El dilema de las drogas

El dilema de las drogas

Marzo 30, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"Las cifras expuestas son indicios del problema que significan el aumento y la diversificación de sustancias prohibidas y las dificultades de los Estados para cumplir con la política represiva que definió la convención firmada el 30 de marzo de 1961".

Cincuenta años cumple hoy la Convención Única de las Naciones Unidas contra los Estupefacientes, afectada por sus discutibles resultados y por el escepticismo creciente sobre su utilidad en el mundo contemporáneo. La pregunta es qué hacer para reemplazarla y cómo enfrentar a uno de los grandes enemigos de la especie humana.Según el informe Mundial de Drogas 2010 presentado hace varios meses por la Oficina contra la Droga y el Delito del organismo mundial, las áreas destinadas al cultivo de coca y amapola se han reducido en un 28% y 23% respectivamente en los últimos años, mientras la reducción de opio y cocaína presenta cifras del orden del 15% en promedio. Y mientras la demanda de heroína se mantiene constante, gracias al escaso control que ejercen los países productores como Afganistán, en Estados Unidos cae el consumo de cocaína, por causas que van desde la pérdida de pureza hasta los precios más altos, pasando por la violencia.Sin embargo, el número de consumidores que desertan de esas drogas de origen natural las reemplazan a pasos acelerados por las anfentaminas, los narcóticos artificiales y las drogas prescritas a las cuales les cambian su uso. Cálculos conservadores estiman entre 30 y 40 millones los consumidores de esos venenos, que son producidos con materias primas legales y de fácil acceso. Según Antonio María Acosta, director de la Undoc, “estas nuevas drogas causan un doble problema: se desarrollan con mayor velocidad que el marco regulatorio y la ley se rezaga frente a su consumo; y son fabricadas a la medida del consumidor”, dijo en la presentación del informe. Las cifras expuestas son indicios del problema que significan el aumento y la diversificación de sustancias prohibidas y las dificultades de los Estados para cumplir con la política represiva que definió la convención firmada el 30 de marzo de 1961. Y para darles un contexto más completo, puede ser complementadas con dos elementos igual o peor de nocivos: el primero, el enorme flujo de dineros ilegales, alrededor de US$320.000 millones por año; y el segundo, la violencia que destruye naciones y desestabiliza sus sociedades, como han padecido México, Afganistán o Colombia. Ante esas realidades, desde muchos lugares del planeta se levantan voces que piden un cambio en el tratamiento del problema de las drogas, reclamando que se despenalice el consumo y se trate como un asunto de medicina preventiva y educativo, en vez de la represión y el castigo con que hasta ahora se ha enfrentado. Y no faltan quienes encuentran en esa propuesta un desagradable reconocimiento del fracaso, además de advertir cierto afán populista que trata de justificarse en el derecho de cada persona a decidir lo que puede y debe hacer con su cuerpo. Cincuenta años después de proclamada la Convención sobre Estupefacientes, la humanidad demuestra su confusión al enfrentar un enemigo que destruye democracias, empuja la violencia y siega vidas, financiado por los consumidores atrapados en ellas. Ojalá, lo que se haga en adelante no signifique la claudicación del hombre en su obligación de impedir que las drogas ilícitas sumadas a la ambición de lucro sigan destruyendo la civilización.

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