El enemigo de Colombia

Diciembre 23, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"...triste es tener que reconocer que la democracia que permite elegir los gobernantes y quienes tienen el deber de ejercer el control político, es hoy vehículo para asaltar el erario".

El gran enemigo de Colombia es la corrupción. Tan contundente afirmación es producto de las escandalosas denuncias que se conocieron casi a diario durante el año que termina, desnudando a su vez la incapacidad del Estado para combatirlo.Infortunadamente, el foco de atención está centrado en las entidades de gobierno a todos los niveles. Y triste es tener que reconocer que la democracia que permite elegir los gobernantes y quienes tienen el deber de ejercer el control político, es hoy vehículo para asaltar el erario. Ya no parece quedar duda de que la elección para algún cargo de representación popular da derecho a usarlo, de manera arbitraria y sin tener que responder a nadie, para satisfacer intereses individuales o para beneficiar organizaciones en apariencia políticas.Los ejemplos van desde el destape de la organización denominada el Grupo Nule, dirigida a quedarse con la mayor cantidad de contratos del Gobierno Nacional, de Bogotá o de ciudades como Palmira, hasta el escándalo de las elecciones celebradas en el pasado marzo, donde el fraude y la compra de votos fueron protagonistas de primer orden; desde la grotesca rapiña en que se convirtió la administración de bienes expropiados al narcotráfico por la Dirección Nacional de Estupefacientes, hasta la explosión de trampas mediante las vigencias futuras en departamentos como el Valle o los beneficiarios de las regalías petroleras. Pero los tentáculos arrancan desde muchas empresas del sector privado, donde los códigos de ética o los principios de la decencia se pierden, dando paso al afán de lucro que obliga a pagar y corromper para recibir contratos, para derrotar a la competencia e incluso para destruirla. Es esa especie de cultura de lo ilegal que inhibe la sanción social a quienes actúan sin contemplaciones cuando de hacer trampa se trata, así se cause un daño enorme a la sociedad a la cual se pertenece.Y qué decir de las enormes limitaciones que muestran los organismos de control o la administración de Justicia para perseguir y sancionar a los corruptos, así como el estatuto de contratación, convertido en colador que permite toda suerte de trampas con las cuales se legalizan toda suerte de delitos. Es por lo menos alarmante reconocer que entidades como las contralorías, la Fiscalía o la Procuraduría llegan casi siempre tarde, cuando ya los despojos se han perfeccionado y los delincuentes disfrutan a sus anchas del enriquecimiento ilícito. Y que la Inteligencia Policial no parece funcionar cuando se trata de investigar, identificar y poner a disposición de la Justicia a los responsables del saqueo a los dineros públicos.Durante el 2010, la corrupción fue sin duda el gran enemigo de Colombia. En el Congreso de la República hace tránsito un proyecto de lo que el Gobierno denominó ‘Estatuto Anticorrupción’. Un principio necesario y una buena intención que parece quedar corto ante las dimensiones que ha tomado el asalto al erario. Y que debe ser complementado con decisiones ejemplarizantes que recuperen el respeto por la ley y la decencia, tan vapuleadas por el afán de lucro inmoral.

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