Yuberjenes y chigorodós

Yuberjenes y chigorodós

Agosto 15, 2016 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Hoy será Chigorodó por Yuberjén. Ayer, Morales, Cauca, a cuenta de Ingrid, también en el boxeo. Antes, Jamundí, precedida por Cartago, aunque sin quitarle mérito a Zaragoza, en el Bajo Cauca antioqueño, a órdenes de los esfuerzos de Yuri y de Óscar. Y luego vendrá la Apartadó de Caterine. Y un rincón de Cali, donde nació y creció Jackeline, o una calle de La Ceja, cuando Fernando diga en el ciclismo de pista, aquí estoy.Ellos y sus lugares son las estaciones de la dicha por estos días olímpicos. Un mapa con el que el país se familiariza hasta hacerlos suyos. Al fin y al cabo unos y otros, Yuberjenes y Jackelines vienen de esa misma entraña para convertirse en héroes populares que, como en la mejor de las series de dibujos animados, nos permiten creer que los buenos también ganan. Hay que disfrutarlo, como el otro día en una peluquería de esas de pueblo donde se habla de todo el mundo sin sostenérselo a nadie. Ahí, mientras un par de abuelas sueñan con que el barbero les espante los años que ya no se irán, un corrillo de transeúntes empuja en la tele del local las manos que, a manera de trompadas, Yuberjén le mete al cubano que le tocó en suerte. Son ráfagas de puños que no cesan. Una mujer pronóstica: “ese muchacho, el colombiano, va a ganar, tiene hambre”. Alguien que, seguro, se rapa en casa y no paga un peso de corte, riposta: “no se confié usted que el otro también (tiene hambre). Recuerde que es cubano”. La carcajada no deja oír el sesudo comentario de quien transmite el combate. Ni falta que hace.Un niño con cara de adolescente, que también viene de la calle, se pone por delante de los demás para que lo dejen mirar. Es quizás la primera vez que ve en su vida una pelea con reglas y con jueces. Pregunta si ahí también sacan tarjetas amarillas. Nadie le responde. Lo único que importa es que el azul le gane al rojo.El árbitro levanta la mano de Yuberjén Martínez (ese día, el viernes de la semana pasada) y todos gritan –gritamos– mientras las abuelas disimulan mal la emoción. No está bien, dirán, alegrarse del dolor ajeno, aunque se vayan, pagando de afán, con un “bien hecho, carajo, ¡perdóname Dios!”. Yuberjén baja del cuadrilátero y el mundo echa a andar de nuevo, mientras el viento se lleva sus palabras: “más bien piensen en los muchachos que vienen detrás de mí”, esos que también quieren noquear a la pobreza con jabs y rectos. Ahora que vuelva, le prometerán lo mismo que a todos, sin excepción, les han prometido: una casita (ni siquiera una casa, sólo una casita, así con el diminutivo) y el pago (algún día) de lo que le corresponde por ley. Entonces, me acuerdo de que esta película ya la vi. Aquella de la euforia, al discurso; y del discurso, al olvido. Esa misma cinta que han visto tantos y tantos, uno de ellos al que jamás voy a olvidar. Se llamaba Pedro Emilio Torres. Lo encontré viejo, achacado y más pobre que la pobreza, en una pieza de alquiler en un barrio bogotano. Había ido a los olímpicos del 36, en donde conoció a Adolfo Hitler, de quien guardaba un libro de lujo con la firma del monstruo como testimonio. Imagino que cuando él volvió de Berlín, hace 80 años, hablaron mucho de Manta, Cundinamarca, donde Pedro Emilio había nacido, como ahora se nos vuelve común Chigorodó por Yuberjén. Hasta ahí. Porque apenas baja la espuma del protagonismo, la vida vuelve a lo de siempre. Para ellos, los deportistas, y para esos ‘extraños’ sitios donde nacieron, a quienes ahora tuteamos como si fueran de lo más cercano, cuando hace unos días no estaban en la agenda del poder -para ser claros-, ni del de hoy, ni del de antes, ni de los de más atrás. Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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