde no se ha logrado que el Estado tenga el monopolio de las armas, y se insiste en que los buenos deben estar armados para defenderse de los malos. Mientras ello sea así, siempre habrá peligro de muerte.

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