¿Y después de Francisco?

¿Y después de Francisco?

Septiembre 10, 2017 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Durante unos días hemos sido capaces de ser otros. No hablo solamente del fenómeno de masas que ha caminado al lado del Papa Francisco, el pastor espiritual. Me refiero en especial a la forma cómo sus mensajes tocaron a diversos sectores de la sociedad. Aunque debería decir que sus palabras calaron a todos los estratos y sectores de opinión. Pero no puedo ser tan ingenuo ni trato de aguar la fiesta. Lo mejor es dejar que el tiempo diga si la semilla que él sembró dará frutos para construir una sociedad más justa, y que todo esto no fue flor de un día.

Nadie mejor que el Papa sabe que el gran desafío es el verdadero alcance de tantas verdades dichas. Y quizás sea uno de los mayores temores que se lleva a Roma. Por el otro lado, somos nosotros los llamados a actuar, sin distingos de condición social, ideología o confesión religiosa. Porque, y ese quizás es el mayor mérito de este acontecimiento, Francisco habló para todos y sin pelos en la lengua. Para su rebaño y otros rebaños. Para quienes creen y para quienes no creen. O para quienes seguimos creyendo, aunque menos en una iglesia que él mismo, y a buena hora, ha decidido reformar.

Entonces, ¿y después de Francisco, qué? ¿Cuánto estarán dispuestos a cambiar esos sectores de la clase dirigente que, si miramos con atención, tuvieron la vergüenza -¿o acaso, la sagacidad?- de taparse para no correr el riesgo de dejar en evidencia su carácter de sepulcros blanqueados? ¿Hasta dónde estará convencida la Iglesia Católica de este país de que es hora de ponerse al servicio de los demás, antes de ser servida? ¿Cambiará de rumbo la crispación política que nos está llevando al abismo, o será apenas una pausa en nuestra redomada costumbre de esconder la mugre bajo el tapete y portarnos bien ante la visita, para volver a las mismas apenas ella se marcha?

¿Habremos copiado, y grabado en piedra, aquello de que el diablo está en el bolsillo? ¿Lo habrán copiado quienes se enriquecen con los torcidos de los comedores estudiantiles y los carteles empresariales de multimillonarias ganancias, levantadas a costa de nosotros, los usuarios? ¿Van por fin a desarmar sus espíritus quienes siguen empeñados en el odio? ¿Cumplirán a fondo la palabra empeñada quienes se han comprometido en los Acuerdos de Paz? ¿Seremos capaces de perdonar y reconciliarnos y de hacer de ésta una sociedad deliberante, en la que cabemos todos, a partir de lo más importante, las diferencias?

Para llegar allá, ateniéndonos a lo dicho por el Papa, habrá que comenzar por cada uno de nosotros. No podemos andar pidiendo a los corruptos que no sean corruptos si incurrimos en esas formas de corrupción cotidiana que nos resultan faltas menores. Y no podemos clamar contra la violencia, si la ejercemos, en sus más variadas expresiones, en nuestro entorno familiar, laboral o en el vecindario. No podemos pedirles a los de arriba que nos den el ejemplo de darse un abrazo, si nosotros no lo hacemos con quienes dejamos de hacerlo. Imposible pedir justicia social si la iniquidad es una norma de nuestra vida diaria, porque por ahí comienza la transgresión de los derechos humanos. No podemos quejarnos de la toxicidad de algunos si somos, en esencia, tóxicos.

Tampoco vamos a exagerar. El Papa ha dicho que todos somos pecadores. Yo más bien diría que simplemente somos seres humanos, que deberíamos procurar dejar el mundo un mejor que como lo encontramos. Me siento franciscano, de los de este Francisco, un hombre sabio. Este señor nos dijo cuál es el camino. Ahora nosotros tenemos la palabra y, lo más importante, la acción. El problema vuelve a ser nuestro, como hace una semana.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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