La culpa no es del invierno

Diciembre 23, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"En cualquier país, las condiciones climáticas son parte de los elementos que se tienen en cuenta al momento de adoptar cambios tan trascendentales para una sociedad como la migración de la electricidad al gas, promovida entre otros con el argumento del ahorro y el abaratamiento en los costos de producción".

Por insólito que parezca, el centro y el suroccidente de Colombia están sin gas domiciliario e industrial, de manera reiterada y sin que aún se sepa cuando terminará la emergencia. Entre tanto, el Gobierno Nacional y los concesionarios de la línea que transporta el combustible no atinan a decirle a los más de un millón de hogares y a la infinidad de negocios que amenazan ruina cómo harán para resarcirles sus pérdidas y para garantizar que la emergencia no se repetirá.Por supuesto, es imposible negar que el invierno de características tan difíciles como el que vive el país en los últimos dos años ha sido factor principal de la crisis. Pero cuando se decidió promover el cambio hacia el consumo de gas en toda Colombia, las autoridades y los proponentes de entonces debieron haber previsto las alternativas para atender emergencias como las que padecen hoy millones de colombianos que hicieron el cambio de la energía eléctrica al gas, creyendo en las promesas. Es que son millones de personas que hoy no pueden cocinar porque no tienen gas domiciliario. Y muchos los restaurantes, los vehículos de transporte público y las industrias que están paralizados en plena temporada navideña. Como ocurre cada que hay un invierno y el paso de la Línea debe ser cerrado sin importar las consecuencias que implica para la economía de estas regiones distantes de Bogotá, los ministros y demás funcionarios presentan la disculpa del clima y anuncian que la gente tendrá que pagar las soluciones, como si ellos fueran los causantes de la imprevisión. Pues no es así. En cualquier país, las condiciones climáticas son parte de los elementos que se tienen en cuenta al momento de adoptar cambios tan trascendentales para una sociedad como la migración de la electricidad al gas, promovida entre otros con el argumento del ahorro y el abaratamiento en los costos de producción. Ahora, empresarios y amas de casa se pelean las pocas estufas eléctricas que hay en el mercado, mientras cientos de miles de taxistas y transportadores no pueden trabajar. Y no es un asunto de generar energía como lo ha planteado la Comisión de Regulación de Gas y Energía, Creg, en su plan B divulgado ayer. Con lo que está ocurriendo, las hidroeléctricas están al tope y pueden generar a costos ínfimos y en el volumen que se requiera. De lo que se trata es de garantizarles a los hogares, a las empresas y a los transportadores la prestación de un servicio público que se convirtió en primera necesidad gracias precisamente al impulso de los gobiernos nacionales. Es triste ver al Ministro de Minas y Energía anunciarles desde Bogotá a los habitantes del centro y el occidente de Colombia, es decir a más de 15 millones de ciudadanos, que no tendrán servicio de gas por lo menos hasta después de Navidad. Y que debamos depender de un tubo de 20 pulgadas sin que se adopten las medidas que se requieren para que no se vuelva a presentar una emergencia como la que se vive hoy. En esa actitud se refleja de nuevo la posición distante de un centralismo absurdo y creciente para el cual la región colombiana parece ser una pesada carga y no una parte importante de la Nación.

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