Enfermedad y democracia

Enfermedad y democracia

Julio 05, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"El debate que abrió en Venezuela la ausencia del Presidente, quien ayer regresó al Palacio de Miraflores seguramente presionado por la críticas, lleva a preguntarse si en una democracia cabe mantener en secreto las enfermedades de sus mandatarios, así sea bajo el argumento de preservar la intimidad o evitar colapsos en el gobierno".

Aunque desde el mes de mayo se conocieron informaciones que indicaban que Hugo Chávez padecía de un enfermedad presuntamente grave, tanto el Presidente venezolano como los medios oficiales se empeñaron en negar esa posibilidad y la trataron de “conspiración” contra la revolución bolivariana. Tanto el Mandatario como su círculo de gobierno recurrieron a la estrategia de ocultar la verdad, de común factura en los regímenes totalitarios.La manipulación sobre la realidad que afrontaba Chávez continuó. Poco después, incluso cuando tuvo que ser intervenido de urgencia en Cuba, lo único que supo el pueblo venezolano fue que el Presidente se sometió a una “pequeña cirugía” en la que se extirpó “un quiste”, dándose a entender que gozaba de buena salud y que no tenía ningún impedimento para dirigir al país. Ante la ausencia de Chávez, en Caracas comenzaron a gobernar otros. Y un hermano del presidente, Adán Chávez, empezó a aparecer con frecuencia inusitada en los actos oficiales, lo mismo que a dar declaraciones en las que llegó a apelar a “la lucha armada” para profundizar en la revolución. Hasta que el experimentado canciller Nicolás Maduro habló de más, al declarar que el Presidente estaba librando “la batalla por la vida”. Con ello la versión oficial de la extirpación de un quiste quedó desvirtuada, pues no es posible compaginar una pequeña cirugía con la lucha por la existencia.Por eso la oposición y los medios independientes pidieron que se informara la verdad a los venezolanos y que el gobierno no se dedicara a manipularla, como hace el totalitarismo cuando quiere preservarse en el poder. La historia está llena de ejemplos de dictadores con enfermedades graves que siguieron gobernando gracias al silencio cómplice de las autoridades. Mussolinni en Italia, Franco en España, Perón en Argentina, Mao Zedong en China y Kim Jong-il, actual presidente de Corea del Norte, son algunos de esos casos.Negar la enfermedad de un mandatario es un ardid antidemocrático cuando se quiere prolongar un régimen cuya existencia depende de la popularidad o del temor que provoque un caudillo entre la población. Tal fue la sensación que se produjo en las últimas semanas en Venezuela, donde es innegable que ningún político cercano al régimen cuenta con el respaldo popular de Hugo Chávez, así éste se encuentre a la mengua. Si ya era previsible una derrota del gobierno en la próximas elecciones con Chávez al frente, mucho más si hay una incertidumbre sobre su estado de salud.El debate que abrió en Venezuela la ausencia del Presidente, quien ayer regresó al Palacio de Miraflores seguramente presionado por la críticas, lleva a preguntarse si en una democracia cabe mantener en secreto las enfermedades de sus mandatarios, así sea bajo el argumento de preservar la intimidad o evitar colapsos en el gobierno. O si el pueblo, que es el elector, tiene derecho a saber si quien los dirige está en capacidad de continuar al frente de sus funciones o ha perdido sus competencias para gobernarlos y debe legalmente relevarse del poder. Una decisión que puede hacer la diferencia entre una democracia real y un régimen totalitario.

VER COMENTARIOS
Columnistas