La disculpa del fútbol

Septiembre 25, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

Y ya es asunto normal que los desmanes rodeen el Estadio de la capital deportiva de América, protagonizados por supuestos hinchas que aprovechan las camisetas para desatar asonadas, para extorsionar a los transeúntes o, simplemente, para causar daño.

Ya se ha perdido la cuenta de los aficionados al fútbol o de los simples ciudadanos que han sido asesinados o han sufrido heridas a causa de la violencia que envuelve el espectáculo que más intereses económicos y más personas moviliza en Colombia y en gran parte del mundo. Lo que da pie para preguntar una y otra vez hasta cuándo se evade la responsabilidad de detener el bochornoso avance de las hordas que desfiguran el deporte, convirtiéndolo en justificación de desmanes y crímenes.La última semana, dos personas fueron asesinadas en Bogotá, una por portar la camiseta de su equipo y la otra, un militar retirado que defendió a su hijo del ataque de un grupo de antisociales vestidos también con las insignias de otro club. Lo mismo ocurrió en Cali hace pocos días, cuando un hombre fue asesinado mientras caminaba con su familia, por integrantes de una barra brava que lo identificaron. Y ya es asunto normal que los desmanes rodeen el Estadio de la capital deportiva de América, protagonizados por supuestos hinchas que aprovechan las camisetas para desatar asonadas, para extorsionar a los transeúntes o, simplemente, para causar daño.Hace poco tiempo, el Gobierno Nacional promulgó una ley para poner orden en los estadios y, supuestamente, meter en cintura a esas barras. La verdad sobre sus resultados, o mejor sus fracasos, la están demostrando las víctimas que caen casi cada semana en las calles por enfrentamientos entre esas barras, y por conductas antisociales como la invasión de las canchas en los estadios. Es lo que ocurre en Medellín, en Bogotá, en Cali, en Armenia, en fin, en casi todas las sedes del campeonato rentado. Y la respuesta se recuesta siempre en la tolerancia y el llamado a la comprensión de las difíciles condiciones socioeconómicas de esas agrupaciones.Pero lo que ocurre es que el fútbol ha sido secuestrado por las barras bravas y la tolerancia con las conductas antisociales, por lo cual los hinchas se alejan de los estadios. Además, abundan quienes se han especializado en hacer apología de esas conductas. A cambio de la alegría que debe existir alrededor del deporte, lo que hay es tragedia y luto en decenas de familias. Es la zozobra de quienes habitan o tienen sus negocios alrededor de los escenarios, y es la cara de angustia e impotencia de policías y autoridades municipales, algunas de las cuales ya se atreven a cerrar los estadios aunque con ello se expongan al escarnio público de los sectores que presionan para que siga el caos a pesar del daño que produce en la sociedad.Qué pena decirlo, pero lo que existe hoy en Colombia alrededor del fútbol ya no es una fiesta deportiva si no un factor de discordia y de zozobra. Y cuando lo que ocurre pone en peligro la vida y los bienes de los ciudadanos, ya no es suficiente con buscar explicaciones sociológicas. Ahora hay que fijar responsabilidades que empiezan en los dirigentes que patrocinan la violencia o la instigan con sus actitudes y terminan en una inexplicable tolerancia con el delito. Al fútbol hay que salvarlo de los delincuentes y a la sociedad hay que protegerla de la violencia.

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