¿Y la vida humana?

Enero 16, 2017 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Los lamentables hechos en los que, hasta el momento, nueve personas perdieron la vida y otras más resultaron heridas en lugar cercano a Villavicencio, al caer un puente colgante sobre el que se desplazaban, confirma muchas cosas. La primera, que, como en esa ranchera de Pedro Infante y favorita de los colombianos, la vida no vale nada. O muy poco, si se trata de darle algún matiz. No vale nada la vida para quienes convierten este tipo de supuestos atractivos turísticos en un vulgar negocio en el que la seguridad no existe. No vale nada la vida para las autoridades que, como sucedió aquí, hacen caso omiso a las denuncias de algunos ciudadanos, y, menos, proceden a realizar los controles a los que obliga la ley.Y, quizás lo más triste, no vale nada la vida para quienes ni siquiera se toman el trabajo de cuidar la suya propia, en ese permanente, y sobre todo, extraño coqueteo con el riesgo en el que incurrimos en esta sociedad, algo que, definitivamente, no acabo de entender. Incluso, hace unos meses, cuando alerté sobre las exageraciones en que terminan los festejos en ríos o escenarios naturales, un colega me tildó de apocalíptico. Bueno, vuelvo sobre el tema. De pronto porque nueve vidas perdidas (y una sola, también) no tienen remedio.El problema es que lo de Villavicencio no es un caso aislado. En Colombia se muere, más de la cuenta; y no menos, por imprudencia y falta de inspección de los encargados. Si quieren un ejemplo más cercano, ahí tienen los permanentes naufragios de embarcaciones en nuestras costas, que se incrementan con la llegada de la temporada de vacaciones. ¿Quién cuida de los viajeros consuetudinarios u ocasionales de este medio de transporte? ¿Cuáles son las revisiones a fondo que se hacen del estado de las mismas y de sus implementos de seguridad, como chalecos salvavidas y demás? ¿Quién garantiza la pericia de los tripulantes? Ver abordo canecas de combustible a cielo abierto, alimentando los motores, es parte del paisaje. No es raro encontrarse, como me sucedió hace poco en el Pacífico en un viaje al Tumaco profundo, con un piloto aspirante a establecer nuevo récord entre esa ciudad y una vereda cercana. ¿Quién le pone el cascabel a ese gato veloz?Pero si hay un escenario en el que la vida no vale nada ese es el de los abusos en el uso de motocicletas. Tema sobre el que habrá que seguir insistiendo. El lunes 9 de enero, en la operación retorno, hubo todo tipo de exhibiciones sobre cómo se arriesga eso tan frágil y que, aparte, no tiene repuesto. Ahí van algunas. 1. Zigzagueo a más de 80 kilómetros por hora, en medio de un intenso tráfico como el de esa fecha. ¿Cuántos comparendos por ese concepto hubo ese día en el trayecto La Paila – Cali? 2. ¿Quién garantiza que menores que viajan asidos de la cintura del mayor que los transporta en carretera no serán vencidos por el sueño, con todas sus consecuencias? En ese sentido, ¿no es ya hora de reglamentar más a fondo el uso de las motos en los desplazamientos intermunicipales? 3. ¿Cuántos ‘partes’ hubo por luces en mal estado en la fecha indicada, o por andar sin ellas, de los tantos y tantos vehículos de ese tipo que se movían así en ese mismos recorrido, a riesgo propio y de quienes compartíamos la vía con ellos?Claro está, hoy, a hechos como esos, se los lleva el viento, más aún con la vuelta a la dinámica de la cotidianidad laboral. De hecho, la gran noticia de estos días ha sido la ‘eutanasia’ (vea pues, ¡’eutanasia’!) de los peces sin papeles que cayeron en una redada ambiental en Bogotá. Ahí queda claro: la vida humana no vale nada. Y en el remoto caso de que valiera algo, anda a la baja. Muy a la baja. Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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