Hablando de la tierra

Diciembre 18, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

Siendo un país bendecido por la naturaleza, es claro que la solución a los problemas sociales empiezan por la redención del campo y el abandono de aquellos principios que en los albores de los años 90 llevaron a varios gobiernos a desestimular la labor agrícola, causando daños en el tejido social que aún esperan su rescate.

Desde ayer, y organizado por la ONU y la Universidad Nacional, se reúne en Bogotá el foro sobre tierras y desarrollo agrario, convocado a petición del Gobierno y las Farc para, según las explicaciones, oír propuestas sobre el que puede considerarse el eje de la violencia en Colombia durante más de un siglo. Pueda ser que la sorpresiva citación sirva en efecto para crear un clima de concordia en vez de aumentar la radicalización sobre un asunto que no puede ser tratado a la ligera o con motivaciones políticas como el sacar avante un proceso de por sí cuestionado. Colombia está en mora de sentarse a resolver el problema de la tierra. Qué duda cabe sobre su enorme incidencia en el desplazamiento, la violencia y la pobreza, y sobre su peso específico en la generación de la desigualdad que golpea sin clemencia a la Nación. Siendo un país bendecido por la naturaleza, es claro que la solución a los problemas sociales empiezan por la redención del campo y el abandono de aquellos principios que en los albores de los años 90 llevaron a varios gobiernos a desestimular la labor agrícola, causando daños en el tejido social que aún esperan su rescate. Bajo esa perspectiva, el diálogo nacional sobre la tierra y los campesinos, así como las formas modernas de explotación que no lesionen el interés común, es una obligación que el Estado está en mora de incentivar. Es sin duda parte de la paz a la que todos aspiramos, y a la cual no hemos podido llegar debido entre otras razones al dogmatismo político y a las posturas en muchas ocasiones intolerantes de los sectores que la usan como bandera o la citan para fijar posiciones inamovibles que muchas veces causan enormes y absurdos derramamientos de sangre. Ahora, el Gobierno Nacional ha acordado con las Farc un proceso para buscar terminar el conflicto. La promesa era hablar entre las delegaciones designadas por las partes y en territorio extranjero sobre una agenda concreta y precisa. Así se le vendió la idea a los colombianos, muchos de los cuales aceptaron un nuevo diálogo con otras reglas más claras, a pesar de los continuos fracasos y las no pocas mentiras e incumplimientos de la guerrilla más antigua del mundo. Pero nos sorprendieron con esta convocatoria. Por medio de ella, y así lo nieguen sus promotores, el país entero quedará inmerso en una discusión que no estaba contemplada al momento de anunciar los diálogos de La Habana. Con lo cual, el proceso deja de ser una ruta debidamente trazada para transformarse en un debate que ya amenaza con reavivar viejas heridas y crear nuevas confrontaciones. Ojalá, tales premoniciones no se cumplan y el diálogo se desarrolle ceñido estrictamente a los cánones descritos en la declaratoria que les dio vida. Y que los temas allí tratados no se transformen en la bandera política que muchos temen o en la legitimación como orientador de la política nacional de un grupo que, como las Farc, sólo ha usado el asunto agrario para atacar al campesinado y apropiarse a sangre y fuego de 800.000 hectáreas desperdigadas en todo el territorio nacional.

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