La pesadilla del fútbol

La pesadilla del fútbol

Marzo 18, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"...la esperanza de recuperar la tranquilidad en los estadios es mera ilusión. Y a cambio, las autoridades deben dedicar recursos crecientes a detener las hordas que se toman las calles bajo la disculpa de una bandera. Porque lo que deben padecer los vecinos e incluso los verdaderos aficionados es el ataque de grupos para los cuales el fútbol es apenas un pretexto".

Decenas de heridos, cientos de detenidos y la necesidad de dedicar recursos y policías para contener las arremetidas de la turba, es lo que dejan en Colombia los dos primeros meses del año en materia de fútbol. Razones de peso para revaluar lo que el Estado debe hacer frente a las llamadas barras bravas que desafían la tranquilidad de las ciudades y se convierten en amenazas para el orden público. El pasado jueves, Cali fue escenario de desmanes protagonizados por bandas que dejaron heridos y destrozos en varios sectores de la ciudad. Los hechos, que se presentaron antes y después del partido entre el Deportivo Cali y el América, fueron acompañados del decomiso de más de 10 libras de marihuana y de centenares de armas blancas. Los resultados están a la vista en las estaciones del MÍO, en los establecimientos comerciales, en las casas que circundan el escenario deportivo y en las cárceles que debieron recibir los136 retenidos en esa noche aciaga. El pasado domingo había ocurrido lo mismo en Medellín, con ocasión del encuentro entre los equipos de esa ciudad. Semanas antes, las asonadas se habían producido en estadios como el de Ibagué o el de Pereira. Todos esos hechos fueron precedidos de reuniones promovidas por las autoridades, donde se les explicó a los integrantes de las barras las nuevas normas sobre los eventos deportivos. Allí se firmaron acuerdos de no agresión y de buen comportamiento, respaldadas por la opinión pública y el buen augurio de los gobernantes. Pero la esperanza de recuperar la tranquilidad en los estadios es mera ilusión. Y a cambio, las autoridades deben dedicar recursos crecientes a detener las hordas que se toman las calles bajo la disculpa de una bandera. Porque lo que deben padecer los vecinos e incluso los verdaderos aficionados es el ataque de grupos para los cuales el fútbol es apenas un pretexto. Allí no hay espíritu deportivo ni amor por una divisa, sino un afán innegable de causar daño y protagonizar el desorden. Ante esa realidad, y el hecho de que se deban destinar recursos y personal necesarios para vigilar la ciudad, el Alcalde de Cali ha solicitado que no se programen partidos en las horas de la noche. Es decir, el fútbol pasó de ser el invitado de honor de una ciudad amante del deporte, a un huésped incómodo que causa desmanes y genera graves problemas de convivencia. Y no sólo por las barras de los equipos de la ciudad. Es preocupante el despliegue que realiza la Policía para recibir las delegaciones de supuestos hinchas venidos de otras ciudades. Desde el acompañamiento permanente, hasta retirarlos antes de culminados los encuentros y asegurar su partida llevándolos lejos de Cali, todo es un espectáculo desapacible donde la alegría del deporte se cambia por la tristeza de la violencia. Para eso no es el fútbol. Y seguirá siendo una pesadilla que aleja a los verdaderos aficionados de los estadios, o llevando a plantear soluciones como las propuestas por el Alcalde, mientras no se erradique la tolerancia con quienes lo están usando para protagonizar desmanes y atemorizar a la sociedad con el vandalismo.

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