Brasil merece la verdad

Marzo 07, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"Por supuesto que sobre el expresidente Lula, la presidenta Dilma Roussef y demás, tienen derecho a la presunción de inocencia. Pero antes de blindarse ante la Justicia con llamar a la gente a tomarse las calles -peligrosa receta en medio de la actual crispación social- o de hablar de persecución política, deberían explicar sin vueltas hasta dónde fue su relación (palpable en aportes a la Fundación Lula) con la constructora Odebrecht".

Los llamamientos del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva a sus copartidarios para que se lancen a las calles y los gestos de solidaridad que rayan sin reato de su compañera de lucha y sucesora, la presidenta Dilma Rousseff, son los nuevos grados que se suman en las últimas horas a la ya alta temperatura política de Brasil. Los alcances del escándalo Petrobras tendrán efectos impredecibles en una nación sumida desde hace tiempo en una de las peores crisis de su historia reciente. Para mirar en contexto el asunto de Brasil, hay que partir de dos cosas. Una, la delicada situación jurídica del exmandatario, de la Jefa de Estado y de decenas de dirigentes políticos y empresariales, vinculados al caso Petrobras. Y la otra, el gran telón de fondo: la difícil situación de millones de ciudadanos brasileños condenados, de nuevo, a hipotecar su futuro, tras comprar un proyecto de soluciones y transparencia que presuntamente rompía con el ominoso pasado y sobre el que ahora se preguntan si no resultó igual que la enfermedad. Los indicadores de Brasil, vistos a la luz de su tamaño y compromisos, asustan. En 2015 -lo dicen las estadísticas oficiales, no la oposición- la economía se contrajo en un 3,8%, el peor índice de los últimos veinte años, y el desempleo tiró a la calle a millón y medio de personas en ese mismo periodo. Esa tasa pasó del 4,8 a 7,9% en cosa de doce meses, en un país de 98 millones de personas activas. Con ese marco, la inversión anda cuesta abajo hasta rondar un 20% menos que en 2014. La recesión entonces es solo comparable con la de los pésimos años 90, cuando Brasil estaba condenado al ostracismo y las oportunidades en los mercados internacionales eran escasas.¿Qué pasó? ¿Cómo un gigante que durante los últimos años logró proyectar una imagen de crecimiento y desarrollo, pero además de capacidad para reducir la brecha social al sacar a más de 30 millones de personas de la pobreza absoluta, se sume ahora en una crisis institucional, económica y social de la que no será fácil salir?La respuesta la debería tener una nueva clase dirigente que subió al poder, encabezada por el propio Lula, con la aureola de cambiar una vieja trama plagada de abusos, clientelismo y corrupción. Y por un tiempo, pareció ser así. Pero las evidencias demuestran que con el paso de los años, quienes recibieron el voto de confianza para anteponer el interés general al particular resultaron inferiores a esa responsabilidad histórica. Borraron con el codo lo que habían logrado hacer con la mano.Por supuesto que sobre el expresidente Lula, la presidenta Dilma Roussef y demás, tienen derecho a la presunción de inocencia. Pero antes de blindarse ante la Justicia con llamar a la gente a tomarse las calles -peligrosa receta en medio de la actual crispación social- o de hablar de persecución política, deberían explicar sin vueltas hasta dónde fue su relación (palpable en aportes a la Fundación Lula) con la constructora Odebrecht. Y, además, contar cuál es la definición que tienen sobre ética y principios en ese tipo de negocios. Brasil, cercado además por el zika y a las puertas de los Juegos Olímpicos en agosto, merece la verdad.

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