Yo interpreto, tú interpretas

Yo interpreto, tú interpretas

Enero 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

El otro día, en un espectáculo público que se daba en Cali con todos los permisos legales y al que se accedía de manera gratuita, un oficial de la Policía, muy juicioso, impedía el ingreso a los menores de cinco años, entre las protestas de las madres de los chicos.Le pregunté la razón y, entre serio y pedagógico, me respondió: “Mire, es que solo hasta los cinco años un niño sabe discernir entre el bien y el mal”. “Muéstreme usted eso en la Constitución Política”, le dije. Para no alargar el cuento, al final, y tras irse un rato por las ramas, el hombre argumentó que el consumo de bebidas alcohólicas en el lugar podía poner en riesgo la integridad de los pequeños. A medias, le di la razón y me marché. Fin de la discusión.Lo que parece una simple anécdota no es otra cosa que un ejemplo más de ese viejo deporte nacional que, por estos días, anda en pleno mundial. Hablo de la interpretación. Aquí no se le niega una interpretación a nadie (de hecho, eso daría lugar a una mala interpretación) y si así fuese, otros se encargarían de interpretar lo que no pudo aquel. De acuerdo, medio cantinflesca la explicación, pero es que, lo confieso, me cuesta interpretarlo de otra manera.Claro está, el oficial le da su particular lectura a la Carta Magna y unos niños se privan, aparte de llanto, de asistir a alguna cosa que no cuesta. Lamentable, sí. Pero más lamentable, o francamente horroroso, que el ejemplo que cunde desde arriba, desde el poder, es el de hacer de la interpretación desde una forma de vida hasta un negocio.Aquí, en medio de esta progresiva demolición de la institucionalidad a la que asistimos, ya no a diario sino minuto a minuto, salen decisiones que entierran la inmediatamente anterior por cuenta de un magistrado tan engolado como sospechoso (léase el caso Petro). O declaraciones que convierten un texto serio como la Biblia, en un manual hecho a medida y semejanza de quien le da la lectura que le viene en gana (léase el caso de la secta que mandó a recoger a los discapacitados que se atrevieran a ser pastores). Todas son interpretaciones.Claro está, ¿qué sería de un Estado sin el derecho a réplica, al del pataleo con fundamentos? Quizás sería todo, menos una democracia. Visto desde la perspectiva general, parecería una dictadura. Pero si uno compara lo que pasa aquí con lo que sucede en el mundo, encuentra que en ninguna parte, como ocurre con nosotros, a cada acción legal le aguarda otra al doblar la esquina siguiente, como bien apunta el periodista español Miguel Ángel Bastenier.Entonces, una de dos. O no solo somos la democracia más antigua de América Latina sino que además aquí nuestros derechos jamás terminan. O hemos llevado este asunto hasta límites insospechados. Así, imposible brindar seguridad jurídica, a los colombianos y a quienes, por ejemplo, se atreven a invertir aquí. Porque los alcances de la autonomía funcional, es decir, del derecho que tienen los funcionarios para interpretar la ley (derecho avalado además por más de una sentencia de la Corte Constitucional) tienen a las instituciones patas arriba, no porque esa autonomía sea mala en sí, sino porque algunos, que no son pocos y sí muy altos dignatarios, han hecho de ella un instrumento para embozar sus verdaderas intenciones. Y eso sin la otra pata que le sale al gato (y corro el riesgo de que me lluevan rayos y centellas de los profesionales del ramo), la de muchos abogados, que trabajan en pos de un solo objetivo: dilatar, dilatar y dilatar. ¿Para qué? Para conseguir el sueño de tinterillo que se respete: un triunfal vencimiento de términos. Adivinen cómo. Sí señores, con interpretación. ¿Me interpretan?

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